Mi prima loca

FUENTE:  Pinterest / Malcom T. Liepke                           

Por Samantha FLA

JULIO 09 2018

Tengo una prima que está reloca, y no lo digo en sentido figurado. Ella es una auténtica deschavetada. Desde que era niña recuerdo tener algunas conversaciones raras con ella, me gustaba su forma de vestir, sus enormes aretes, su cabello largo, pero para mí era una total extraterrestre.

Después, durante mi adolescencia, me acerqué mucho a ella porque compartimos algo de locura, y porque somos vecinas. La conocí más a fondo y fui entendiendo esas conversaciones tan raras que teníamos cuando yo era niña y ella una universitaria.

 

Recuerdo perfectamente cuando, después de un viaje que hizo por Europa, me regaló una moneda de Dinamarca, que yo atesoré y usé como colguijo en la secundaria (la tengo guardada, es simbólica porque cuando me la dio me dijo que yo algún día iba a viajar y conocer otras culturas).

 

A veces, o más bien siempre, se le va la onda y no sabe de qué estamos hablando o se le olvida lo que ya dijo, o revuelve nombres e historias, pero me escucha y me acompaña cuando lo necesito. En ocasiones, durante los momentos que no son favorables para ella por alguna crisis, trato de acompañarla, de escucharla y, por supuesto, de regañarla porque a mí me gusta mucho regañar a la gente.

 

Una vez, hace ya mucho tiempo, decidimos entrar a clases de baile, habíamos elegido salsa, pero terminamos bailando tango, me divertía mucho verla discutir con el instructor; ella, siempre feminista, no dejaba que él la llevara, “¡¿por qué el hombre siempre tiene que guiar a la mujer?!”, esa era la queja constante, yo me hacía la que no me daba cuenta y seguía bailando con el alemán de 1.90 que me tocaba de pareja.

 

Después, un día decidimos irnos a la playa, creo que fue el momento en que nos conocimos verdaderamente: ella con sus locuras y distracciones, yo con mis neurosis y enojos, las dos tratando de convivir en paz. ¡Y lo logramos! Sobrevivimos 7 días solas ella, la playa y yo (¡qué hazaña!).

 

Somos polos opuestos. Ella, siempre enamoradiza y admiradora del sexo opuesto; yo, incrédula del amor y casi siempre en contra de los hombres. No entiendo cómo puede seguir teniendo fe en el amor y ella no puede entender cómo yo prefiero evitarme la fatiga; aun así, con lo distintas que somos, podemos pasar horas hablando y riendo, planeando la vida, soñando y bailando.

 

Esa prima loca que tengo, con todo y sus intentos de chantaje (que no le funcionan), sus altibajos y sus rarezas, con sus épocas de codependencia y sus abandonos, me ha escuchado en los momentos más complicados, sin juzgar, sin recriminar, solamente tratando de entenderme, por eso mi prima loca tiene un lugar especial en mi vida, ahí donde solo algunos locos han podido entrar.

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