Vivir con tus padres a los 30

FUENTE: Pinterest

Por REBECA NAVARRO

La sociedad de consumo en que vivimos nos impone esquemas de comportamiento que no siempre van aparejados con nuestra realidad individual. Así, cada ser humano se encuentra, en algún momento de su existencia, ante la disyuntiva de seguir los dictados de su conciencia, o sucumbir a las exigencias del poder absoluto que emana de la opinión pública. Desde muy jóvenes nos vemos comprometidos a encajar con estándares establecidos socialmente, los cuales están íntimamente relacionados con el concepto de éxito que priva en el Sistema. Es aquí donde tiene lugar mi historia. En un momento de mi confrontación con la realidad, en el que me vi precisada a tomar una decisión que determinó mi vida para siempre, y que ante los ojos del mundo pudo haberse considerado como lo opuesto al éxito personal. Me refiero al hecho de vivir en la casa paterna. Después de haber ejercido durante cinco años mi profesión, como ingeniera civil en la región del Soconusco, al sur del país, en el Estado de Chiapas, tuve que volver a mi ciudad natal. Soltera, y con la libertad que mi situación representaba, pude haber elegido irme a vivir a cualquier lugar del país, incluso del extranjero. Sin embargo, regresé a vivir con mis padres, que a esas alturas se encontraban solos, después de que mis hermanos menores se habían casado.

 

Al principio no fue fácil adaptarme a ser “hija única”. Por un lado, comenzaron las preguntas incómodas acerca de un posible futuro matrimonio. (yo ni siquiera tenía novio). Todos mis amigos de la universidad, extranjeros en su mayoría, habían regresado a sus respectivos países. Tenía siglos de no ver a mis compañeros de preparatoria, y cero ganas de reanudar el contacto. Por otra parte, estaba el asunto de la competencia profesional con mis ex compañeros universitarios, que vivían en mi misma ciudad. Fue inevitable comenzar a compararme con algunos de ellos, que, como buenos hombres de visión, y elevados estándares, habían establecido sus empresas constructoras. Eran aquellos compañeros que en la época de nuestra formación habían manejado esquemas de alto rendimiento, y por mucho que pretendiera ignorarlo, eran un parámetro obligado a la hora de contar mis logros como profesional en el micro universo de la sociedad poblana; donde yo pretendía construirme un prestigio que me reportará cierta ganancia económica.

 

Y en medio de la presión social, a la que todo individuo se encuentra sometido inevitablemente, comencé a lidiar por mantener mi libertad y mi autonomía, sin agenda alguna, y con la honesta intención de vivir mi vida de una manera original. Finalmente lo conseguí. No vivo según los criterios que la mayoría obedece. No soy la empresaria exitosa que algunos de mis colegas habrían pensado que sería.

 

Empleando menos planeación y estrategia, y más corazón, disfruto la práctica cotidiana de lo que sé hacer, con expectativas más modestas pero muy gratificantes. No compito con los gigantes de la construcción, ni me embarco en proyectos millonarios. Juego al Lego todos los días, porque eso es para mí mi trabajo. Y en lo íntimo, al no hallar al “adecuado” opté por ser una hija modelo, y honrar a mis padres en vida. Con esto quiero decir que ocupe ese rol tan temido por todo adulto que se precie de serlo, y me dediqué a ser la “hija única”.

 

Cuando no estoy trabajando, o en alguna reunión social con mis compañeros de preparatoria (a los que finalmente decidí volver a contactar), ocupo mi tiempo para ir al mejor restaurante de la ciudad a comer con mis queridos padres. Juntos los tres, hemos recorrido territorio mexicano, hospedándonos en hoteles gran turismo. De forma cotidiana, suelo ayudar a mi madre en la cocina, aunque no sea mi máximo, pero he aprendido a su lado las recetas con las que nos deleitó por años, en caso de que algún día se presente el “adecuado”. Con mi padre reparo los pequeños desperfectos de la casa, y aprendo a ser independiente en las cuestiones manuales, por si algún día tengo que vivir sola. Soy su enfermera, su técnica de cabecera, y hasta su policía. Los ayudo a adaptarse a la modernidad. A cambio, ellos son mis consejeros a la hora de lidiar con la realidad, y mi mejor compañía en los momentos que más afecto necesito. Ellos me vieron crecer y me conocen. Me aman y me respetan. Yo he aprendido a hacer lo mismo.

 

He sido la que ha salido ganando en este intercambio generacional. Si alguna vez tuve algo que resentir de ellos, con el tiempo que hemos vivido juntos, ya siendo adulta, aprendí a verlos como realmente son, y a reconciliarme con mis recuerdos. Hoy los amo como los maravillosos individuos que siempre fueron: honestos, trabajadores, amorosos, incansables maestros que todos los días me enseñan una nueva lección de vida.

 

No sé lo que el futuro me depare, pero la felicidad que todos los días me reporta el vivir a su lado, me da la fuerza para que el día de mañana pueda enfrentar con alegría lo que venga. Soy una mujer realizada y pese a que no responda a los esquemas habituales de la gente “madura” y “adulta” de mi entorno, no cambiaría mi situación de “hija única”. A menos, claro está, que algún día, y de forma completamente inesperada, se apareciera el famoso hombre de mi vida. Aunque a estas alturas ya muchas de mis congéneres comprobaron que no existe.

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