Resaca

FUENTE:  Pixabay                         

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Por Samantha FLA

JULIO 23, 2018

Me desperté sintiendo esa angustia que provoca la partida, no quería levantarme de la cama, pero algo me impulsó a hacerlo. No me bañé y enseguida fui a la cocina a prepararme una taza de café que se convirtieron en dos. Me puse los jeans deslavados —esos que nunca me quito porque me realzan el trasero—, la blusa negra de siempre y mis tenis azules. Tomé las llaves y salí.

Caminaba por las calles pensando en ese frío que antes ya había sentido, un frío interno, porque afuera el sol estaba dando sus primeros rayos, cálidos, hermosos; sin embargo, yo estaba congelándome por dentro, temblaba de nervios, pasé por una vitrina y me vi reflejada, ¡me espanté! Me veía muy mal: flaca, pálida, ojerosa y consumida.

Llevaba casi una hora caminando y, aunque no fue de manera consciente, llegué hasta la puerta de tu casa. En cuanto me di cuenta de lo que hacía, giré media vuelta y regresé por esa callecita que me gustaba tanto porque era muy tranquila, llena de luz y silencio, por eso me gustaba estar ahí, sentada en la banqueta, afuera de tu casa, platicando o a veces solo recargada en ti escuchando cómo el viento agitaba las hojas de los árboles en esos atardeceres hermosos que pintaban el cielo naranja.

Mientras me alejaba, el ruido de la ciudad me fue sacando de esos recuerdos. Llegué a la avenida enorme que colindaba con tu calle y busqué la mejor manera de atravesarla… caminé por todas las franquicias que se siguen una a otra, entré en una y me puse a revisar los libros, las películas, incluso las revistas, pero en ninguna encontré lo que buscaba.

Seguí andando hasta que llegué al Centro —¡qué bonito se ve cuando no tienes nada que hacer más que caminar!—, me senté en una banca y observé por algunos minutos a la gente pasar, se veía feliz, el sol siempre trae alegría, las personas hablaban y reían, era un ambiente que me parecía meloso, pero me gustaba; incluso intercambié miradas y sonrisas con un niño que iba de la mano de su abuelo.

Me levanté y pasé por los portales, me quedé mirando los puestos de revistas y las carteleras culturales, algunas exposiciones y un concierto que ya había pasado el sábado anterior. Ni modo, me lo había perdido. Fui a buscar los horarios de las películas de la Cinemateca, pero no había nada interesante, así que me quedé sentada junto a un pilar, ahí en el patio. Los murmullos de la gente me regresaban a la realidad de vez en cuando, y entonces noté que ya estaba oscureciendo y debía regresar a casa.

Mientras pasaba por mi antigua escuela, tan grande, tan hermosa y tan vieja, los años de mi adolescencia desfilaron frente a mis ojos; me veía a la hora de la salida corriendo por el patio y aventando la mochila a las mesitas donde me gasté tantas tardes riendo, discutiendo, gritando e incluso bailando… ¡Cómo no me conociste en esos tiempos!

La noche caía y yo iba buscando en la memoria la mejor ruta para llegar. En realidad no lo pensé mucho, cuando me di cuenta ya estaba cerca y aunque los recuerdos de la escuela me habían sacado una sonrisa, ahora que iba de vuelta retornaba ese frío que me ponía a temblar, me sentía sola y vacía.

Abrí el portón y entré por la cocina, tomé un vaso y lo llené de leche fría, como me gusta, le puse hielos y chocolate, comencé a beber sorbo a sorbo, casi feliz de estar en casa de nuevo, pero al final de cuentas nada me sabía, y pensé que lo que busqué esa mañana en los libros, en las películas y revistas, eras tú, que el frío y la angustia las provocaba tu ausencia.

Lo peor de todo es que tu casa, tu calle, tu voz, tu rostro, nuestras tardes, nunca existieron. Me acosté sintiendo esa angustia que provoca la soledad, apagué la luz y cerré los ojos, me quedé con la resaca de saber que siempre pensé en ti y nunca apareciste en mi vida.

 

Publicado originalmente en

antiacidos.blogspot.com

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