Resilientes y Empoderadas

por Mariana Tristán

 

¿Qué es ser mujer? Nos pregunta nuestra entrevistadora. Somos un grupo de mujeres más o menos uniforme reunidas un sábado por la mañana en un café, todas pasamos de los 40, somos de clase media, vivimos en la misma ciudad, tenemos las mismas raíces culturales, todas enfrentamos diariamente los tropiezos, los obstáculos y los avatares de ser mujer en el siglo XXI. Pero creo que ninguna de nosotras esperaba esta pregunta, por un momento nos quedamos desconcertadas. Hemos venido a hablar sobre empoderamiento, al menos eso es lo que se nos ha dicho, las que venimos un poco preparadas hemos pensado que nos harían en todo caso preguntas sobre qué es ser poderosa, cómo se siente el empoderamiento o cómo se llega a él.

 

La joven que nos entrevista, una mujer millennial de no más de 25 años, es comunicóloga, escribe un artículo para una revista local, nos ha pedido ayuda, quiere saber sobre lo que opinan mujeres comunes como nosotras sobre esta idea que está tan de moda, mujeres empoderadas. Es atenta, servicial, hermosa, precisa y concisa, como seguramente le han enseñado a ser en la facultad de comunicación. Su pregunta nos deja a todas mudas. Somos 20 años mayores que ella, pero creo que nunca nos habíamos hecho esta pregunta. Cuando nos la hace, yo me quedo pensativa, la observo, es una mujer segura de sí misma, preparada, dispuesta a comerse al mundo, como todas nosotras lo estuvimos a esa edad, supongo que ella ya se ha hecho esa pregunta muchas veces, supongo que se la ha respondido de todas las formas posibles, todas asertivas, porque es así como han sido instruidas las chicas de la generación millennial.  Por un segundo me siento pequeña, inferior, sin armas para responder, a mis casi 50 años de edad, mucho más ingenua que esta chica de veintitantos. ¿Se sentirán así también las demás?

 

Una de las mujeres del grupo se atreve a contestar. -Yo me empecé a sentir mujer el día que me divorcié-, contesta. Partiendo de ese momento, nos cuenta una historia dramática de sobrevivencia, como seguro son todas las historias de divorcio, de separación, de frustración con la pareja que elegimos para armar un proyecto de vida. Su historia es emotiva, es brutal, una mujer asediada por la propia familia, por un esposo que nunca logra apoyarla, que nunca la comprende, que al final la deja sola, con dos hijos, una mujer que se reconstruye de las cenizas, que en algún punto se recupera y asciende, que logra salir sola y sacar adelante a sus hijos. Cuando cuenta esta historia llora, la voz se le corta, en los momentos más dramáticos le cuesta trabajo expresar con palabras el sufrimiento que ha experimentado, pero hace un esfuerzo tremendo por hablar, la herida aún sangra, se puede sentir, el dolor es inmenso y lo logra transmitir.

 

Las palabras de esta mujer, honestas, llenas de dolor y a la vez de satisfacción, nos dan a las otras el valor de hablar de nuestras propias historias de sobrevivencia. Una por una vamos todas tomando la palabra, contando nuestros tropiezos a lo largo de la vida, nuestras severas caídas, narrando cómo hemos lidiado con los esposos, con la maternidad, con las frustraciones, el trabajo, el abandono, la soledad. No es exactamente lo que nuestra entrevistadora ha preguntado lo que estamos respondiendo con nuestras historias, pero la razón es evidente: ser mujer en este siglo pasa por todas esas cosas, las cosas que nos han pasado, la forma en que hemos vivido nuestras vidas, las formas en que hemos ejercido nuestra idea de lo que es ser una mujer en esta sociedad.

 

La atmósfera se torna de pronto íntima y electrizante, el tiempo vuela y nosotras no nos damos cuenta, una, dos, tres horas, no lo sabemos, somos un pequeño grupo de mujeres hablando de cosas de las que siempre hemos querido hablar, de lo que traemos dentro, de nuestro deseos, nuestras realidades, nuestro rol en la vida de los otros y en nuestra propia vida, de la forma en que hemos sido educadas, la forma en que nos ve la sociedad, lo que siempre se ha esperado de nosotras, las cosas que hemos logrado, las que nunca pudimos dar.

 

En algún punto hablamos también de hombres, la contraparte de nuestras historias, hablamos de nuestros esposos, de nuestros hijos, de nuestros padres, de los amantes, los jefes, los hombres que fueron buenos, los que nos amaron, los que no, los que nos exigieron y nos odiaron, los que nos abandonaron, los que siempre nos acompañaron, los que sufrieron nuestros temperamentos, nuestros celos, nuestras histerias, los que pagaron los platos rotos y los que nos reflejaron como un espejo, los que huyeron porque no podían con nuestro carácter y nuestros requerimientos. Los hombres como idea, como utopía, como realidad que duele todos los días, como ausencia que produce nostalgia, como presencia que se vuelve una pesadilla, como deseo, sobre todo eso, como la forma que el deseo de afecto y atención toma, como la forma de la caricia, del beso, del contacto cercano, el vínculo añorado desde siempre, desde que nuestras conciencias se forman, el que se torna a veces odio y resentimiento, desesperación.

 

Pero en un momento determinado de esta reunión, cuando ya todas hemos sacado lo que nos ahogaba, empezamos a hablar de nosotras mismas, de lo que hemos descubierto sobre nuestra naturaleza íntima, de cómo nos han transformado las experiencias, de cómo hemos salido de nuestros propios pantanos, cómo hemos llorado, cómo el llanto nos ha ayudado a ver el mundo de otra forma y al final, cómo hemos seguido nuestros caminos, cada vez más liberadas, más ligeras de mente, más fuertes y determinadas, más sabias, más nosotras mismas, como personas, ya no como mujeres, solamente como individuos que han experimentado la vida y no han salido ilesos, sino con muchas cicatrices.

 

Hay un clima de absoluta confianza en la pequeña mesa en la que tomamos café este grupo de mujeres que nos hemos dado cita hoy para hablar de poder, de lo que es ser mujer. Por alguna mágica razón todas nos confiamos nuestros secretos más íntimos, no nos conocemos mucho en realidad, no sabemos mucho unas de otras, pero lo que nos estamos confesando nos hace sentir identificadas a todas, como si nos conociéramos de toda la vida, como si siempre nos hubiéramos tenido confianza. Debe ser que lo que una dice le ha pasado también a la otra, o lo que otra siente también lo hemos sentido todas, y el valor de decirlo de frente y sin miedo nos hace sentir a todas seguras.

 

Todas hemos sentido miedo alguna vez, todas nos hemos sentido solas en algún momento de nuestras vidas, todas hemos enloquecido de ansiedad y angustia frente a las frustraciones y los obstáculos, todas hemos hecho el descubrimiento de que nos tenemos a nosotras mismas, cada cual por un camino distinto, cada cual con su muy particular historia, pero al final, todas hemos llegado al mismo punto, al momento de levantarnos de una caída tremenda y decirnos a nosotras mismas que podemos hacerlo, las historias que nos estamos contando gritan esta conclusión emotiva, seguramente es ésto lo que nos hace sentir que nos conocemos de toda la vida.

 

Y entonces ¿qué es el empoderamiento para ustedes? pregunta finalmente nuestra joven entrevistadora. La respuesta ya está en aire a estas alturas, cada una va respondiendo a su manera, según lo que cada quien entiende por poder, por alcanzar ese estado anhelado de empoderamiento. Cuando mi turno toca ya todas han hablado de su propia interpretación de poder, titubeo un poco antes de responder, a pesar del clima de confianza y la calidez que hemos logrado construir en estas horas, aún me siento insegura de mí misma. Yo no soy nadie para hablar de poder ni de empoderamiento, soy una mujer común, no tengo una posición importante en el mundo de la política ni las finanzas, ni siquiera tengo un trabajo formal o un puesto laboral del cual pueda obtener la experiencia del poder. Soy solamente alguien que ha vivido la vida, que tenido muchos errores y muchos fracasos, que se ha recuperado muchas veces de todos ellos. Aun así me siento una mujer poderosa, porque estoy consciente de que soy resiliente, de que van a seguir existiendo caídas en mi vida y sé que tendré la fuerza para levantarme, para recuperarme de cada pérdida, soy una sobreviviente y eso me da fortaleza.

 

"Empoderarse es apropiarse del discurso interior", le respondo a mi entrevistadora finalmente, es tomar las riendas de ese monólogo interno que uno trae en la cabeza todo el tiempo, esa voz que te dice lo que está bien y lo que está mal, que te aprueba o te reprueba todo el tiempo, esa voz que se nutre de todas las críticas que hacen de ti otras personas, de lo que te han dicho que debe ser. Empoderarse es decirte a ti misma todos los días que puedes hacerlo, que tienes la fuerza y el carácter, que eres valiosa y capaz, que tienes todos los recursos físicos y emocionales para emprender las batallas más complicadas y vencer todos los prejuicios y las dificultades.

 

Todas guardamos silencio por un breve instante después de esto, estamos prácticamente en las lágrimas, un lazo poderoso de solidaridad nos une en el último momento mágico de esta charla, todas sabemos que algo insólito ha sucedido aquí y que nada va a ser igual cuando salgamos de este café.

 

Es verdad, cuando hablo de lo que es el poder para mí frente a este grupo de mujeres geniales que no han tenido miedo de contar sus historias y mostrarse como son, siento eso, una fortaleza interior inmensa, que me hace sentirme más grande cada segundo, que me hace sentir invencible y poderosa. Eso es empoderarse.

 

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Mariana Tristán

Melancólica apasionada, publicista y lectora voraz, intenta sobrevivir en un mundo donde el sexo y la menopausia no son compatibles. Ávida de experiencias excitantes y cercanas con su mercado meta.

Los Calzones de Guadalupe Staff

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Tags   mujeres, feminismo, empoderamiento, Mariana Tristán

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