Mujeres

arrepentidas

por Rebeca Navarro

¿Qué es lo que atormenta a una mujer y la persigue hasta el fin de sus días como un fantasma que arrastra temiblemente sus cadenas cuando se halla descuidada? Desde luego, los pecadillos que ha cometido, sobre todo si estos han tenido consecuencias. Pero lo que en verdad atormenta la sensibilidad femenina es una vida no vivida. Ese es el verdadero fantasma que la persigue por las noches y la despierta con un sobresalto, y el corazón a punto de salírsele del pecho.

 

Cuando somos niñas, las más tiernas juegan a ser mamás, con bebés de plástico que mecen en sus brazos pensando que un hijo es lo más bello que existe, y ciertamente lo es mientras los puedes cargar en tus brazos cuando duermen plácidamente. Otras más avezadas se divierten conquistando el pequeño mundo de su entorno: trepando árboles o midiendo fuerzas con los niños de su edad, que se quedan perplejos ante las capacidades de la escuincla que se trepa al árbol sin tardanza ni pena, asomando las pantaletas al aire.

 

Las hay de muchos tipos, pero conforme vamos creciendo, los sueños de cada una comienzan a tomar forma en nuestras juveniles mentes. Es ahí donde las distintas historias se bifurcan. Y desde ese momento algunas comienzan a soñar con el día de su boda, por muy anacrónico que resulte en nuestros días; mientras otras, trazan en su mente la carrera de sus sueños, y sus deseos de conquistar el mundo crecen y cobran forma y lugar. Mujeres con espíritu artístico, inventoras, descubridoras incansables, todas comienzan a buscar la manera de hacer suyo este lugar caótico que es el planeta que habitamos. Y el sexo opuesto hace su aparición en nuestra escena, para aferrarnos a ellos con fuerza o para desdeñarlos en aras de pasiones más ambiciosas (ni que fueran tan únicos y originales).

Las circunstancias se entretejen, las oportunidades se manifiestan y nuestros respectivos destinos comienzan a surgir en el crisol incipiente de nuestros deseos más profundos. Dicho así suena hasta poético, pero la verdad es que la mayor parte de las veces la vida simplemente nos cae de sopetón y toma por asalto nuestra existencia. Y lo que eran tiernos sueños, un buen día al levantarnos de la cama, se convierten en la realidad más palpable. Algunas despiertan en el lecho nupcial, con desayuno en la cama y hasta su flor de las mañanas (si corren con suerte); porque desde luego el chiste de los sueños es que por lo menos el primer día sean tal como los imaginamos: etéreos e incomparables. Aunque después terminemos siendo las corre ve y dile de nuestro tan amado hogar, y servidoras exclusivas del macho proveedor, sueño que cada vez está más desprestigiado por obvias razones.

La segunda opción es el sueño laboral perfecto, un trabajo en la compañía más cotizada del momento, la pared de nuestra oficina llena de títulos que conmemoran cada uno de los años que nos hemos pasado quemándonos las pestañas, y un flamante rótulo con las palabras “directora en jefe” o “ejecutiva senior”, ya que si dice “asesora adjunta” o algo por el estilo tampoco nos viene mal. Pero en este punto es cuando me pregunto ¿dónde quedó la tierna pequeñita que abrazaba bebés robotizados, o la niña audaz que trepaba por gusto cuanto obstáculo encontraba a su paso?, y es que vale la pena preguntarlo. Porque alrededor de los 30 todas hemos tenido nuestra dosis de reglas sociales, imposiciones parentales, y hasta edictos presidenciales que han determinado la ruta que nuestras vidas debían tomar. Pero algo se quedó en el camino y ni siquiera nos dimos cuenta, algo muy pequeño y casi sin importancia: nuestra libertad de ser y decidir nuestro destino…

Un frío profundo recorre nuestra espalda, dejamos de sentirnos ganadoras o señoras privilegiadas de fulano de tal, no es así. Incluso las que han llegado a ocupar una embajada en Timbuctú claman por la libertad perdida. Nos han puesto, casi sin darnos cuenta, un grillete de acero inoxidable que ahora controlará nuestros movimientos y nuestras vidas por los próximos veinte años cuando menos. ¿Saben qué?, toda esta situación apesta. Las más suertudas tienen al menos el recuerdo de haber participado en una asociación estudiantil en la universidad, que se dedicó a transformar el mundo por el breve período que su vida les perteneció.

El asunto es que la mayoría no se da cuenta de este asalto en despoblado hasta que ya pasaron los siguientes veinte años en que nuestros roles de madres, profesionales, ejecutivas, y la tía de las muchachas, se nos han encimado como lapas y nos han absorbido toda la sangre joven que nos quedaba. Maltrechas y con pasados oscuros, a los cincuenta y algo nos damos cuenta que hemos sigo engañadas, que nos han robado la vida, y es cuando por primera vez en nuestra planificada e hiperorganizada existencia nos echamos a llorar como unas Magdalenas por el atraco, porque ya no hay forma de regresar el tiempo, porque la energía se nos fue en perseguir la zanahoria que nos pusieron enfrente, porque los hijos se fueron a vivir sus propias vidas teledirigidas y nosotras estamos peor que al principio: solas, viejas y acomplejadas. ¡Qué timo!

Yo les aconsejo mal desde ahora, no se dejen marear por quimeras inventadas socialmente, no persigan sueños soñados por otros, no claudiquen y conserven su inocencia, la juventud que las lanzó al primer desacato, a la primera desobediencia. Pero tampoco se me atonten. Valoren su vida, que es la única que van a tener, y disfrútenla como ese huesito de cordero que la gente chupa hasta la médula. Invéntense una vida divertida fuera de las convencionalidades que todo mundo se dedica a imponernos, haciéndolas pasar por los caminos perfectos, por los típicos “deber ser”, rebélense y busquen lo que realmente les de felicidad, lo que haga que la sangre les hierva en el cuerpo y cada día sea un día glorioso en el que el despertar sea mágico y el atardecer les traiga la sensación de un día bien vivido. Pierdan el miedo y salgan verdaderamente a conquistar el mundo, a conquistar su espacio en este planeta de porquería. Construyan un lugarcito para sus sueños más queridos, trabajen con afán por preservar ese espacio de la hediondez del resto y simplemente dedíquense a ser felices, dedíquense a ser ustedes.

Que los veinte años, treinta o los que sea que la vida nos obsequia sean todo un descubrimiento cotidiano. No permitan que alguien les susurre al oído su destino, que alguien elija por ustedes y a los cincuenta se encuentren rascándose la cabeza y preguntándose, como si hubiera pasado un vendaval o un ciclón, ¿dónde quedó mi vida, mis ganas, mis sueños?. Es el mal consejo que les doy, porque si su vida no les pertenece, nada de lo que consigan les pertenecerá, así de simple. Desde luego cásense si ese es su deseo, pero no con un macho impositivo quebrantador de sueños. Persigan una utopía si así les place, pero no arriesguen el pellejo y la felicidad por causas perdidas. Y sobre todo, cualquier cosa que hagan háganla con conciencia, mediten mucho, y demuestren que somos tan o más sensatas que los hombres para modelar nuestra vida. No tiene por qué haber depresiones, crisis de la edad, síndromes del nido vacío, soledades estériles. Actitud es la palabra, y sabiduría para vivir la única vida que nos va a ser posible vivir.

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Rebeca Navarro

Obsesionada con los cuentos de hadas, se la pasa pegada a la televisión y le gusta dejar las cosas para el último. Sueña con un día cobrar por sus escritos..

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   música, neurofisiología, neurotransmisores, memoria, emociones, Aitana Lago

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