Pozos negros

por Eréndira Svetlana

 

A veces, solo a veces, en mi vida aparece un pozo negro, y muy frecuentemente caigo en él. Sí, tengo que confesarlo, yo suelo caer en pozos negros y profundos, durante días, a veces muchos días. Están ahí, muy cerca de mí, acechándome, y bien pudiera rodearlos, o saltarlos olímpicamente, o simplemente pasar por encima de ellos e ignorarlos. Pero no, yo no soy así, yo caigo en ellos, me es imposible ignorarlos, no puedo dejar de mirarlos, de pensar en ellos, de saber que están ahí y me están esperando.

 

Los pozos negros en mi vida son un mal al que me siento tremendamente atraída invariablemente, son una trampa conocida y que no hago nada por evadir, son una presencia insoslayable, un vicio, un tic, un pecado terrible y vergonzante que soy incapaz de resistir. Así soy yo, después de muchos años acabé por admitirlo, no puedo con los pozos negros, esto es lo que soy yo, debo caer en ellos una y otra vez, como una adicta, como una pervertida incapaz de superar sus debilidades, esto es lo que yo me digo a mí misma actualmente para poder sobrevivir.

 

Los pozos negros son mi debilidad absoluta, ¡sí!, y han estado siempre presentes en mi vida, en todas las etapas, en cada parte diminuta o importante, en cada año y cada década, simplemente no se van. Y yo caigo en ellos, caigo siempre, me hundo, me pierdo en ellos, durante eras enteras, durante milenios. A veces incluso, en el punto más oscuro y más profundo, llego a pensar que nunca voy a volver, que me voy a quedar ahí, al fondo de uno de esos pozos negros, habitando su oscuridad para siempre, como un espectro, como un recuerdo, como un dolor intangible o un alma en pena que desde el fondo de una dimensión desconocida emite un gemido lastimero e hiriente.

 

Pero no. No es así. Nunca ha sido así. Siempre vuelvo, regreso cada vez que caigo en uno de esos pozos negros que están por todas partes en mi vida. Regreso y me voy recuperando nuevamente cada vez, me voy reconstruyendo, poquito a poquito, ladrillito a ladrillito, día a día, me vuelvo a construir, me vuelvo a fortalecer, vuelvo a creer que nunca más voy a caer en uno de ellos, que ahora sí estoy curada, que ahora sí podré resistir. Pero claro, todo son cuentos de hadas, imaginería infantil, viene un nuevo pozo negro en mi vida cuando más fuerte me siento, y yo vuelvo a caer, como el alcohólico que se cree redimido, como el adicto que se ha jurado miles de veces que no volverá a las drogas.

 

Cada nueva caída es más dura, cada nuevo pozo es más profundo y salir de él me cuesta mucho más cada año que pasa, porque evidentemente cada vez me siento más débil y vieja, menos capacitada para realizar la proeza que implica salir arrastrándote de un pozo negro y denso que cada vez te jala con más fuerza hacia su entraña.

 

Los pozos negros de mi vida son tristezas profundas, a veces depresiones severas, pensamientos dolorosos que me atrapan, o infortunios en el amor y las monedas. Pero mis pozos negros son sobre todo miedos e inseguridades, pequeños temores que un día se aparecen en mi mente y van creciendo de a poco hasta volverse monstruos que me devoran en sus entrañas lodosas y ahí me secuestran durante días, tormentos diminutos que se alimentan de la soledad y el abandono y de pronto se vuelven huracanes devastadores, enormes, inabarcables, muy negros, muy hondos.

 

Allá voy yo con todas mis flaquezas, así de enclenque como soy, y caigo en esos pozos cada vez más desarmada y debilitada, cada año más rota, me hundo, me dejo arrastrar por su furia ciega de gigantes cíclopes mitológicos, me dejo devorar entera por el centro hueco y terrorífico de sus panzas de huracán llenas de rabia. Y lloro, y grito, y me desgañito, araño y me arrastro, suplico y batallo para escapar del fondo mudo de esos pozos que se tragan todo, pero es inútil, nadie me escucha, nadie me rescata, estoy sola dentro de esa negrura, y sé muy bien que no podré salir hasta que deba salir de ahí, como si hubiera reglas escritas, como si ya estuvieran estipuladas las normas para poder escapar de cada pozo negro de mi vida en el que caigo irremediablemente.

 

Pasan días, muchos días, en mi conciencia del tiempo son en realidad eternidades, épocas enteras, aunque para el resto de los mortales solo se trate de horas que conforman algunos días. Para mí son edades milenarias hundida en un purgatorio de dolores que son innombrables, que no tienen color ni forma, que no quiero volver a recordar nunca.

 

Allá muy lejos, cuando estoy en el fondo de uno de esos pozos, se ve mi pequeña figura desbaratada haciendo esfuerzos inhumanos por pedir ayuda, se puede ver mi boca moverse frenéticamente gritando con toda mi furia, tratando de ser escuchada. Afuera de esas negruras implacables casi siempre está la vida cotidiana, el mundo de siempre, indiferente, inconsciente, casi siempre está la atmósfera helada e indolente de algún hospital psiquiátrico al que he ido a parar, está el personal, las enfermeras, los doctores, los asistentes, los otros enfermos, que, como yo, no pueden escapar a los pozos negros de sus vidas.

 

Y aunque todos están ahí, y se supone que tendrían que tratar de ayudarte a salir, nadie hace nada, nadie te escucha, nadie te ve, nadie es capaz de buscarte ni de encontrarte en medio de esa densidad de lodo y pedazos de tu cuerpo desangrándose. Porque todo es muy confuso y nebuloso, porque el interior de las panzas de los monstruos es inescrutable y brumoso.

 

Nadie es capaz de ayudarte porque cuando estás ahí, en la profundidad más oscura de tu pozo, te has vuelto invisible para todos, no existes, no eres nadie, no eres nada, te has vuelto transparente como un espectro que duele, que hiede, que desgarra y transgrede, pero con el que nadie quiere tener nada que ver.

Eréndira Svetlana

Escritora de corazón, intensa y mordaz, llena de historias de supervivencia. Transita entre el amor desmedido y el odio selectivo. Digna representante de la Generación X con un toque Millennial.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   depresión, tristeza, locura, crisis, desamor

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