Niños de cuarenta y tantos

FUENTE: Pinterest

Por REBECA NAVARRO  

Mayo 01 2018

Hay secretos que nunca se confiesan a nadie, hay secretos en la vida que todos tenemos muy muy bien guardados, de esos que ni aunque nos torturaran seríamos capaces de soltar.   Me imagino que uno de esos secretos que nadie se atreve a confesar es que a los cuarenta y tantos hay quien todavía se siente un niño. Lo malo es que a veces, esos secretos tan bien guardados se nos notan demasiado. Yo soy de las que sería incapaz de confesar a nadie que en el fondo me sigo sintiendo una niña.

 

Sí, soy una niña, muy en el fondo y a veces no tanto, porque hago un esfuerzo muy grande para ocultarlo, pongo todo mi empeño para que no se me note tanto. Me pongo un traje muy elegante y aseñorado, me cuelgo todo tipo de accesorios de fantasía, también zapatos de tacón muy alto, me maquillo los ojos, los labios y los pómulos, antes de salir de casa me cercioro frente al espejo que mi disfraz esté completo y oculte muy bien a la niña miedosa que en realidad sigo siendo. Pero este elaborado proceso no siempre surte el efecto que espero, una chispa en la mirada, un brillo incierto, el gesto medio infantil a pesar del maquillaje completo, la niña asustada o traviesa sigue ahí, en la mirada, en la forma de caminar, en el titubeo de las palabras, pero sobre todo dentro de mi cabeza, hablándome todo el tiempo “¡no vayas por ahí, qué miedo!” “¿y si nos sale mal qué hacemos?” “¿y si se enojan?” “¿y si nos gritan?”, “ya me cansé”, “mejor vámonos a jugar”, “quiero comerme una bolsa de dulces”, “quiero comerme 4 rebanadas de pastel de chocolate”, “yo ya no quiero jugar a esto”.   Dale y dale todo el día la niña dentro de mi cabeza.

 

Los que llevamos en la cabeza una niña o un niño travieso pero asustado y rebelde pero necesitado de afecto, podemos muy fácilmente distinguir a otros niños disfrazados de adultos muy circunspectos. Andan todos por la calle como nosotros, con sus trajes sastre muy planchados, todos muy aseñorados, tratando con todas sus fuerzas de parecer muy adultos, pero en cuanto pueden se desatan el nudo de la corbata, o se quitan los zapatos de tacón por debajo de la mesa, algunos hasta se despeinan, y se les escapa una sonrisa traviesa, o sueltan un guiño de pronto, o algún capricho infantil que ocultan a toda costa a penas se manifiesta.

 

Yo puedo detectarlos muy bien, son niños ocultos detrás del disfraz de adultos de cuarenta y tantos, de cincuenta y tantos, siguen teniendo miedos, siguen añorando los juegos, buscan cualquier pretexto para volver a tener sueños. Andan todos trabajando, siempre muy serios, muy maduros, en sus oficinas, con sus celulares, en sus autos, de pronto se les atraviesa un deseo, uno de esos sueños de niño, se inventan algún pretexto, salen de volada a la tienda y compran un montón de estampas para el nuevo álbum de sus hijos, abren los sobres con ellos en casa, y ayudan a pegar las estampas, luego se escabullen con las repetidas sin que nadie se dé cuenta; o a veces compran cochecitos de juguete, los regalan a los niños, se quedan con dos o tres de ellos, los colocan muy discretamente sobre el escritorio o la mesita de noche; si son mujeres coleccionan libretitas de notas, o plumas de todos los colores que existen, las esconden en cajones, en cajas dentro de armarios, ocultas donde se pueda para que nadie se entere que seguimos siendo niñas; o guardamos un peluche viejo, medio roto y destartalado, ése que nos recuerda que algún día tuvimos miedo a la oscuridad y eso no nos daba pena.

 

Hay días que la niña oculta no quiere ponerse el disfraz, el despertador suena de madrugada y ella no se quiere levantar, se quiere quedar en la cama cinco minutitos más, o se queda en la regadera, con los ojos muy cerrados y el chorro cayendo en la cara, jugando con las gotas de agua; o a veces se quiere quejar, quiere que alguien le sobe la panza o le haga masaje en los pies, porque es en el fondo una niña jugando a que trabaja mucho y quisiera que fuera de noche para que su madre la arrope.

 

Hay otros días que la niña que llevo dentro quiere llorar, porque ser adulto es muy duro, y parecerlo cuando se es en realidad niño lo es todavía más, hay días en que quiere salir corriendo del universo adulto, y días en los que quiere que pare el mundo, porque la vida se pone muy hosca y da vueltas como si fuera un carrusel de psicópatas. Es en esos días cuando los niños ocultos bajo los ropajes serios de hombres y mujeres de cuarenta y tantos tenemos más miedo, porque tememos que nos descubran, tememos que nuestro desempeño no esté a la altura, hacemos como que nada pasa, hacemos como que tenemos todo bajo control, pero por dentro estamos temblando de horror porque en realidad somos niños que se disfrazan, niños que están jugando a que ya crecieron, a que se casaron, a que ya trabajan y tienen hijos y responsabilidades macabras, somos niños jugando un juego tremendo que a veces nos sobrepasa.

 

Pero también hay días en que todo es magia, la vida de adulto pasa flotando frente a nosotros como si no fuera nada mas que una ilusión óptica, entonces nos escapamos de ese mundo, nos escabullimos sin que nadie nos vea, vamos subrepticiamente hasta la heladería y nos atragantamos un cono doble de vainilla, o nos colamos al jardín trasero para soplar al aro de las burbujas que los pequeños dejaron abandonado, o nos ponemos un mameluco con rabo y orejas y nos escondemos bajo las sábanas como cuando éramos chicos, hay días así de bellos gracias al cielo, días en que podemos dejar de fingir que somos verdaderos adultos y ser los niños traviesos que llevamos ocultos.

 

A los niños confundidos disfrazados de adultos serios se nos distingue enseguida, tenemos un alma traviesa y cuando se nos asoma en los ojos damos a veces risa y otras veces damos ternura, porque nos da mucho miedo que nos descubran,  ponemos cara de malos y tratamos de hacer el clásico gesto adusto, pero en el fondo andamos un poco asustados, o a veces un poco muertos de risa.

Tenemos más de cuarenta y seguimos siendo infantes que se ríen mucho, aunque a veces tengan miedo, que enseñan la lengua cuando nadie se da cuenta, que sueñan que pueden seguir soñando, a pesar de ese otro mundo, a pesar de sus pesadillas, de que incansablemente nos persigan con sus horarios estrictos y sus moldes rígidos. Nunca se lo diremos a nadie, porque es un secreto inconfesable, nos colgamos los disfraces pero debajo permanecemos muy niños, muy traviesos, muy audaces, obstinados en ser felices aunque eso en el universo adulto esté absolutamente prohibido. 

 

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