Si alguna vez hubo dicha

por Miguel Bonilla

¿Es ese el sino de toda mujer que se mezcle

con artistas, dejar que extraigan y transformen

en ficción lo mejor o lo peor de ella?

 

—JM Coetzee, en Juventud

 

                     

 

 

Pasado, tiempo ha. Se conocieron en la preparatoria. Juntos descubrieron el placer: compartían lecturas arriesgadas (Marx, Sartre, Camus, los diarios del Che; íntimos escritos propios), escaparon del aula a la par, cantaron lo mismo (algo de blues, algo de rock, bastante de trova y canto nuevo), se encontraron en reuniones estudiantiles fabricando ideales. Así era el mundo escolar, así fueron en él. El erotismo, inevitable como las noches, impredecible como los terremotos, llegó bajo la lluvia al salir de clases los días finales del colegio... Explorar los cuerpos encima de la ropa, cobijarse con besos. Nada más: el día decisivo, ella faltó.

 

Nunca podrán recordar quién formuló la sugerencia, de quién fue la intención primera; en cambio, han conservado indemnes cinco detalles del momento de su acuerdo: estaban a mediados de junio; era martes; lloviznaba; caminaban tomados de la mano; las gotas escurrían en hilos finísimos por sus caras y cabellos. Pactaron verse al anochecer. Evaristo pasaría por ella, dirían que iban al cine (la mentira era necesaria: ayunos de existencialismo, inquietudes revolucionarias y rebeldía, los padres de Maura no participaban con ellos de lecturas, preferencias musicales ni actitud ante la vida; la pareja advirtió la imposibilidad, o la temeridad cuando menos, de intentar maneras liberales). Pensaba llevarla a un pequeño departamento que, sin reservas, un amigo le había prestado para la ocasión, previas instrucciones sobre cómo satisfacer a una dama en su primera vez cuando el hombre era, igualmente, un primerizo. “Aunque viéndolo bien —le dijo el amigo mientras le daba un paquetito de condones, y recordó estas palabras después, luego de que el desenlace de su aventura las matizara de burla, de ironía— no hay necesidad de ningún tip ni nada. Ella está loquita por ti. ¡Vaya!, tú estás en las mismas. Solitos van a saber qué onda. De veras, Eve, ¡qué envidia!, ya ves yo con la Cristina...”

 

Puntual él, Maura no salió. Lo recibió su madre en la salita de estar. Explicó que su hija le había pedido que la disculpara, pues se sentía indispuesta; la madre agregó, mirándolo con una especie de ternura, que eran cosas de la edad, que en un rato se le quitaría. “Algunas veces —continuó, con la sonrisa cómplice de quien avala un noviazgo apegado a las buenas costumbres— una se siente así, sin ganas de ver a nadie, ni al galán. Entiéndela, eres su primer novio, ya debió hacerte algo parecido. A mí me ocurría lo mismo con mi marido cuando andábamos como ustedes. Él pasaba a buscarme y a mí me daba un no sé qué. Mejor no verlo hasta el día siguiente. Y míranos: el lunes que viene cumplimos veinticuatro años de casados. ¿Por qué no te das una vuelta mañana? O háblale por teléfono. Yo platico con ella, verás si no”.

 

Cuando le cerró la puerta, Evaristo no se movió. Permaneció ahí algunos minutos alternando la mirada entre la acera, el horizonte poblado de construcciones y la ventana a oscuras de Maura. Sintió culpa, se sintió herido. Y supo que ese proceder, esa actitud, debía interpretarse como el fin, como un “adiós, no quiero saber de ti, por favor no me busques más”.

 

No volvió a verla. Tampoco contestó sus llamadas (“Mira, mano, ¿qué no entiendes? Maura ya no quiere verte. Punto. No muelas, ten tantita dignidad, búscate otra”, le reprochó la hermana). Casi sin darse cuenta empezó a trabajar y llegaron los días de universidad. La familia de Maura se mudó a Pachuca: para él, una distancia de años luz. Averiguó su domicilio gracias a la confidencia de una amiga de los dos, y en un momento de desesperación amorosa le envió unos versos redactados en tono profético, llenos de lugares comunes y carentes de métrica, pero con una virtud: exponían con fidelidad sus sentimientos.

 

No obtuvo respuesta.

Presente, de incógnita. Maura se desnuda, se mira en el espejo, recuerda. Hacía frío (era diciembre, como ahora). Abrió la puerta y en la cochera de losas ocres y resbaladizas estaba un sobre. Recuerda que escuchó cómo se alejaba el cartero en su bicicleta, que sopló el viento y arrastró la carta unos centímetros. Ella la detuvo con el pie y se agachó. Vio la huella gris de su zapato en el sobre blanco. Faltaban los datos del remitente, pero de inmediato reconoció la letra de Evaristo: alargadas, en tinta negra, las grafías inconfundibles, tantas veces vistas en cuadernos y hojas sueltas, formaban su nombre y el de su calle, el de su colonia y el de su nueva ciudad. Tiene plena memoria del vértigo y del pasmo; de que recogió el sobre y corrió a su recámara para abrirlo con calma y en secreto; de que ignoró la voz de su padre que preguntaba quién había escrito, si no había carta para él.

 

Era un poema.

 

            Entrarán con nuevo acento

            nuestras miserias y sonrisas:

            ni dura paz ni plena guerra.

            Entrarán extraños tu cuerpo frente al mío,

            nuestros sexos...

            Tu abrazo de manos sedientas,

            de vientre y muslos;

            mi abrazo,

            un tiempo vaciando su espera,

            devorador insaciable del deseo.

            Y tal vez no seamos uno,

            comunión de dos seres,

            amantes,

            pero gozaremos hasta la locura

            del anhelo insatisfecho

            en tanta y tanta ausencia...

 

De esto hacía ya siete años. Ahora, en el cuarto de baño, observando su reflejo mientras se quita el sostén y las bragas y se pone de vuelta el suéter negro y la falda caqui sobre el cuerpo desnudo de figura irreprochable, Maura duda al invocar esos recuerdos (en los que sería tan fácil extraviarse). ¿Quién podía afirmarle que no eran ya materia del olvido? ¿Quién le garantizaba que esta tarde decembrina Evaristo recordaría no solo el texto del poema, sino también las ganas, el deseo, el “anhelo insatisfecho”; el mismo deseo que ella sí recuerda y siente entre las piernas; el que ha sentido siempre, incontenible, incluso aquella noche de junio, cuando corrió a refugiarse con sus hermanas, tras la seguridad burguesa que decía detestar y le pidió a su madre que la disculpara con Eve, que tenía dolor de cabeza, que no quería ver al novio, y la madre sonrió mientras besaba la frente de su hija, sin sospechar siquiera la existencia del convenio entre ella y Evaristo ni que en las noches su pequeña no dormía, sino que apretaba fuertemente su almohada entre los muslos, frotándola hasta el alba una y otra vez contra su sexo, y por eso en las mañanas y tardes últimas se veía cansada, ojerosa, amodorrada?

 

Decidida, Maura se mira al espejo una vez más y abre la puerta.

 

 

Pasado, la noche anterior. Veo a mis personajes, Maura y Evaristo, frente a frente, incrédulos ante esa aparición inesperada en medio de la calle (invadida por la gente que busca regalos de Navidad). Ambos alcanzan a sonreír. Ella murmura el nombre de él, avanzan y se tienden los brazos. Comprueban la correspondencia de sensaciones en las manos y rostros. Hay sorpresa, alegría, pero también algo más que no logran definir, algo que días después —cuando los dos estén arrepentidos de ese cruce imprevisto— calificarán de amargura y desencanto. Entonces se preguntarán si no hubiera sido mejor saludarse y despedirse con cortesía pero distantes, mirar hacia otro lado y atravesar apresuradamente la calle, evitarse, lo que fuera, cualquier paliativo de ese encuentro no buscado, casual, tan atrozmente fortuito como el descubrimiento del testigo de una infamia propia en el barrio donde a uno lo respetan y admiran.

 

Quién sabe. Ahora deciden celebrar su mutuo hallazgo. El frío les sirve de pretexto y entran en una cafetería adoptando las costumbres tácitas: él abriéndole la puerta, dándole la silla; ella agradeciendo el gesto con una sonrisa. Piden dos americanos y esperan en silencio mirándose a ratos, esquivándose siempre (aparecen los primeros signos de desconcierto, de perplejidad). Los veo. Maura con su cabello recogido, lacio y rubio, los labios tenuemente pintados. Viste un grueso suéter de lana color azul marino, una blusa blanca de la que solo puede verse el cuello y unos vaqueros descoloridos. Evaristo (cabello oscuro, rizado, largo; tez morena) viste saco café, camisa azul, pantalón de vestir negro —ya sin traza— de tela brillosa por la mugre y el uso desmedido; calza zapatos sucios, viejos. Mis personajes aparentan su edad: veintitrés, veinticuatro años.

 

Les llevan las tazas humeantes. Juegan con las cucharillas y el azúcar, con las servilletas; a tanto, Maura se decide y empieza a hablar de la rapidez con la que pasa el tiempo, de la salud, los estudios, los viajes, de que le alegra encontrarse de vuelta en la ciudad. Evaristo se limita a negar o a asentir entre dientes. No obstante, a través de lo pueril, cada frase y cada movimiento conducen, inexorablemente, a esa esquina de la memoria en la que ambos arrimaron caricias truncas, sueños vírgenes de seis o siete años atrás, cuando tenían dieciocho y estar juntos era gozoso y no una carga, un peso como el que empiezan a sentir en estos instantes, en los que ya no comprenden bien a bien por qué se acogieron a ese impulso de no dejar ir a cada uno por su lado, de buscar algunos minutos y verse, hablarse, escucharse. Y los cafés son buenos sitios para las confesiones, para la revelación de oscuras intimidades, y ambos se extienden, detallan, inventan, arguyen pretextos que les permitan continuar y el tiempo pasa sin que les importe que algunas frases, algunas revelaciones resulten alfileres, navajas que penetran limpiamente el alma y la desgarran: los amantes y el lenguaje en ella; el hastío y la mediocridad en él.

 

Oscurece. Lo que calcularon tardaría treinta, cuarenta minutos, se ha convertido en una plática de tres horas y media. Quizá la noche sea la causa que mueve a Evaristo a acompañarla a su departamento. “Ahora vivo con mi madre. No muy lejos, a ocho calles de aquí”. O quizá la razón sea que ella es hermosa aún y él no se decide a dejar ir ese cuerpo que jamás desnudó...

 Pasado, de aturdimiento. Semana Santa, hace cuatro años. La mujer que amaste (y no olvidas) acepta ir con un amigo reciente de la Facultad —ingeniero ya, profesor suyo de quién sabe qué materia— a algún caserío en la sierra de Hidalgo. Llegan al mediodía, nublado, del Sábado de Gloria. Se alojan en casa de una familia conocida de él. Paredes de adobe y suelo que mancha de barro; en conjunto dos cuartos que amueblan una mesa, cuatro sillas y la cama que comparten el campesino y su esposa. Les ceden el cuarto con la cama las dos noches que pasan en el lugar (él es el Siñoringiniero; ella, la mujer que viene de la ciudad y lo acompaña; razones más que suficientes: es un honor tenerlos como huéspedes).

 

La cama es muy vieja, hiede a humedad, y sus sábanas tienen manchas indefinibles. Allí duermen y hacen el amor.

 

Ella conoce por vez primera el sexo (¿un privilegio que te negó?).

 

Y esto lo sabes porque lo escuchas de su propia boca. Maura te lo platica en detalle, minuciosa, entre sorbo y sorbo de café:

 

—Y las ventanas... Están hechas; es decir, el jacal tiene los huecos. Seis agujeros más o menos cuadrados, más o menos a la altura de la cabeza. Pero faltan los cristales, no hay vidrios ni cortinas. Nada te tapa del exterior... ¿¡Puedes creerlo!? Allí estuvimos coge y coge, tal vez hasta con público.

 

 

Pasado, de explicaciones.

 

—¿Por qué me enamoré de él? ¡Qué pregunta, Evaristo! ¡Carajo! ¿Por qué se enamora una? ¿Cómo fue que me enamoré de ti? Simplemente así sucede. Despiertas un día y te cautivan la voz de un hombre, sus ojos, los brazos... Le crees, piensas en la imposibilidad de errar. Más bien no piensas nada, te avientas y ya; te dejas ir y punto. Así me ocurrió con Damián. Bueno, al principio... Después, Evaristo, viene la costumbre. La puritita costumbre, y luego vienen el fastidio, el rencor, el odio...

 

 

Pasado, de revelaciones.

 

—¡Dios, Eve! ¿No podríamos olvidarnos de todo, de ese lapso que no vivimos en común? ¿Tendremos oportunidad de rescatarnos? De veras que una no sabe, de veras que no... Te voy a contar algo, Evaristo. Debo decírtelo. Soy una puta, una puta. Y ni siquiera de las que cobran. Damián no fue el único. Hubo otros. Hasta hace apenas dos meses. Lo peor es que ni lo disfrutaba, muchas veces ni había placer. Eran nomás las ganas de sentir a otro sobre mí, de sentir su saliva, su respiración... No, miento. Más bien trataba de olvidarme de Damián, de borrar para siempre su maldito nombre de mi cabeza... De olvidar su desgraciadez, su... Déjame te digo más, Evaristo. Damián me presumía con sus amigos, les decía a mi espalda que yo sí era una mujer, no como las gatas que traían ellos. Así les decía. Y me presentaba con ellos, me llevaba a sus fiestas y reuniones. Y dale con que “A ver, cariño, muéstrales, muéstrales. Una vueltecita, nomás una vueltecita”. Y los pendejos a seguirle el juego. ¡Qué cosa! Y yo le hacía caso. Más pendeja yo. Una ocasión fuimos a escuchar discos de new age (¿conoces esa música?) al departamento de un tal Mario. Damián y yo nos sentamos en un sillón verde, desvencijado, que había en la sala. Mario nos sirvió unas copas. Más que oír los discos, estuvimos platica y platica. Acababa de saberse lo de Chiapas y unos amigos de Damián habían ido para allá. Bueno, como sea, el caso es que Damián me tenía abrazada y noté que el cabrón de su amigo nomás me veía y me veía. Yo llevaba minifalda; sus ojos estaban pendientes de mis piernas. Eso me gustó. Me gustó. Las descubrí más. El tal Mario, créeme, estaba fascinado. Entonces me levanté a preparar otra jarra de cuba. No había hielos y fui por ellos a la cocina. Él me siguió —quiero decir, Mario— con el pretexto de que no iba a encontrarlos. Allí tuvimos un pequeño faje. Pero eso no es todo, Evaristo. Sucede que después, un mes después, y no te cansaré en explicarte cómo fue, Mario me invitó a su departamento. Acepté. Ya al llegar a la puerta estábamos excitados. Él me tenía abrazada por la espalda y hurgaba mis senos. Una señora salió en ese momento y se nos quedó mirando bien feo... Entramos y apenas si tuvimos tiempo de que me alzara la falda, me bajara la pantaleta y él de bajarse los pantalones y los calzones. Nos tumbamos allí, en el sillón verde. ¿Y sabes qué era lo que yo pensaba en tanto? ¿Sabes? Yo me decía: “Damián ni se imagina dónde estoy. Nunca se imaginó que haría el amor aquí, en el silloncito de su amigo. Nunca”. Y mientras cogíamos, Mario me murmuraba al oído —con los ojos cerrados, con una voz que le salía del alma—: “Eres una puta, eres una puta, eres una puta...” Como disco rayado. Yo lo escuchaba. Lo escuchaba y pensaba: “Pues sí, carajo, soy una puta”. Así, así, Evaristo...

 

 

Futuro, de cavilaciones: fragmentos del diario de Evaristo.

 

El azar existe. El azar trágico, la casualidad aciaga. Lo demás es cuento. Y qué más terrible que toparse así con amores pretéritos. El pasado nos desnuda, nos sitúa en nuestra justa dimensión de ridiculez y fugacidad: al hacer memoria, se abre a nuestros ojos el enorme catálogo de los propósitos inconclusos y las claudicaciones en los ideales; de los amores que no fueron, que no serán. Encontrarnos fue como si nos restregaran en la cara el montón de palabras de amor que dijimos cuando estudiantes... Cuando te vi, Maura, quise abrazarte. También tú. Ahí debió parar la cosa. Un “¿Estás bien? Igual yo, qué gusto...”, nada más, no recordar, no hacer plática; evitar el reencuentro. ¿Qué ganamos? ¿Constatar que aún existes, que aún existo? ¿Por qué ese encuentro casual, por qué contarme tus cosas, por qué escucharte...? ¿Por qué saber de Damián, Mario y los demás? ¿Por qué apelar al pasado y recordar la carta? El azar existe...

 

 

Presente, de inquirimiento. La sala-comedor de un departamento clasemediero. Hay sofás tapizados con telas floreadas, una mesita central adornada con figuras de porcelana: palomas, pastorcitos, damas decimonónicas. La luz es tenue (la lámpara que pende en el centro del cuarto tiene bombillas de sesenta voltios; comienza a oscurecer). Las luces multicolores de un árbol de Navidad plástico, plateado, parpadean desde un rincón. El modular está encendido; sintonizan una estación de música en inglés: algo de pop, algo de rock de los sesenta y setenta. El volumen es mínimo, apenas audible. Evaristo está sentado en uno de los sofás. Mira el entorno sin saber en qué entretenerse. Aguarda a que Maura salga del cuarto de baño. En la radio suena una melodía de Paul Simon y Art Garfunkel: “The Boxer”.

 

Maura aparece con el cabello suelto, un suéter negro y la falda caqui. Zapatillas oscuras. Sin apresuramientos, se acerca a Evaristo y le dice: “Bueno, estoy lista para irnos. Cuando quieras”. Evaristo le pide que espere, que lo deje escuchar la balada. “Son grandes estos tipos. ¡Qué bárbaros, qué rola! ¿A poco no?” Maura lo mira con un gesto de asombro, pero accede.

 

Escena posterior: Maura y Evaristo abandonan el departamento después de que la canción concluye. Ahora los dos están en el auto de él (propongo que sea un vehículo del montón, de segunda mano, sin aspiraciones de clase alta). Evaristo tararea la melodía. Calla. Ninguno pronuncia nada. Por decirlo con un lugar común que me satisface: en estos momentos, el silencio reina entre los dos.

 

Evaristo se detiene frente a un parque. Cualquiera del Distrito Federal sirve para los fines de mi relato: tal vez en la Roma, en la Condesa, en la Del Valle... Solo impongo un requisito: debe estar casi vacío. Unas tres parejas de enamorados distribuidas en las bancas; un anciano de levita negra que pasea a su perro diminuto (de la raza que guste el lector). Nadie más.

 

Evaristo invita a Maura a bajar del auto. Ella le ruega que no, que prefiere quedarse con él en el coche, pero Evaristo no la escucha: sale y le da la vuelta a su automóvil. Abre la portezuela de Maura y le dice: “Baja”, al tiempo que le ofrece la mano. Ella obedece. No hay resistencia. Caminan tomados de la mano. El cielo empieza a enrojecer, lo surcan parvadas de incalculables integrantes. La pareja avanza hasta el rincón más solitario del parque, donde encuentran una banca de cemento, con jardineras en los costados. Maura se aparta de Evaristo y corre a sentarse. Él la sigue, la escucha pedirle que se siente a su lado. Se hace el desentendido unos instantes y al fin se sienta y rodea con su brazo a Maura.

 

Ninguno habla y ambos sienten el silencio como una lápida (otro lugar común que me satisface). Sin saber qué hacer ni qué decir, Evaristo empieza a silbar la melodía de Simon y Garfunkel. Entonces, ella se separa de su abrazo, se levanta, da unos pasos alrededor, regresa, se coloca frente a él.

 

Poco a poco se pone en cuclillas.

 

Tiende sus manos sobre las piernas de Evaristo.

 

Lo mira larga, profundamente. Él la observa, deja de silbar, nada dice. Solo ve y escucha:

 

Eve... No sé, de veras no sé por qué todo nos salió así, tan complejo, tan diferente. ¡Dios, no sé...! Me refiero a nosotros, a nuestras vidas... Te he recordado tanto, te he imaginado tantas veces desde entonces... Evaristo, ¿recuerdas tu carta, el poema?

 

 

Presente precedido del recuerdo de la noche anterior. ¿La mujer deseada debe poseerse alguna vez? Esta era la pregunta que te formulabas horas después del café y de que la dejaste en su departamento, errante por las calles en penumbra, cada vez más solitarias, mientras te acercabas a los sitios de su amor de adolescentes y descubrías el imprevisible rostro nocturno que tenían. Y te sorprendiste de que el parque que frecuentaron, la banca de bronce en la que se sentaron a jugar amorosamente, era punto de encuentro de las ratas y apestaba a orines de perro; te sorprendió que la fuente detrás de la banca estuviera derruida, que fuera puro escombro y receptáculo de la podredumbre. Sentiste, entonces, que la pestilencia, la basura y las ruinas eran presagios negativos, funestos del encuentro que habían acordado para el día siguiente; es decir, este encuentro; que se trataba de signos proféticos a los cuales debías ajustarte, olvidando la cita convenida... Sin embargo, desdeñaste ese pensamiento y te dirigiste a la parada de autobuses (para tomar el último de la jornada), cavilando en la entrevista que tendrían mañana; es decir, ahora, que la ves frente a tus ojos y te habla de recuerdos comunes de la furibunda adolescencia; remembranzas oscuras, desteñidamente eróticas, e intenta revivir en ti, Evaristo, alguien o algo que ya no es más, mientras tú te preguntas, como ayer, si la mujer deseada debe poseerse alguna vez...

 

 

Presente, de motivaciones. ¿La mujer deseada debe ser poseída alguna vez? No le importaba que se hubiera entregado a otros ni que tiempo atrás se negara a él, ni la virginidad ni cosa semejante. Más de una vez había dado muestras de su desprecio para quienes hacían del tema su punto terminal o de partida. Tal vez influía más en su ánimo el lenguaje de Maura, tan distinto, pleno de expresiones crudas, altisonantes, desencantadas. Porque una pregunta cruzó su mente: ¿en qué medida la nueva habla de Maura significaba que ella era una mujer diferente de la que solía colgar de su brazo en la adolescencia? Pero no se contestó, pues una segunda cuestión se abrió paso, como una roca que cae de un desfiladero: ¿y él mismo?, ¿qué tanto había cambiado? Cambiar, y no a la manera de Maura, que a fin de cuentas —pensó— era coherente: en todo el tiempo que permanecieron alejados, había seguido fiel a su ansia de sentirse amada; no, cambiar, pero sin vivir, sin proponérselo, como resultado de la inercia... Se percató de un hecho evidente: mientras que Maura había llevado la batuta de la plática en la cafetería, contando hasta la exageración las vicisitudes de sus amoríos, él, Evaristo, permaneció callado, escuchándola con una mezcla de desconcierto, nostalgia, paciencia, enojo, sin que de su boca brotara una sola palabra de desconcierto, nostalgia, paciencia, enojo; ni una sola palabra de experiencia propia, de descripción de sus amores o desamores, de exabruptos con mujeres, de pasiones. Concluyó dos verdades terribles, de hielo: él, Evaristo, había dejado de sentir como sentía en sus años de escuela, cuando leía a Marx y a Camus, cuando escuchaba cassettes mal grabados de trova cubana, cuando se fugaba del salón de clases para maquinar ideales... Maura, esa mujer —que acudía a él buscando redimirse, conjurar el pasado, abdicar de ciertos recuerdos, poner la primera piedra de un presente nuevo—, no habría de comulgar nunca con su cuerpo, pues a él le faltaba la vitalidad suficiente, ese fuego que caldea la sangre, para redimir nada, para construir nada. Y, ciertamente, la había querido como nunca volvería a querer (así, aunque le sonara patética la expresión), pero hacerle el amor ahora, después de tanta ausencia provocada, sería tanto como resignarse a no ser el hombre-cuerpo deseado por ella en el momento del coito, sino una imitación —acaso buena, acaso burda— del Evaristo preparatoriano, un Evaristo que ya no existía.

 

(Y aún cabía otra posibilidad igualmente disgustante: al hacer el amor con ella, después de la pormenorizada y vigorosa narración en el café, la noche anterior, de su querencia por Damián y del sexo con Damián y del desprecio de Damián y del odio hacia Damián, podía condenarse a no ser otra cosa que un remedo de ese tipo —a quien no conocía ni deseaba conocer—, como lo fueron en su tiempo Mario y los demás.)

 

 

Presente, fin de la historia.

 

—Mira —prosigue Maura, arrastrando las palabras—: estoy desnuda bajo el suéter y la falda. Eve, tú... tú solo debes quitármelos. Vayamos a cualquier lado, al coche. Donde quieras. Vamos.

 

Él la interrumpe. Pone el índice sobre los labios de ella. La besa en la frente, con la certeza de que nunca habrá de volver a esa mujer. Y entonces, como un golpe imprevisto de lluvia, le viene a la cabeza el recuerdo de la canción de Simon y Garfunkel, y se le ocurre un pensamiento tan telenovelesco, que instintivamente una sonrisa cobra forma en su rostro: la parte final de la melodía —conjunción de guitarras eléctricas, teclados, baterías y coros— podría servir de preciso, exacto fondo musical de ese momento: la escena última de su amor inconcluso para siempre jamás.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   juventud, primer amor, amor adolescente

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