Naufragios

FUENTE:  Pinterest                           

Por Eréndira Svetlana

JULIO 16, 2018

No había muebles en nuestra casa. Había el comedor desnudo con sus sillas desvencijadas y también las camas en las habitaciones desiertas a medias. Nunca hubo muebles ni cortinas.  Un día hubo un televisor de consola de madera con patitas de lata dorada que había que hacer sintonizar con los botones dispuestos a un costado de la pantalla grisácea. La mayor parte del tiempo resonaba dentro de su caja un estertor de moscas enjauladas que llenaba el espacio deshabitado. Cuando sintonizaba algo, lo mirábamos tirados en el suelo. Las losas del piso eran rojas y cuadradas. Siempre estaban frías.

 

Alguna vez mi padre hizo alfombrar toda la casa. Debió juntar un dinero de aquí y de allá o tal vez pidió un préstamo.  Mandó  cubrir todo el piso de la casa de una misma alfombra barata de color naranja. La casa siguió estando vacía pero el piso estaba todo cubierto con el lujo de esa alfombra áspera y podíamos ver el televisor sentados sobre ella.

 

No recuerdo cuántos años duró la alfombra. A mi padre la alfombra le parecía una idea  divertida.  Para mi madre la alfombra fue solo una más de sus catástrofes cotidianas.  La casa se inundaba frecuentemente.  Salíamos todos por la mañana a la escuela y dejábamos sin darnos cuenta las llaves de los grifos abiertas porque casi nunca había agua. Más tarde, durante el día, llegaba el agua y no había nadie en la casa para percatarse del caudal que se iba formando en los lavabos de los baños, en el fregadero de la cocina, llenándose de a poco hasta desbordar sobre el piso. Cuando volvíamos había agua por todas partes, brotaba de las rendijas de las puertas hasta el patio polvoriento de la casa y a veces escurría en charcos hasta la calle.

 

El piso parecía una breve alberca anaranjada. Navegábamos en ella para movernos por la casa. Había que secar la alfombra durante días. Mi madre faltaba a veces al trabajo para hacerlo. Con los pies desnudos y los pantalones doblados hasta las rodillas pasaba horas extendiendo  toallas sobre la superficie encharcada, luego las exprimía una por una en cubetas que nosotros vaciábamos en el fregadero por turnos, durante días. La alfombra se fue pudriendo por la humedad, que no llegaba a desaparecer del todo antes que hubiera una nueva inundación.

 

Ocurrió tantas veces que después de un tiempo la alfombra y la casa toda adquirió un olor a húmedo y rancio que no desaparecía. Hubo que quitarla al final. La casa volvió a mostrar la parquedad de las losas frías pero el olor putrefacto ya no se fue nunca. Mi madre abría de par en par las ventanas durante las mañanas. Por la tarde las cerraba y el olor volvía a desprenderse de las paredes y los recovecos de la casa y al otro día se había instalado otra vez como una costra en el ambiente.

 

Duró mucho tiempo. No compramos muebles tampoco después de eso. Mi madre temía que el olor se escondiera en los gabinetes, que la humedad se metiera en los cajones y acabara por agusanar las maderas.

 

A veces soñaba que la casa había sido invadida por larvas, los gusanos salían por millares de los gabinetes inexistentes y arrastraban su viscosidad sobre los muros despintados en ejércitos nauseabundos. No quiso nunca tener muebles ni volver a vestir la casa de ningún lujo. 

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