Mis muertos

por Aitana Lago

 

Tengo una colección de muertitos a los que cada año recuerdo con una ofrenda que tiene más fotos que hojaldras o veladoras, sí, mis muertos son varios y muy queridos, y fuera de ser una costumbre prehispánica o católica – que es algo que me tiene sin cuidado – cada año pongo una ofrenda, que en realidad es muy pequeña y solo contiene lo más esencial para mis muertos: cerveza, tequila, coca cola, dulce de leche, mole, y lo de siempre: agua, flores, veladoras, hojaldras, y alguna otra cosa que se ocurra.

 

La cuestión es que la idea de que tus muertos te visiten cada año es linda ¿no?, tal vez rara o de miedo para los demás países, yo siempre lo he visto como algo normal, porque es parte de mi cultura, pero hace unos años una amiga uruguaya me preguntaba de qué trataba el asunto y cuando le conté que son varios días en los que los muertos – dependiendo de la forma en que murieron – vienen a visitarnos, que en muchas partes del país la gente va a los panteones a pasar un rato con sus muertos y del significado de la ofrenda, se quedó muy sorprendida, pero a la vez deseosa de poder vivirlo e imaginar que su padre la visita el 2 de noviembre.

 

A los ojos de los extranjeros, la relación de los mexicanos con la muerte es sorprendente, y aunque ahora dicen que el día de muertos es tradición católica española – lo leí en internet –, no tengo conocimiento de ningún pueblo de España que ponga una ofrenda, haga hojaldras, y escriban calaveritas, vaya ni siquiera los pueblos celtas del norte, lo que sí celebran los españoles es Todos Santos, que sí es onda de hacer misa, ir al panteón y dejar flores a los muertitos, pero no vienen a comerse la ofrenda y convivir con los vivos; por cierto, que el Halloween sí que viene de los Celtas, de su fiesta de Samhain, que al pasar a Estados Unidos se convirtió en la celebración que todos conocemos.

 

En México la celebración tiene un toque distinto porque fue resultado de la mezcla entre las costumbres católicas españolas y las tradiciones prehispánicas y a eso quería llegar, a la forma en que vemos la muerte y por qué. Para los mexicas o aztecas la vida y la muerte eran partes de la misma moneda, eran procesos complementarios y necesarios para el equilibrio del universo, la muerte entonces era una necesidad de renovación del mundo y dependiendo de la forma en que morían iban a distintos lugares, así como los vikingos que morían en combate llegaban al Valhalla, los aztecas guerreros y las mujeres muertas en el parto iban al Tonatiuhichan –Casa del sol–, quienes morían ahogados o tocados por un rayo iban al Tlalocan –Casa de Tláloc–, y finalmente los que no morían por ninguna de las circunstancias mencionadas iban al Mictlán acompañados por un xoloescuincle. Así una vez terminada la vida, los muertos seguían existiendo en cualquiera de estos lugares.

 

En cuanto a los mayas – que son otra de las grandes culturas que existieron en la época prehispánica en México – la muerte era concebida como una extensión de la vida, y aunque el cuerpo físico moría, el corazón sagrado – el alma– seguía vivo y llegaba al Xibalbá, el inframundo de los mayas, un lugar donde el corazón sagrado era limpiado de toda trasgresión e historia personal y era insertado en un elemento o individuo diferente, es decir, reencarnaban. Ellos también tenían lugares especiales para los muertos, el cielo para los guerreros y las mujeres fallecidas en el parto, el paraíso terrenal y la ceiba. Así que para las culturas prehispánicas asentadas en lo que ahora es México, la muerte solamente es una continuidad de la vida, una parte del ciclo, y tal vez por eso el mexicano ve con irreverencia a la muerte.

 

Regresando a mis muertitos yo no solo estoy en contacto con ellos los primeros días de noviembre, me dirán loca – y sí algo hay de eso – pero yo hablo con ellos, aunque no me contesten. Los veo en sueños y ahí a veces conversamos, pero más que en sueños hablo con ellos cuando necesito consuelo. Les cuento de lo que está pasando, les pido protección o a veces solamente comparto mis logros o mis fracasos, mis alegrías y mis tristezas.

 

Me dirán hereje, atea o pagana, pero no soy de las que le pido a un ser supremo, ese señor y yo tenemos asuntos pendientes, por eso en mis momentos de desesperación o de tristeza profunda, acudo a mis muertos, les pido que me echen la mano y la verdad es que no me han defraudado. Ya sé que no es probable que hagan algo en mi favor, pero es la misma ilusión de rezarle a un dios o repetir un mantra, te reconforta pensar que hay algo más allá del plano físico que te puede entender, ayudar y consolar.

 

Así que yo amo a mis muertos, estoy en paz con ellos y les hablo de vez en cuando, los traigo conmigo y los recuerdo siempre.

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Aitana Lago

Psicóloga -de esas que están más dañadas que los pacientes- experimentadora de la vida, cuentera, soñadora y solitaria eterna. Regala vivencias de amor, sexo y venganza para una vida feliz.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   día de muertos, todos santos, halloween, México

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