Noche de AMLOVE

FUENTE:  Getty Images                           

Por Eréndira Svetlana

JULIO  16,  2018

La noche del primero de Julio de 2018 será recordada durante mucho tiempo por los mexicanos. Será difícil olvidar las imágenes del zócalo de la Ciudad de México abarrotadas por miles de simpatizantes de AMLO emocionados hasta las lágrimas por el triunfo de su candidato en unas elecciones históricas. Al momento en que el virtual presidente de nuestro país se presenta ante las multitudes anhelantes para dar su discurso, estos comicios ya son noticia internacional por su inusitada participación ciudadana y la arrasadora ventaja que el voto determinado de un país entero le ha otorgado a Morena, el partido vencedor.

 

Medios de comunicación de todo el mundo han considerado esta jornada electoral como una de las más relevantes en la historia democrática de México, no solamente por el hecho de haber sido uno de los comicios más concurridos en las últimas décadas en nuestro país, sino también porque el voto ciudadano ha sido definitivo, alzándose en el panorama crítico por el que atraviesa México como una voz estruendosa que dicta a través de las urnas su mandato popular.

 

Para muchos periodistas internacionales como Héctor E. Shamis, del periódico El País, lo que ocurrió en México el pasado 1 de Julio pertenece a la estirpe de los “hechos puntuales que cambian la historia”, “rupturas o coyunturas críticas que demandan nuevas herramientas analíticas para ser comprendidas”.  Y no podemos estar más de acuerdo, no hay duda que el triunfo de AMLO es un suceso que marcará la historia de nuestro país de múltiples formas.

 

Tal vez desde España, o desde Inglaterra o desde los Estados Unidos de Norteamérica este evento histórico no se comprenda a cabalidad y requiera de nuevas herramientas analíticas para ser entendido. Desde aquí, desde esa noche histórica en el zócalo de la ciudad de México, en medio de la algarabía y el ánimo encendido de miles de mexicanos esperanzados en que un nuevo régimen nos devuelva la fe en nosotros mismos, este evento es perfectamente comprensible y no requiere de ningún análisis científico.

 

Desde el corazón de este país lacerado en su intimidad durante décadas por la pobreza y la desigualdad, el triunfo de López Obrador parece una consecuencia lógica y muy natural. No se trata solamente de una especie de referéndum que traduce el hartazgo social y la indignación con una élite política rapaz y desconsiderada que se ha vuelto mítica en nuestro país, se trata de un auténtico grito de desesperación colectiva que busca sacudirse la pesadilla de varios sexenios de corrupción, impunidad e injusticia social. Se trata de numerosas generaciones de mexicanos que han trabajado durante una vida entera sin poder salir de la pobreza, se trata de la creciente desigualdad que resulta en las calles a veces ofensiva, se trata de los salarios de miseria de la grandes mayorías y los sueldos opulentos de los funcionarios públicos y los políticos corruptos, se trata de las carencias cotidianas de los muchos y las fortunas exorbitantes de los poquísimos privilegiados, se trata de muchos partidos inoperantes y un solo sistema devorador e inhumano que durante años ha ignorado a los desposeídos y ha ofendido al ciudadano común de todas las formas posibles desde una cúpula política sanguinaria.

 

El triunfo de López Obrador en las urnas no es un fenómeno social atípico que requiera de lucubraciones sesudas ni disertaciones profundas, es algo más terrenal, es una respuesta simple pero contundente ante el insulto permanente que encarna la clase política con su ostentación cínica y su corrupción rampante. A través de ese voto masivo e indiferenciado que ha dado el triunfo incuestionable a AMLO y a MORENA, habla un pueblo agredido durante mucho tiempo, una sociedad a la que se ha minimizado obstinadamente, a la que se discrimina y se excluye de las decisiones sobre su destino, a la que se ofende utilizando al país y sus recursos como si se tratara de una empresa privada cuyos beneficiarios son los integrantes de una reducida alcurnia política. Habla una sociedad hundida en el desamparo al que todos los días la relegan sus gobernantes, una inmensa colectividad que se siente humillada ante casos como el de La Casa Blanca, como el de Odebrecht, ante injusticias impronunciables como la de Ayotzinapa, ante el descaro de personajes como los Duarte, los Padrés, los Hank, los Montiel y una interminable lista oprobiosa de delincuentes de cuello blanco que se reproducen en la impunidad de un sistema que los alimenta.  

 

Pero más allá de este agravio reiterado del que una sociedad completa está harta, el voto masivo por AMLO se ha erguido como un clamor al unísono ante la indignación y el miedo que hoy por hoy sentimos los mexicanos frente al horrendo espectáculo de la violencia. Nuestras calles y nuestras plazas se han vuelto el centro del escenario de una película sanguinaria que nos refleja como un espejo la corrupción y el envilecimiento de nuestros vínculos comunitarios. En cada una de esas matanzas y esos crímenes impronunciables de los que hemos sido testigos los últimos 18 años, vemos la imagen intolerable del país en el que nos hemos convertido, la perversión irrefrenable de los lazos que algún día conformaron nuestro tejido social. Y sabemos como comunidad que esa perversión social y el torrente de sangre que ha arrastrado consigo, vino desde la cúpula corrupta de la partidocracia que nos ha gobernado durante tanto tiempo, vino de sus modos tramposos de manejar el gobierno, de la enseñanza perversa de sus abusos y sus latrocinios, de la ostentación grosera de sus privilegios y sus negocios chuecos. La corrosión de nuestra sociedad tiene su origen en ese modelo pervertido de nuestra idiosincrasia que el clan incestuoso que nos gobierna ha difundido desde la cúspide de su poder.  

 

El voto masivo que le ha dado el triunfo a AMLO le habla al mundo y nos habla a nosotros mismos, grita su horror y su desesperación frente a la sociedad en la que nos hemos convertido, es el grito de una nación que ha traspasado los límites de lo inhumano y quiere sacudirse esa barbarie y ese marasmo que la hundido en un pozo de resentimiento y de sangre.

 

Los analistas políticos nacionales y los extranjeros no cesarán en su asombro y su incomprensión, continuarán diciendo que el voto por AMLO es una vuelta al pasado y un salto colectivo al vacío, no dejarán de afirmar con toda la evidencia económica e histórica disponible que el modelo de país que Morena propone es populista y regresivo, que nuestra decisión democrática es probablemente un suicidio. Pero desde la perspectiva del ciudadano sencillo que ha vivido la realidad cotidiana de este país durante los últimos tres sexenios, la voluntad popular que ha hecho presidente a AMLO es una respuesta natural al agravio, la única salida posible del laberinto de rabia y brutalidad en el que nos hemos convertido como sociedad. Porque México se ha mirado en el espejo de la crueldad y la carnicería en que se ha tornado su tejido social, se ha visto reflejado en el horror de cada desaparecido, de cada ejecutado, de cada torturado y cada cuerpo descuartizado expuesto en las plazas públicas para escarmiento de la comunidad. Y queremos cambiar, queremos recuperar la armonía, los vínculos que antes nos unían, la calidad de nuestras relaciones, la dignidad de nuestra naturaleza mexicana.

 

AMLO es la herramienta de la que disponemos para generar ese cambio que aspiramos, la única llave que hemos encontrado a la mano para abrir la puerta de la esperanza, él no ha sido un candidato durante su campaña, ha sido una promesa secreta que los mexicanos nos hemos hecho a nosotros mismos, nuestro voto no ha sido una elección política, ha sido una plegaria cantada al unísono y evocada con emoción desde cada rincón del país la noche del pasado 1 de Julio.

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