Piensa en mí

por Rebeca Navarro

 

 

 

 

No quiero pensar en ti. No quiero que regreses a mi mente, porque tu imagen me parte en dos, en dos mitades exactamente, dos partes que se desconocen, que se detestan mutuamente: una, la que se ha callado todo el tiempo, la que se ha olvidado de su derecho a decir, a usar su única posesión: la palabra, la que se ha tragado todos sus pensamientos y sus convicciones durante mil años hasta que le reventaron en la cabeza en un amasijo de miedos, de horrores nocturnos, de desconsuelos sin tiempo, de llantos infantiles durante las madrugadas.

 

La otra, la que te siguió desde el primer momento, con los ojos cerrados, (vamos a navegar el infinito, dijiste) sin juicios, sin suposiciones, sin miedos, así nomás, sintiendo, escuchando, tanteando en la oscuridad de ese universo que ya traías dentro, de ese infierno. No quiero pensar en ti. Ni hoy, ni ayer, ni en ese futuro que ya no existe, que destruiste. No quiero, es un no para siempre. Hoy lo decreto.

 

Cierro los ojos húmedos, llevan días escurriendo en este nuevo silencio. Aquí no hay nada, no hay nadie la mayor parte del tiempo. Estoy sola. Afuera está la calle que tanto nos gusta, la que soñaste cuando eras pobre, cuando en tu zapato había un agujero por donde se colaba el agua sucia de los charcos cenagosos de julio en esta ciudad inabarcable y monstruosa.

 

Soñabas que algún día viviríamos en una calle arbolada, muy íntima, cerca de un parque laberíntico, con setos muy verdes y adoquines rojos, con bustos de escritores tristes y desconocidos. Soñabas que desde la ventana de nuestro departamento podríamos ver los árboles llorones, sus frondas abatidas cargadas de flores de todos los colores. Pero aquí no hay nadie para atestiguar cómo se inclinan las ramas de esos árboles, cómo escurren las aguas de agosto sobre sus hojas cargadas de lluvia. No hay nadie, solo mis ojos, solo sus visiones, sus recuerdos hechos de tus nostalgias, solo este parque deshabitado y silencioso por las tardes, cuando el sol escapa, cuando la lluvia inunda los deseos, la añoranza de otros tiempos que nunca fueron. Solo estoy yo, y estoy sola.

 

Puedo decirte que esta es tu historia, la que me contaste, la que habitamos juntos muchos años en la añoranza, la que no quisiste nunca escuchar de mi boca. Esta es tu historia. Me dejaste sola contándola. La mía se perdió hace muchos años entre nuestras sábanas, se quedó disuelta en tus palabras, en tus exigencias, en tus demandas sonoras, en tus arrebatos de amor enajenado, en la locura dolorosa de tu violencia. Desapareció ahí, en ese universo de oscuridades que te habitan. Ahí me perdí, dejé de respirar, de ser esa que muchos años antes fui, ahí dejé de existir.

 

Esta es tu historia, aunque ahora ya no la quieras, aunque la desprecies por que viene de mi boca, de mi mente, de esa mitad del corazón desnudo que dejaste palpitando a mitad de una madrugada náufraga. Sí, es verdad, siempre tuviste razón, te odio, pero también te adoro, y ya no estás aquí para que te lo grite, para que te lo restriegue en la cara.

 

Antes de que me conocieras ya era una mujer triste, con un abandono arraigado en las entrañas. Antes de que me conocieras ya era material idóneo para tu historia.  Cuando nos encontramos era una mujer desgajada, incluso muchos años antes.

 

Ese año pasaron muchas cosas que nunca entendiste. Ese año es el año en el que la locura empieza, el año en que todo se desmorona, por dentro y por fuera de la vida diaria. Tengo en la memoria cada instante transcurrido de ese tiempo, cada una de esas cosas que no comprendiste que sucedían, todas esas intensidades que me llenaron el cuerpo y el alma.

 

Piensa en mí, dijiste mientras todo aquello acontecía sin que te dieras cuenta, piensa en mí cuando el viento con olor a lluvia cruce el sendero de nuestro parque, cuando la luna asome su cara pálida, cuando la tormenta escampe y llegue hasta los balcones el olor de la tierra mojada, piensa en mí entonces y cierra los ojos para sentir otra vez mis manos, otra vez mi boca.

 

Pero ya no estás, renunciaste a la posibilidad de esta historia, la que nos contamos todos estos años uno al otro, la que tú inventaste en el momento más álgido de nuestra locura conjunta. Abandonaste el sueño a la mitad de una madrugada de lluvia, y sí, me dejaste aquí, todavía soñando, con el corazón desnudo y náufrago. Así que no, no voy a pensar en ti, ni hoy ni nunca, no en este balcón, ni viendo cómo llueve sobre nuestra calle, ni sintiendo la brisa cruzando el sendero de nuestro parque, ni cuando la luna asome y la tormenta escampe, ni mañana, cuando me despierte desquiciada y sola, sin recuerdos, sin identidad, sin nombre. Nunca más, no fuiste, no has sido, no te recuerdo, hoy lo decreto.

No debe de saber que ha escrito lo que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe”. Para mí, esa frase se convirtió en una especie de identidad esencial, de un «derecho a decir» absolutamente ignorado por las mujeres.

 

Marguerite Duras

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Rebeca Navarro

Obsesionada con los cuentos de hadas, se la pasa pegada a la televisión y le gusta dejar las cosas para el último. Sueña con un día cobrar por sus escritos.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   ruptura, desamor, corazón roto, pareja

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