Mi Reunión Ideal

FUENTE:  Pinterest                                 

Por YAO ARROYO

Mayo 29 2018

Recuerdo las reuniones que teníamos en casa cuando era niña. Las había de dos tipos, fiestas de cumpleaños o reuniones de primos y amigos en el verano, por eso de que en aquél entonces las vacaciones eran largas, largas y los niños nos inventábamos mil cosas en qué entretenernos porque claro, no había Facebook, ni Twitter, ni Instagram, ni celulares, ni Xbox ni nada de eso. 

Los cumpleaños por supuesto eran la fiesta de las fiestas, había de todo, comida, juegos, aguinaldos, piñata, primos, amigos y mucho mucho ruido. Mis papás se encargaban de que cada cumpleaños fuera especial, con una gran mesa adornada, platos y vasos de fiesta, chaparritas de sabores (que eran nuestro delirio de entonces) pambazos, volovanes, sanwiches y desde luego un gran pastel decorado para soplar las velitas. 

A la mitad de la reunión salíamos siempre a jugar con amigos y primos al patio de la casa o a la calle, jugábamos a las escondidas, al bote pateado, quemados, stop, policías y ladrones, y cuanto juego se nos ocurría, niños corriendo y gritando por todos lados, era muy alegre y divertido. Andábamos también en bici, si era fiesta de cumpleaños mi hermano ponía globos amarrados a los rayos de las llantas para que al rodar hicieran un escándalo como de motos y anunciaran por toda la vecindad que andábamos festejando.

También había juegos dentro de la casa, mis tías siempre los organizaban, la gallinita ciega, las sillas, cocktail de frutas, ponerle la cola al burro y otros muchos que se inventaban. Después venía el esperado momento de apagar las velitas y partir el pastel, todos cantábamos las mañanitas y luego hacíamos cola par recibir nuestra rebanada de pastel. Cuando ya habíamos devorado hasta la última migaja del plato, salíamos otra vez a la calle a seguir jugando. Todo era alegría y disfrute muy sano, nada de conversaciones intensas o absurdas, nada de pleitos ni discusiones necias, no había diferencias ni confrontaciones, se trataba de festejar, todo era jugar y divertirse. 

Durante el verano pasaba igual, mis primos iban a la casa a jugar, teníamos mucho tiempo para inventarnos juegos y crear historias, mi hermana mayor era siempre la de las ocurrencias, nos organizaba para la búsqueda del tesoro, un juego que nos encantaba, fabricaba pistas que luego colocaba por toda la casa, escondidas en algún rincón, nosotros teníamos que buscarlas y resolver los acertijos uno por uno hasta dar con el tesoro. También nos gustaba jugar a los espías, y como siempre era mi hermana mayor la que se encargaba de elaborar lo necesario para este juego, tenía un libro de juegos de espías de donde copiaba los disfraces que se necesitaban y los instrumentos de espionaje. Todo en ese tiempo lo fabricábamos nosotros mismos, por eso teníamos que ser muy creativos y muy ocurrentes, para el juego de los espías por ejemplo, escribíamos mensajes secretos con jugo de limón sobre una hoja, luego le pasábamos un cerillo por debajo y el mensaje escrito con esa "tinta invisible" aparecía como por arte de magia.

La calle en esa época era una extensión del patio de nuestra casa, mi hermano, que fue siempre el atrevido, la usaba como pista de acrobacia y por las tardes veraniegas se ponía a hacer piruetas con la bici mientras nosotros hacíamos de su público emocionado.  Otras veces la hacíamos de exploradores de la selva y nos íbamos a los campos cercanos a buscar charcos para atrapar ajoletes que metíamos con todo y agua puerca en grandes frascos. Eran veranos esplendorosos, llenos de historias y anécdotas que luego contábamos a los amigos al volver a la escuela.

Ya entrada la adolescencia la diversión no cambió mucho, hacíamos reuniones donde había botanas, jarras y jarras de agua de sabores, jugábamos juegos de mesa como el mundial o el turista, el plato, presidente, limón, todos reunidos en círculo, poniéndonos sobrenombres para algunos juegos y castigos para otros, eran castigos divertidos, nada de maldades ni dobles intenciones, jugábamos hasta ya muy entrada la noche, cuando nos aburríamos nos poníamos a contar historias de terror o de risa. Eran reuniones hermosas también, como las de la infancia, donde la diversión fluía de manera espontánea, convivíamos de forma simple, con cariño y alegría para celebrar la vida. 

Hoy que soy un adulto recuerdo con mucha añoranza esas reuniones. Eran tiempos muy distintos a los de ahora. En las reuniones a las que voy ahora se sirven cosas raras, frituras y botanas procesadas, o bocadillos que alguien mandó a hacer en algún restaurante, se beben licores y cocteles, refrescos en lata o agua mineralizada, se fuma y se habla, generalmente mal y de alguien que no está presente, se abordan temas ásperos y desagradables, en donde lo que se pretende siempre es tener la razón, o demostrar que uno sabe más que el otro, o que uno es más inteligente y preparado que los demás. Eso en el mejor de los casos, por que en otros la charla gira invariablemente hacia quién tiene más dinero o más estatus social. 

 

No quiero decir que no tengo amigos, desde luego los tengo y los aprecio muchísimo, pero desafortunadamente no he podido encontrar en mis círculos de amistades actuales empatías en mis gustos y valores como las que tenía con mis amigos de la infancia y la adolescencia.

 

Por eso sueño todo el tiempo con una reunión como las de antes, una reunión ideal.  Mi reunión ideal tendría lugar en un lugar cálido, un hogar para amistades gratas, en donde esté presente la gente que quiero y con la que me siento bien, todas esas personas con las que me identifico.  Prepararía botanas ricas hechas en casa, jarras de agua de sabores como las de mi infancia, un delicioso pastel de nata.  Jugaríamos juegos de mesa como los que yo jugaba en mi adolescencia y platicaríamos de cosas gratas, de temas que nos nutran el alma y que nos alegren la vida. En mi reunión ideal tendríamos esas pláticas como las que teníamos en la adolescencia, charlas sanas, divertidas, ocurrentes, esas pláticas donde nos reíamos mucho y nos sincerábamos, contábamos a los primos y a los amigos cómo soñábamos nuestro futuro, de qué manera íbamos a cambiar el mundo, todas las causas por las que lucharíamos y los sueños que perseguiríamos.  El corazón de esas reuniones era estar felices, soñar la vida, divertirnos, pasar un momento juntos y convivir, momentos gratos llenos de alegría, de buenos deseos y abrazos que confortaban el espíritu y nos hacían sentir que la vida era una celebración continua.

 

 

 

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