Sueños tarados que te hacen sonreír

FUENTE:  Pinterest                            

Por Nadenka Kruvskaya

JULIO 09 2018

Déjenme confesarles algo: yo nunca he creído en el amor eterno, mucho menos en el príncipe azul. Nunca he soñado, como muchas mujeres, con encontrármelo ni casarme con él y ser feliz para siempre. A mí, como ya se podrán imaginar, no me van esas cosas ni ese sueño ni ningún otro que tenga algún parecido con el color rosa. Lo que a mí se me da es la mala vida y la gente lacra. Siempre me encuentro, sin pretenderlo, con hombres rejegos que me hacen ver mi suerte. Y yo, la verdad, para qué me voy a hacer de la boca chiquita, he repetido la historia tantas veces que ya hasta le voy agarrando el gusto.

 

Sin embargo, en un par de ocasiones me ha ocurrido algo simpático que me hace reflexionar sobre los sueños en general. He llegado a tener un sueño muy particular y, aclaro que esto es cuando estoy dormida, porque yo de soñar, así como así de día y con los ojos abiertos nomás no doy crédito. Para mí, lo negro es negro y lo blanco siempre se acaba ensuciando, así que yo eso de los sueños siempre lo he dejado para las horas de descanso, si las hay y uno se puede dar el lujo.

 

Esos sueños simpáticos que he llegado a tener me sorprenden, producen una típica reacción en mí. Yo les llamo sueños tarados, porque cuando los tengo me siento así, como una quinceañera con los cables desconectados y muy poquitas neuronas en la cabeza.

 

En el sueño tarado del que les hablo, yo estoy precisamente con el príncipe azul –¡válgame Dios!–, y lo peor de todo es que me siento feliz. Me ha ocurrido que en ese sueño el mentado príncipe es una persona que conocí, pero que nunca fue más allá de una linda amistad; también he soñado con una persona a la que nunca he visto pero la sensación ha sido la misma: ¡felicidad! Así como lo oyen, en la versión más cursi que se puedan imaginar. 

 

Generalmente, el sueño transcurre de la misma manera: estoy con el tipo, asumo que es mi príncipe azul, me estoy casando con él o lo tengo agarrado de la mano haciendo algo lindo, y viene esa sensación del amor rosa, de ser querida como en las películas de las princesas (en el fondo de mi corazón rosa, existe la ternura hacia el dichoso príncipe, tal como en las películas esas), y lo más vergonzoso es que me siento ¡una princesa de cuento! Cuando el sueño acaba, me despierto con una sonrisota y la sensación principesca de cursilería consumada. ¿Lo pueden creer? ¡No, no y no! Ni yo me lo creo, ¡guácala!

 

Pero la verdad es que muy muy en el fondo de mi negro y cochino corazón de amazona amargada y domesticada, siento bien bonito, y hasta digo: “¡Guau!” Debe ser bien chido que la quieran a una como si fuera de veras una princesa, aunque la neta la mayor parte del tiempo eso me parezca una real y pontificia estupidez.

 

Y no sé, ya sean peras o manzanas, la verdad es que al despertar de ese sueño tarado, aunque sea por algunos segundos, ¡me siento la más afortunada! Luego, me doy cuenta de que sigo en mi cama, que debo levantarme para iniciar mi rutina desquiciada, estresante y cochambrosa, junto a mi maravilloso hombre, quien ronca como si del pecho le brotara una sinfonía selvática, y quien cada vez que me muevo se asusta y se medio despierta balbuceando como borracho: “¿Qué pasó, qué pasó?, ¿qué hora es? ¿Ya sonó la alarma?”  Esa es la belleza de la vida cotidiana, ¡una verdadera joya!

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