Otros Odios

 

 

                                                                         

por Delia Millán

A Avelino lo conozco cuando llego a trabajar al Hospital General, cuando me mudo a la capital. Es en esa ciudad de estridencias y pobrezas donde conozco la textura del bien y del mal, sus sabores contradictorios y a la vez similares, sus tonos extremos, sus esencias apenas disimuladas por el hedor putrefacto de las calles atestadas.

 

Avelino trabajaba también ahí, en el mismo hospital donde yo hacía el internado, era residente de primer grado, bajo de estatura, regordete y lampiño, con el pelo rojizo y un gesto habitual encolerizado. En mi paso por urgencias coincido con él y otros residentes de rostros agrios e inolvidables.

 

Durante las noches de guardia en Urgencias Avelino está a cargo del servicio, los internos debemos obedecer sus órdenes, soportar sus chillidos agudos cuando hay muchos pacientes y sus responsabilidades lo sobrepasan, atender sus exigencias histéricas, sus berrinches de jefe colérico e incipiente.

 

Somos tres internos bajo sus órdenes, muy pronto Avelino se ensaña conmigo, me encarga las tareas más tediosas, me hace responsable de los pacientes moribundos, chilla como una urraca furiosa cuando no resuelvo con rapidez sus múltiples demandas, los ojos le salen de las órbitas cuando me grita desde la central de urgencias, el rostro se le hincha y se le enrojece como si le hirviera un incendio a punto de estallar por dentro de su pequeña cabeza.

 

Los otros dos internos desaparecen regularmente a mitad de la madrugada, durante las horas más ajetreadas, las horas en que la histeria de Avelino se desborda de su rostro rubicundo e inunda de gritos estridentes la sala de urgencias. Cerca de las 5 de la mañana vuelven a aparecer, frescos y con las caras recién lavadas, la guardia ha sido una tormenta intensa que apenas comienza a escampar, Avelino me ha cercado en un cubículo con sus chillidos ofensivos alegando que un paciente ha empeorado por mi culpa, al cabo de tantos gritos finalmente me ha hecho llorar.

 

-Es normal-, me dicen mis compañeros durante el desayuno fugaz en el comedor del hospital cuando la guardia termina 

 

-Avelino te odia porque eres mujer y él es homosexual, cada rotación es igual, se ensaña con las mujeres, sobre todo con las más guapas-.

 

Estoy exhausta y me siento derrotada, hace milenios enteros que no duermo, que no salgo del hospital, que brego de un lado al otro como un fantasma, soñando despierta, con la piel adormecida, sintiendo cómo se me desgarra con los cuchillos de este nuevo mundo al que he venido por voluntad propia.

 

Ese año, el de mi internado, cuando llego a la capital, descubro que el mundo está lleno de Avelinos. Soy todavía una provinciana en ese tiempo, ignoro la mayor parte de las cosas que importan, ignoro por ejemplo ese conocimiento fundamental que mis compañeros ya tienen entonces, los hombres como Avelino son capaces de odiar mucho, de humillar con toda la saña que les venga en gana, tal vez porque ellos mismos han padecido el escarnio en su propio mundo, o tal vez porque nacieron con un alma negra desde el principio.  En mi mundo pueril de ese entonces no existe la degradación, no hay rastro de la insania. Mi aprendizaje en ese lugar va a ser intensivo, durante seis meses de guardias inhumanas llego a conocer la naturaleza exacta del resentimiento humano, también llego a conocer como a la palma de mi mano todas las caras y las facetas del desprecio de Avelino.

Muchos años después todavía lo recuerdo, saco cuentas de ese tiempo. Le debo a Avelino todo lo que se sobre la crueldad, lo que tiene de odio contra el mundo, su porción de resentimiento y también su dosis de desprecio a uno mismo.

Aún no se si agradezco ese conocimiento, pero cada vez que en la vida me topo con el odio infundado me viene a la mente ese largo episodio de mi paso por Urgencias en el Hospital General. El mundo está lleno de Avelinos, y tal vez todos sean seres incomprendidos.

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Delia Millán

Maestra del desequilibrio armónico, experta en el desarrollo humano y las relaciones complicadas. Loca por convicción y leal por vocación. Lucha contra la violencia de genero donde quiera que esté.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   odio, resentimiento, venganza, Delia Millán

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