Vivir para el placer o vivir para el servicio

por Xóchitl Niezhdanova

 

Nadie escapa a los tiempos convulsos que la sociedad mundial está viviendo. En todos los puntos geográficos del globo terráqueo surgen llamados de auxilio en forma de protestas, movilizaciones sociales, crisis climáticas y de salud. Mermamos la vida en el planeta a pasos agigantados. ¿Y en medio de esta violenta transición cuál es la actitud que adoptamos los seres humanos? No podemos generalizar. Pese a la globalización, las realidades locales son distintas, aunque cada vez más rápido se desdibujan las fronteras que nos separan y nos vuelven ajenos. En los países más pobres del mundo la gente lucha simplemente por mantenerse con vida, enfrentan el hambre, la enfermedad, la miseria, y son víctimas del salvaje sistema que succiona territorios, recursos y personas por donde pasa.

A diario escuchamos noticias escandalosas de violencia, maltrato infantil, muerte por hambre, y hechos que es inimaginable que sucedan en pleno siglo XXI. Muchas veces siento que hemos retrocedido a la época del esclavismo, pero perfeccionado los métodos de infligir daño a los seres humanos y al entorno. El otro día leí una noticia en Facebook que me dejó fría. La nota decía –Familias de 14 menores muertos en una mina de cobalto del Congo demandan a Apple, Google, Dell, Microsoft y Tesla, entre otras, por trabajos forzados y abusos perpetrados contra los menores. Estas trasnacionales emplean el coltán, un mineral empleado en la fabricación de dispositivos electrónicos, a costa del trabajo mal pagado e infrahumano de niños y mujeres, principalmente. Caddy Adzuba, periodista de esta región, envía un mensaje estrujante al mundo “Nosotros morimos para que ustedes puedan tener sus smartphones”. Esta es una realidad atroz en la que todos estamos involucrados, todos somos responsables de las muertes de estos niños. Y situaciones como esta ocurren, en este momento, en extensos territorios del planeta donde la gente no tiene acceso a la forma de vida occidental. “Todos somos responsables de un consumo ético”, agrega la nota informativa. Ante tales hechos ¿qué optan por hacer los grupos que se privilegian de la tecnología y los recursos del planeta?

Y entonces es inevitable para mí pensar, en este momento de nuestra historia como civilización, ¿Cuál es nuestro rol como ciudadanos del mundo que en conjunto hemos creado? La civilización occidental nos enseña a buscar la “felicidad”. Pero una felicidad superficial basada en la búsqueda de los placeres, sin asumir las consecuencias de nuestros actos; sin tomar responsabilidad por nuestras acciones. Una felicidad engañosa a costa de los demás, centrada en el consumo arbitrario de una infinidad de necesidades creadas por el mercado, que finalmente no traen a nuestras vidas la tan anhelada “felicidad”; pero que en el camino destruyen al planeta, y a seres humanos inocentes como los niños de las minas de coltán del Congo. Perseguimos una felicidad y placeres egoístas, como la droga y el sexo indiscriminado y sin amor, que minan la vida de nuestros jóvenes y la vacían de sentido. Esta idea tergiversada de la felicidad ha provocado la pérdida de nuestros valores morales. Cosas como la apariencia física y los estereotipos que la sociedad establece, son instituidos como bases de la realización individual y la plenitud. Buscamos a toda costa el placer de los sentidos y queremos evitar el dolor. Envanecidos por nuestro derecho a la libertad luchamos contra todo lo que se oponga al ejercicio de nuestra supuesta libertad personal, olvidando que pertenecemos a una sociedad con la cual tenemos una responsabilidad. Nos adueñamos del instante y somos indulgentes con nosotros mismos al reclamar ese derecho pasajero a la felicidad, que no establece ningún compromiso con la comunidad mundial a la que pertenecemos. Cada vez más, las generaciones de individuos carecen de vida interior y priorizan la satisfacción de sus necesidades biológicas hipnotizando nuestras conciencias, y diluyendo nuestro carácter propio, en el mar de la ciega obediencia a un sistema cruel que nos controla.

Hemos olvidado nuestra esencia como seres humanos. Y cerrando nuestros ojos a la realidad que nos rodea, nos sentimos con el derecho absoluto de disfrutar el instante sin importar las consecuencias. Ni siquiera nos preguntamos de donde viene nuestra forma de vida, o cuantas personas carecen de los privilegios que nosotros gozamos. La Madre Teresa de Calcuta dijo hace tiempo “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. La capacidad de retribuir a nuestra sociedad lo que obtenemos de ella, aparte de lograr el equilibrio de nuestro planeta, nos llena de un valor que da verdadero significado a nuestra vida. No se trata de renunciar a nuestro trabajo y a nuestra familia e irnos a Siria a ser “escudos humanos”. Cada uno, desde donde se encuentre, puede elegir dejar de vivir una vida individual y asumir su responsabilidad moral para con el resto. Si queremos evitar el colapso de la sociedad que actualmente nos “sostiene” y evolucionar hacia un mundo mejor, tenemos que adquirir un pensamiento colectivo y hacer que cada una de nuestras acciones sean guiadas por la interconexión existente entre cada uno de nosotros y el resto de la población mundial. Si soslayamos el bienestar de los otros, el propio confort del que algunos gozan terminará por extinguirse también.

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Xóchitl Niezdánova

Ingeniera de la vida y poetisa de mente, soltera por descuido que no deja de creer en el amor. Viajera en el mundo de los sueños, eterna distraída y pintora.

Los Calzones de Guadalupe Staff

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Tags   soltera, pareja, soledad, disponible, Aitana Lago

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