Sueño atávico​

FUENTE:  Pinterest                                

Por Reyna Acevedo

JUNIO 19 2018

Tengo un sueño repetitivo desde hace más de diez años. En mi sueño camino por las calles grises de una ciudad nublada y fría. Todos a mi alrededor corren o caminan de prisa con los rostros descompuestos y una sensación de ansiedad en el modo de mirar y andar que se transmite.

 

El ambiente es caótico y angustiante, pareciera que hay una conmoción general y nadie sabe muy bien qué hacer. Todos se dirigen a un sitio varias cuadras más allá de donde alcanzo a ver. Cuando me acerco al lugar veo una muchedumbre agitada en torno a lo que parece una caseta de lámina gris. A la puerta de la caseta hay una fila infinita de personas de todas las edades, de todas las apariencias, de todas las estirpes sociales. Uno a uno van introduciéndose en la caseta cerrando tras de sí la puerta. Ninguno sale de ella.

 

Los rostros de los que entran son comunes, gente corriente como la que habita cualquier rincón del mundo. Sólo los distingue la forma en la que miran, como si no miraran, como si el mundo ya no estuviera delante de ellos, como si dentro de sus ojos y sus cuerpos ya no existiera indicio de vida, parece que se hubieran vaciado y por dentro estuvieran huecos. Me acerco a una mujer de cabellos cenizos y descoloridos que camina con nerviosismo hacia un lado y hacia otro a unos metros de la muchedumbre que rodea la caseta. Le pregunto qué está pasando. Ella me mira a través de la transparencia de unos ojos verdes, cristalinos y crispados, y parece que no entiende mi pregunta:

- ¿Qué no lo sabe?    

                              

Cuando hace esta pregunta me mira casi con terror, como si algo en mi apariencia le resultara absolutamente insoportable.

- Ésta es la única "caseta de muerte voluntaria" que funciona el día de hoy- logra murmurar entre dientes la mujer -han clausurado las otras seis que funcionan en toda la ciudad.

Después se marcha con premura hacia donde termina la inmensa fila que aguarda turno para entrar en la caseta.

Los que se arremolinan empujándose unos a otros junto a la caseta empiezan a jalonearse y a lanzar golpes y patadas sin sentido al centro de la muchedumbre. Parece que alguien ha querido meterse en la fila. Hay gritos ahogados y gruñidos confusos. Yo sigo caminando a lo largo de la fila. Miro con asombro y curiosidad indisimulada las caras vacías de los que aguardan su turno en la fila. Todos parecen jóvenes pero la piel de sus caras está seca, agrietada, como si algo les hubiera ido carcomiendo la vitalidad durante años.

 

No puedo dejar de mirarlos. Nadie me devuelve la mirada. Una marea de tristeza muy honda me va invadiendo mientras recorro con la mirada esas caras. En un punto de mi recorrido distingo un rostro que me deja petrificada de espanto. Es mi rostro, estoy ahí, recargada sobre un muro ennegrecido por el humo de los autos, esperando mi turno para entrar en la caseta, la piel de mi cara está seca y desgastada, no hay vida en mi mirada, tengo el pelo ralo y cenizo, me cubre la cara. Cada vez que la fila avanza arrastro los pies hacia adelante, con ellos también el resto de mi cuerpo desarticulado y hueco.

El tiempo transcurre y lentamente  la fila delante de mí se reduce.

En Los Calzones de Guadalupe

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