Nací para volar

FUENTE: Pinterest

Por XÓCHITL NIEZDÁNOVA

¿Quién no ha imaginado en sueños que vuela? Esa sensación especial de lanzarse al vacío y comenzar a deslizarse por el aire, movido por un impulso invisible. Sentir como el viento golpea en nuestro rostro al tiempo que el cuerpo se eleva sin dificultad y avanza, alcanzando cada vez mayor altura hasta abarcar la amplitud del infinito, luego observar allá abajo, a lo lejos, los árboles diminutos; los caminos serpenteando como sinuosas lombricillas; las construcciones. Entonces dirigimos nuestra vista al horizonte y tenemos la impresión de estar a punto de alcanzarlo. Es una sensación incomparable arraigada en la parte más atávica de nuestro subconsciente, tal vez porque el ser humano, a pesar de no contar con alas, está hecho para “volar”.

Y efectivamente ha surcado los cielos gracias al portento de su inteligencia, empleando toda clase de aparatos mecánicos. Ha probado la gloria de las aves que habitan el espacio. Pero yo no hablo de volar en el sentido literal de la palabra. Cuando hablo de esa sensación sublime que se apodera de nosotros al sentirnos a la mitad del cosmos, me refiero al profundo deseo de libertad arraigado en la psique humana. No nacimos para ser esclavos de nada ni de nadie, mucho menos de nuestras limitaciones. Por eso, con solo la mente como medio, hombres y mujeres hemos explorado universos enteros y sentido el vértigo de lo desconocido sin siquiera alzar el vuelo, en el sentido literal.

“Desde niña he sentido ese vértigo. Una energía superior a mí misma, que corre a través de mis venas y me lanza a la placentera experiencia de la novedad”

Es la imaginación la que nos lleva por páramos intransitados y nos descubre la maravilla de la existencia. Ese impulso indetenible de explorar, descubrir, vivenciar lo ineluctable. Desde niña he sentido ese vértigo. Una energía superior a mí misma, que corre a través de mis venas y me lanza a la placentera experiencia de la novedad. Eso es sentirse viva. Atreverse a traspasar la restringida realidad de lo conocido, y crear. Porque, ¿qué puede ser la imaginación sin el acto de la creación?

En la mente humana ambas potencias se toman de la mano para llevarnos por el sendero de la autorrealización. El secreto es descubrirlo a tiempo. Cuando somos niños poseemos esa cualidad de manera natural, somos felices sin esfuerzo y es porque jugamos a vivir. Cada día echamos a volar nuestra imaginación para dar vida a las más insospechadas fantasías. Cuando adultos, como todo lo bueno, olvidamos que en nosotros mismos está la capacidad de ser sin restricciones, y de inventar nuestra realidad. Nos dejamos esclavizar: por las pasiones destructivas, por la búsqueda irracional de poder, por los panfletos mediáticos que nos incitan a robotizar nuestros impulsos y a igualarnos como una horda de zombis que comen y visten de la misma forma, y sacian su apetito con el mismo alimento putrefacto que el propio sistema nos proporciona. Visitamos los mismos centros recreativos, usamos las mismas marcas de ropa, tenemos los mismos gustos alimenticios. Y de pronto perdemos de vista al ser único e irrepetible que somos, la magia se diluye en una cotidianidad monótona y sin sentido, en una perpetua insatisfacción y búsqueda estéril de paliativos. Olvidamos que la verdadera felicidad existe y se encuentra dentro de nosotros.

Afortunadamente toda la vida me resistí a ser esclavizada. Nunca respeté el estatus quo y su garganta de anaconda dispuesta a tragar mi individualidad a toda costa. Soy una niña y siempre lo seré. La niña que sueña con hacer fructificar sus fantasías, la que se arriesga a ir en busca del jardín mágico, como Alicia en el país de las Maravillas. Y soy testigo de que la magia existe porque habita en mí, en esa forma desprejuiciada y asombrada de ver el mundo, y sentir que todo es posible. Jamás dejaré de soñar despierta, por más que para el resto solo sea una mujer demasiado adulta para ser feliz, y perpetuamente despistada. No escapo a la realidad, pero prefiero fabricar la mía original y maravillosa, como lo hacía Willy Wonka en su fábrica de chocolates. Lo importante es saber que pese a nuestras limitaciones anatómicas, propias de nuestra especie, realmente tenemos un hermoso par de alas prodigiosas que nos llevaran doquier que nuestra voluntad nos impulse. El premio es la felicidad más absoluta de sentirnos vivos y únicos. Solo necesitas atreverte a descubrir tus alas, y las alturas que puedes alcanzar simplemente son infinitas.

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