Ser Bipolar

 

 

                                                                         

por La Orgullosa

La mayoría de las personas piensan que ser bipolar es llegar a la oficina un día con ganas de mentar madres, y volver otro día feliz y contento, felicitando a todo mundo y agradeciendo la buena vida que Dios nos dio. Pues no. Ser bipolar es una porquería. Son las doce de la noche y me encuentro completamente despierta. Probablemente será así hasta las 3 de la mañana si tengo suerte, o de plano pasaré despierta hasta el amanecer. Pero el insomnio es uno de los problemas menores de la bipolaridad. Este trastorno que hace su aparición alrededor de los 25 o 30 años, de manera aparentemente imprevista, es una de las enfermedades psiquiátricas más complejas que existen y además es incurable.

Cuando era joven, una de mis cantantes favoritas era Sinead O’Connor, resultó que años después, cuando esta mujer tendría 50 años aproximadamente, aunque parecía de mayor edad, encontré su rostro rapado en un video donde ella hablaba del horror de ser bipolar. El video resulta desgarrador, y alude a la tragedia que representa para ella convivir con esta enfermedad que la hace sentirse en un mundo aparte, donde nadie se preocupa por lo que le suceda, y donde a diario se debate en la más espantosa soledad; sin mencionar el horror que represente tener el cerebro hecho “huevos fritos” como yo suelo decir al hecho de estar en una crisis de este padecimiento.

Enfermedad, trastorno, como quieran llamarle, la bipolaridad te provoca el “sufrimiento mental” más insólito que puedas imaginar, aunque a veces no haya motivo aparente para tal sufrimiento. Muchas veces una llamada de atención, una mirada “inapropiada”, una frase dicha de manera descuidada, pueden provocar que un bipolar transite a una depresión, que viva el día más tormentoso de su vida, haciéndolo imaginar toda clase de desdenes, desprecios y una vida calamitosa imposible de soportar para cualquier mortal. Otras veces, cuando transitas por la euforia desmedida sientes que el mundo es un laboratorio donde todo lo que intentes será exitoso, y donde pareces estar dotada de súperpoderes que te llevarán a realizar cualquier portento que tu imaginación enfebrecida planifique. De cualquier forma, ya sea deprimida o anormalmente alegre, nunca te encuentras en la realidad. Tus juicios pocas veces resultan adecuados, y lo peor de todo es que si corres con la suerte de ser cuidado por tus familiares, los acabas cansando con tanto tránsito de la normalidad a la locura, hasta que un buen día te sacan la vuelta y lo último que quieren es presenciar los desvaríos de tu mente alucinada. ¡Ser bipolar es el equivalente moderno a estar perfectamente enloquecida y lista para ser conducida a una institución psiquiátrica!

Yo he tenido la fortuna de ser acogida en el seno de una familia amorosa, donde mis padres se han dedicado a cuidar de mí por más de veinte años. Años terribles en los que he imaginado toda clase de fantasías posibles como el encontrar pareja y tener un trabajo normal y dedicarme a ejercer mi carrera. Cosas que aparentemente son asequibles para la mayoría de las personas pero que para mí son prácticamente impensables. Las relaciones humanas son lo peor que me puede suceder, sobre todo si es con el sexo opuesto. No atino a comprender el código de conducta de los hombres, e invariablemente soy presa de su egoísmo, terminando una y otra vez en la más completa soledad. Por lo que respecta al aspecto laboral, bueno, lo mejor que sé hacer es estar en casa y estudiar como una endemoniada, o escribir que al menos soy buena haciendo poemas, y artículos para esta revista. Si lo miras desde cierto ángulo mi vida es un desperdicio y una tragedia; sin embargo, yo siempre trato de mirarlo desde el punto de vista de una mujer optimista que no cesa de intentar cosas para estar bien y disfrutar el día a día.

La Navidad pasada fue un infierno. Después de tres años de aparente "normalidad", Eutimia,  como lo llama mi doctora, me sobrevino la crisis más espantosa en años. Mi cerebro estaba hecho puré. No atinaba a atarme las agujetas, lo bueno es que mis zapatos era un hermoso par de nine west calados con un divertido cierrecito a un lado, que no precisaban de ser atados. Pero todas las vacaciones las pasé en la más terrible ansiedad, llena de angustia y sintiendo que el mundo entero se me venía encima.

Mi cerebro no dejó de jugarme malas pasadas y en todo el invierno no atiné a pasar un día en calma y sin el sufrimiento mental correspondiente que me hacía pensar que jamás sería normal. Es difícil describir el horror de ser bipolar. Tuve que sortear los días sintiendo a veces que todo lo que pensaba era una locura y conduciendo a mi madre al extremo de su resistencia con mis ideas delirantes y mi sensibilidad a flor de piel que me convertía en una Magdalena a la menor provocación (el frío no ayuda en estos casos).

Los días han pasado y me siento algo mejor, las personas a las que acudí en busca de apoyo jamás se presentaron, pero mis padres y mi familia siempre estuvieron ahí para mí, pese a que no siempre resulté ser la mejor compañía. No puedo maldecir esta enfermedad porque me ha ayudado a ver el mundo de una manera más compasiva y a acercarme a mis seres queridos. Por otro lado esto es lo que soy, junto con lo bueno. Sana y enferma al mismo tiempo, una lata y una mujer muy divertida cuando no estoy en crisis. Pesimista cuando estoy deprimida, enloquecida cuando estoy maniaca, y alegre y bondadosa en mis mejores momentos. No le deseo a nadie mi circunstancia, pero yo tengo que vivir con ella día con día y tengo que hacerlo de la mejor manera. 


Mi entorno aún no comprende este tipo de padecimientos psiquiátricos y hacen mofa de ello, pero nadie se imagina el horror que se esconde detrás de la bipolaridad. Finalmente aquí estoy. Son la una de la mañana y continúo escribiendo, el mundo desde aquí cobra tantas formas que es inútil pensar en el mañana o en la posibilidad de una vida “normal”, pero diría mi prima: quién es normal en estos días. Al menos yo puedo escribir y contar historias que alegren la vida de otras personas. Lo demás está de más. Habrá noches muy solitarias en las que aullaré a la luna como una loba malherida, y otras en las que creeré que puedo alcanzar la estrella más lejana y traerla de regreso para alumbrar mi cuarto. La imaginación es lo mío. Lo único lamentable es el sufrimiento que a veces se torna incluso físico. Pero, quién no ha sufrido en esta vida, quién no ha tenido una dolencia y “se las ha visto negras”, como suele decirse, ¿por qué habría yo de tener el privilegio de una vida libre de descalabros, ideal y feliz? Después de todo, la felicidad es una actitud, y actitud es lo que me sobra. En fin, mi interés era contarles un poco de lo que es ser bipolar en este lado del hemisferio terrestre. No creo haberlo logrado del todo, pero al menos me ha ayudado a pasar el insomnio, y a recordar que con un poco de optimismo la vida se ve de otra manera.
 

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La Orgullosa

Amante del amor y la sexualidad en todas sus formas. Fogosa y apasionada. Impulsiva y testaruda a más no poder. Interesada en los temas prohibidos y controversiales. Se cree poseedora de la razón, y es investigadora incansable de los misterios de la psicología humana.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   bipolaridad, trastorno, locura, La Orgullosa

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