Mi Padre

FUENTE:  Pinterest                                

Por Eréndira Svetlana

JUNIO 13 2018

Mi padre ha sido siempre maestro, durante muchos años ha ejercido esa mágica profesión del que da forma a la mente con el conjuro de la enseñanza y la posibilidad infinita de la palabra.  A lo largo de una vida entera ha llevado hasta sus últimas consecuencias la generosidad de ese oficio, el del magisterio, dentro y fuera de las puertas de nuestra casa. Fuera de ella se hizo del valor irreverente de su ideología para cruzar un océano de pobreza y lanzarse a la aventura de educar una comunidad entera en el extremo más abandonado de nuestra patria. Pasó muchos años ahí, compartiendo con esos compatriotas el pan y la resequedad de aquella tierra árida. Mientras lo hacía, se dio el tiempo además de sembrar sueños en nuestras mentes y hacernos crecer aquí, en nuestra ciudad y nuestra casa, a kilómetros de distancia de donde trabajaba.

Se iba de lunes a viernes, volvía invariablemente los fines de semana. Nosotros le esperábamos con ansia infantil, con la devoción confesionaria que se le tiene siempre a quien nos está engendrando en el amor incondicional la identidad y el alma. Aunque mi padre no cree en tales cosas como el alma, no ha creído nunca, no ha querido saber ni ahora ni antes de dioses, de espíritus, de entes indefinidos y subjetivos. Su única realidad fue siempre la fuerza de su pensamiento y la congruencia de sus acciones y sus palabras.

 

Con la seguridad de un profeta y la elocuencia de un nato contador de historias nos hizo creer siempre en sus convicciones revolucionarias y compartir con él una fe ciega en los apotegmas de la ciencia. Porque mi padre era para nosotros entre muchas otras alegrías de la niñez justamente eso, un incomparable contador de historias, más allá del pedagogo materialista con el que quienes lo conocen lo identifican. Para el mundo ha sido siempre una autoridad académica, un hombre de ideas y de irrenunciables posturas políticas, pero en el transcurrir íntimo de nuestra infancia y nuestra familia mi padre fue siempre un maravilloso contador de historias.  

Llegaba a nuestra casa los viernes por la tarde, traía consigo cuando volvía una alegría diáfana, un tono cristalino en la voz con que nos hablaba. Con la elocuencia y la claridad de sus palabras nos transportaba a cada rincón del universo imaginario en el que nos hizo vivir a todos sus hijos durante la infancia. Nos sentaba en la mesa de la cocina en torno suyo y ahí, atónitos y extasiados, escuchábamos cada una de sus historias, la intensidad y la osadía de las vidas de cada personaje ficticio que su portentosa mente creativa inventó para alimentar nuestra imaginación en la infancia.

 

Venía cada fin de semana probablemente de una realidad convulsa y angustiante que siempre nos fue ajena, pero al llegar a casa tejía con ese mismo material historias conmovedoras o delirantes que nos revelaban la faceta más generosa y benévola del alma humana. Sufría, tal vez, sin que nadie lo supiera y nada en su rostro sereno lo hiciera evidente, carencias impronunciables en aquél pueblo polvoso, angustias que solo su conciencia conocía, pero de ese sufrimiento ignoto y esos avatares infames por llevar el pan a nuestra mesa, a nosotros sólo nos llegaba el hálito de la tragedia convertida en emotiva trama ficticia.

Hablaba durante horas, poblaba nuestra imaginación desbordada con los personajes más peculiares y estrambóticos que pudieran existir en cualquier universo ficticio. La noche nos alcanzaba despiertos y a veces incluso la madrugada, nuestros oídos no se saciaban nunca de sus palabras porque llenábamos con su voz poderosa el deseo perenne de su amor y su presencia cercana. Mi padre reconocía en nuestros ruegos y nuestra intransigencia infantil esa voracidad por llenarnos de él a través de sus historias, y por ello consintió siempre en cumplir hasta la última de nuestras exigencias pueriles por extender el relato de las vidas de aquellos personajes inverosímiles hasta altas horas de la madrugada. 

Tenía un millón de historias para contar y en ellas hacía vivir a los protagonistas intrépidas aventuras y numerosas experiencias extremas, nuestro corazón pendía con emoción contenida de cada una de sus palabras, al final la catarsis siempre llegaba, con un final sorprendente o la promesa candente de algún futuro capítulo.  

Conocimos la vida a través de sus palabras, cada una de las emociones humanas, porque la dicha infinita y el éxtasis que provoca vivirla ocurría ahí en sus historias, y ocurría también la tristeza y la tragedia que la engendra, la paz de la conciencia que da una vida honrada y los tormentos del alma que la maldad  trae invariablemente consigo. En los matices cambiantes de esa voz prodigiosa con que mi padre nos relataba la vida cada viernes, habitaban todas las tonalidades de las inquietudes humanas, y era en la sonoridad aterciopelada de sus palabras donde se libraban batallas por remontar el miedo y por conquistar el orgullo. 

Nunca supimos de su cansancio extremo, de los pasajes cruentos de las historias reales que le tocaba vivir en aquél pueblo donde trabajaba durante la semana, no supimos del talante verdadero de la enfermedad ni de la pena. Tampoco nos habló nunca de sus carencias, su rostro frente a nosotros siempre fue luminoso, y su sonrisa limpia y espléndida. Con la elocuencia de su oratoria y la luz cósmica de sus relatos nos hizo vivir siempre en una historia distinta a la de su realidad cotidiana. El trajín de la semana y sus angustias por sobrevivirla podía ser brutal, pero al final siempre llegaba el viernes con sus historias, un bálsamo para curar la desesperanza. 

Llorábamos cada fin de semana con  sus relatos, el corazón se nos estrujaba entero y apenas nos cabía en un puño,  aun así  no había poder humano que nos arrancara de ese sitio de ensueño de donde emergían cada viernes suaves y veloces sus palabras  para recrearnos el mundo; porque en su voz crecía el sueño de la vida,  y sus modulaciones tersas dibujaban en nuestra memoria los tonos incandescentes de la felicidad y la consistencia áspera de la desdicha. Era sólo a través de esa voz que podíamos atrevernos a tocar sin miedo las espinas de la pena, a permitirnos que sus crestas afiladas nos desgarraran ficticiamente la tranquilidad onírica de la infancia; por que sabíamos que él estaba ahí, que eran sólo los vocablos los que se encendían, los que ardían y después se apagaban, que cuando todo terminara el sonido gutural de la ternura que nos anunciaba que era viernes volvería a prender el mundo con el poder mágico de sus sílabas interminables, y nos anunciaría que la felicidad podía ser eterna, que no se acababa, que seguía ahí, durante  la noche, cuando nos arropaba bajo las sábanas y nos contaba otra historia, que seguiría en los sueños durante la madrugada, cuando volvíamos a imaginar la dicha de los colores de la vida ficticia que nos recreaba, seguiría al otro día y después el siguiente viernes, porque él estaba ahí para nosotros siempre, sonoro y poderoso, haciendo retumbar el mundo cuando nombraba la tristeza y cuando su voz sujetaba en el aire el estrépito de la dicha.   Estaría ahí siempre, estaría su voz estentórea en el recuerdo dibujando con sus matices los rincones sencillos de la vida donde estaba escondida la alegría. Estaría inmenso y omnipotente para acunarnos en sus brazos cuando los látigos de esa pena que sólo conocíamos a través de sus historias quisieran alcanzarnos. Estaría él y estaría su voz para guardarnos de la maldad y el dolor de ese mundo más allá del muro que el amor infinito de sus vocablos alzaba a nuestro alrededor.

 Cuando los años pasaron nos seguimos sujetando de ese recuerdo, volvimos a escuchar la voz de mi padre en la memoria dictando durante la infancia la delicada índole de las  aristas que dan soporte al alma humana. Y ahí en el pequeño  nido de la mente donde siguen durmiendo imperturbables nuestros sueños niños, permanece el colorido cósmico de sus historias y  el delirio febril de sus palabras diáfanas, sigue escondido y quieto nuestro miedo innombrable a su muerte y la dicha indescriptible de la suerte de tenerle, la que conjuramos cada noche cuando la luz se apaga,  la suerte de sus palabras, la suerte inconmensurable de su voz y su amor alargando eternamente el delicado sueño de la infancia.

En Los Calzones de Guadalupe

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