Sobre la Menopausia y otras cosas de las que nadie quiere hablar

por Mariana Tristán

 

Quisiera decirlo en voz alta, sin avergonzarme de ello, sin que se convierta inmediatamente en una etiqueta que me disminuya como mujer, sin que  implique que me he vuelto de pronto un cliché y pierda mi nombre y mi personalidad instantáneamente para ser vista como un manojo de síntomas asociado a un número determinado de años, una imagen patética que inspira algo más que lástima. Sí, soy una mujer menopáusica, con todas sus letras, con todas sus inconveniencias pero también con sus desafíos y sus inmensas alegrías. Me gustaría poder decirlo como se decreta la felicidad de un embarazo, el nacimiento de un hijo, la llegada de la pubertad o la rebeldía de la juventud. Quisiera conjurarlo como una bendición, celebrarlo como un ritual de pasaje consagrado, llamar a los amigos y los familiares para que compartan mi celebración y me deseen lo mejor en esta nueva etapa. Me imagino vestida de blanco marfil, con una corona de flores del campo, a punto de partir un pastel hermoso colocado al centro de una gran mesa cubierta con un mantel fino, todos mis seres amados acompañándome y gritando a una sola voz ¡Feliz menopausia! ¡Te deseamos lo mejor!

Sí, ya lo sé, suena absurdo. La mayoría de la gente que conozco se reiría tan solo de imaginar que algo así fuera posible. Tal vez yo misma lo habría considerado una idea ridícula y vergonzosa hace diez o quince años. Porque hablar de los “asuntos femeninos”  de manera pública, siempre ha resultado algo sumamente vergonzoso y de mal gusto, pero particularmente cuando se trata de la menopausia.

De la llegada de la primera menstruación tampoco se habla abiertamente, pero no es un asunto del que haya que lamentarse para los más cercanos a la adolescente, después de todo se trata de una señal de la salud de su fertilidad, y es verdad que aún en este siglo nuestra sociedad sigue tendiendo a valorar a la mujer por su capacidad para procrear. Parece que la sociedad entera le susurra al oído a la mujer joven –No hables nunca de tu menstruación por que es algo desagradable y asqueroso, pero siéntete orgullosa porque gracias a ella algún día serás madre-. Vivimos en pleno siglo XXI, el tiempo de la igualdad de géneros y la libertad sexual, pero esta consigna sigue siendo realidad para la mayoría de las mujeres. Ningún asunto femenino es tratado aún con la naturalidad que debería. Nuestra historia biológica y emocional se reduce a una colección de tabúes que comienzan durante la infancia temprana. Seguimos siendo formadas en la vergüenza y la secrecía de nuestra biología.

Pero de todos los tabúes de los que somos objeto como mujeres a lo largo de nuestra vida, el de la menopausia es el más doloroso, porque es el que más nos avergüenza. Pocas mujeres están dispuestas a admitir en sus ámbitos sociales que están atravesando la menopausia. Mucho menos en los tiempos que corren, en los que la juventud y la belleza son el parámetro para medir la valía de las personas. Más allá de buscar la estética de la apariencia, nos esforzamos socialmente para parecer jóvenes, para ocultar a toda costa el paso del tiempo en nuestros cuerpos e incluso en nuestras realidades. A los tabúes de que es objeto la biología femenina se suma ahora la vergüenza de envejecer. Nuestro mundo no solo tiene asco de la naturaleza íntima de la mujer, también desprecia su envejecimiento. Sólo existe lugar para las mujeres jóvenes y hermosas, que exhiban su potencial para la fertilidad, grandes senos turgentes y caderas redondas, que además escondan muy bien los aspectos asquerosos de su biología. Aunque parezca absurdo llegar a esta conclusión en nuestro siglo, no se me ocurre un momento de la historia del mundo más castrante para la mujer que el tiempo que vivimos.

Es un tiempo contradictorio el nuestro, porque vivimos la era de la historia de la humanidad en la que más nos avergüenza envejecer, y también es ésta la era en que el desarrollo de la ciencia nos ha dado la posibilidad de vivir más años. Nunca antes la esperanza de vida para los seres humanos había sido tan larga, 72 años promedio a nivel mundial, 81 años para los países de ingresos altos. Vivimos más años que nunca antes, pero nos avergüenza terriblemente ser viejos, y todo lo relacionado con la vejez nos da asco. El promedio de vida para la mujer, además, es un poco mayor que para los hombres, y sigue aumentando, en el 2030 las mujeres tendrán una esperanza de vida de más de 90 años en algunas partes del mundo. La tendencia de los nacimientos va en descenso, así que seremos una sociedad compuesta principalmente por mujeres de la tercera edad, una sociedad para la que seguirá siendo un tabú hablar de envejecimiento y menopausia. Después de todo, esta idea suena aún mas ridícula que la idea de una fiesta para celebrar una nueva etapa en la vida de una mujer. 

Pero no viene al caso lamentarse, esto es lo que nos ha tocado vivir. Un mundo que estigmatiza a las mujeres después de los 40, que las disminuye socialmente y les resta valía como personas. Un mundo para el cual es tan difícil hablar de estos temas que incluso son desconocidos en la mayor parte de los medios. Las propias interesadas desconocemos la profundidad y la seriedad de este tema. Menopausia es igual a bochornos y vejez, eso es todo lo que se nos dice. Cruzamos la frontera de los 40 y los 50 años con esta única información como herramienta para enfrentar casi la segunda mitad de nuestra vida. Nadie nos informa de qué se trata, las implicaciones que tendrá este cambio radical de nuestra biología, aún más radical incluso que los cambios de la pubertad. A la sociedad en general no le interesa difundir este conocimiento de manera seria y formal porque está destinado a una porción de la población de la que ya nadie se ocupa y a la que se considera sin utilidad social real. Es verdad, es doloroso decirlo, y es también desafiante, pero es real: se le otorga un valor social limitado a la mujer después de los 50 años. Y este mito es uno de los más dañinos de nuestra sociedad. Porque las mujeres después de los 40 años son quienes construyen y consolidan las redes comunitarias.

A esta edad las mujeres han madurado lo suficiente en aspectos biológicos, psicológicos y sociales y están preparadas para dar una contribución social valiosa en todos los ámbitos de su desempeño. Están en la cúspide de sus capacidades. Es la edad en que las mujeres son más productivas, la edad en la que regularmente inician proyectos empresariales, ocupan puestos directivos, se convierten en líderes sociales, políticas, económicas, laborales. No es una coincidencia, a esta edad la mujer está en la plenitud de sus potenciales intelectuales porque su biología ha madurado y se encuentra en un momento idóneo de su desarrollo psicológico y fisiológico. Su evolución hormonal tiene mucho que ver con eso.

  

Entre los 40 y los 65 años las mujeres ejercen la mayor influencia en su comunidad que tendrán a lo largo de su vida. Y es en esta etapa en la que se enfrentan con la menopausia, con los cambios drásticos sobre su cuerpo que ello implica, y con la mayor discriminación social que sentirán en sus vidas. Nada habría más útil para nuestra sociedad que hablar a las mujeres colectivamente de lo que significará para ellas experimentar los cambios hormonales de esta etapa al tiempo en que tendrán que dar su participación social más valiosa, prepararlas para lidiar con las transformaciones de su cuerpo y su psicología, apoyarlas en el cuidado de su salud y la prevención de las enfermedades asociadas.

Nada habría más solidario con la naturaleza humana que dejar de imponer la carga de vergüenza que pesa sobre el concepto de mujer menopáusica. La sola palabra tiene un tinte cultural tremendamente despectivo y discriminatorio.  Nadie nos dice lo que realmente representa, una transformación vasta de la fisiología que reorganiza recursos biológicos en nuestros cuerpos.  El diseño de nuestra biología deja de estar centrado en la función de la fertilidad para enfocarse en otros potenciales.

 

La menopausia implica para las mujeres la pérdida de la capacidad reproductiva pero también el fortalecimiento de la capacidad para controlar sus emociones y tomar decisiones. Nadie nos habla de los costos de los cambios fisiológicos pero tampoco de las virtudes de este nuevo diseño biológico. Antes de los 40 no sabemos nada de lo que nos espera. Y es tremendo. Nada sobre la depresión profunda y la ansiedad que genera la caída sostenida de los niveles de estrógenos, nada sobre el metabolismo cambiante, la retención de líquidos, la resequedad de las mucosas y los tejidos conectivos, la disminución de la agilidad mental y la agudeza de los sentidos, nada sobre el descontrol de la función vasomotora que causa los bochornos y la irregularidad del control de la temperatura.

Pero sobre todo nada sobre la forma en que todo eso nos hace sentir, como si nuestro cuerpo nos abandonara, como si de pronto, de un día para otro ya no es nuestro cuerpo, el que estábamos acostumbradas a habitar, el cuerpo con el que al cabo de los años ya habíamos hecho un pacto de estabilidad. Ese cuerpo nos abandona, y de pronto estamos dentro de otro. Uno cuerpo ajeno, que se incendia desde el interior, que se estremece por las noches, que no logra conciliar el sueño durante la madrugada, que amanece con los ojos abiertos y en un charco de sudor y ansiedades descontroladas, un cuerpo que no logra conectar con su asertividad y su energía a lo largo de toda la mañana, que se olvida frecuentemente de los nombres y de las palabras, que arrastra una fatiga obstinada con la que es imposible negociar. Nadie menciona la tristeza profunda y el cambio en la perspectiva de la vida. Nadie habla de que de pronto la realidad tiene otros colores, matices distintos que antes no habíamos visto.

Y como nadie es capaz de decirlo abiertamente, tampoco hay quien nos hable de que la tremenda energía emocional que se mueve en esta etapa puede encausarse hacia la estabilidad psicológica, hacia el equilibrio que las mujeres buscamos a lo largo de los años de nuestra vida. Porque es en este momento cuando el cuerpo y la mente se han sincronizado y se está finalmente preparado para encontrar la armonía. ¿Acaso no es este logro digno de celebración?

 

Por eso quisiera que fuera posible, que en alguna realidad paralela a este mundo absurdo las mujeres pudiéramos gritar a los cuatro vientos que al fin hemos alcanzado la menopausia, celebrarlo con viandas y cantos, enorgullecernos frente a la sociedad de que finalmente somos capaces de encontrar la armonía.

Mariana Tristán

Melancólica apasionada, publicista y lectora voraz, intenta sobrevivir en un mundo donde el sexo y la menopausia no son compatibles. Ávida de experiencias cercanas con su público meta (los hombres).

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags  menopausia, mujer, envejecer

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