Mi amor de los 25

FUENTE: Getty Images

Por XÓCHITL NIEZHDANOVA

     Hace poco recibí a través de Messenger un breve mensaje de "Mr. X" a quien conocí a los 25 años, y quien fue uno de mis primeros amores, no el más intenso, pero si el más ingenuo. Por una extraña razón, a mis cuarenta años, y después de una vida tumultuosa, sus palabras escritas en el celular, precisas pero contundentes, provocaron en mí una insospechada emoción. A lo largo de los últimos quince años me había topado con toda clase de prototipos masculinos, y no siempre esos encuentros resultaron afortunados, pero me habían dejado a su paso una experiencia digna de tomar en cuenta a la hora de analizar un nuevo prospecto. Hacía tiempo que había dejado arrumbado en el baúl de los recuerdos el amor romántico, ese que te hace creer en la fidelidad y en el "fueron felices para siempre". No es que me hubiera vuelto una cínica, ni mucho menos, pero los amores con flores y largos recorridos por el parque nunca fueron lo mío. Sin embargo, en esta ocasión, la ternura y la puerilidad de Mr. X me tomaron completamente por sorpresa.


   Hacía tiempo que había dejado arrumbado en el baúl de los recuerdos el amor romántico, ese que te hace creer en la fidelidad y en el "fueron felices para siempre"


     Durante un excitante mes de correspondencia por internet, Mr.X se dedicó a enamorarme, con todo el protocolo de la versión más clásica del amor romántico. No faltaron las canciones de José José con dedicatoria, y las canciones americanas de los 80's. Como ya ninguno de los dos es un jovenzuelo inexperto y azorado frente al primer amor, tampoco faltaron las sutiles insinuaciones, ni las no tan sutiles propuestas indecorosas. Mi añejo galán ya no era aquel joven mozo que iniciaba su vida profesional, y que estaba dispuesto a hacer gala de su mejor gimnasia sexual por ganar uno de mis suspiros (a decir verdad la famosa gimnasia solo se quedó en intento, y ni siquiera fue necesario el coitus interruptus, o cualquier otro medio de prevención contra el embarazo). Yo no me tomé a pecho el asunto cuando me dedicó una canción del príncipe, titulada "quiero amarte de los pies a la cabeza", ni mucho menos enrojecí avergonzada cuando me explicó que eso era justo lo que había imaginado hacer conmigo en nuestro primer  reencuentro. Pero como a toda mujer común y corriente, lo que me conmovió hasta la médula fueron sus confesiones acerca de que yo era el amor de su vida, y que a pesar de su esposa y sus tres hijos, nunca me había olvidado. No le creí, pero me regodee con sus declaraciones, como una niña con un enorme paletón de chocolate.


Yo no me tomé a pecho el asunto cuando me dedicó una canción del príncipe titulada "quiero amarte de los pies a la cabeza"


     Sus intentos por convencerme de un encuentro, se prolongaron por 3 semanas. Yo objetaba sus deseos con el pretexto racional de que era un hombre casado, pero él no se daba por vencido, y entre verdades a medias y bromas subidas de tono creía, entusiasmado, cada vez más cercana su victoria. En la cuarta semana de nuestro intercambio virtual, me atreví a preguntarle si se divorciaría por mí. Se apuró a contestar que lo había considerado, pero que su responsabilidad paterna dejaba fuera toda posibilidad de llevarlo a cabo. Le sugerí que en lugar del ambicionado encuentro nos limitáramos a expresar nuestro sincero amor exclusivamente por Messenger para no profanar la castidad de su matrimonio (y de paso mi integridad física). En esa ocasión nos despedimos con reiteradas muestras de amor eterno y el deseo de continuar nuestro romance, vía internet. Después de ese día nunca más volvió a escribir.


Objetaba sus deseos con el pretexto racional de que era un hombre casado, pero él no se daba por vencido


     A los cuarenta años de edad, todas las utopías han cumplido su fecha de caducidad, la realidad se nos presenta con su ineludible crudeza que no da lugar a los deseos inocentes. El amor es un compromiso alimentado por la convivencia y una cotidianidad sin adornos. Al parecer Mr. X cambió su armadura de noble caballero andante, por el más terrestre rol de padre abnegado y cónyuge obediente y resignado. Su Dulcinea fue un sueño que le quedó grande, e intercambió la ensoñación de un romance de cuento, por las exigencias mundanas del proveedor; más cómodas y confiables después de todo. ¿Quién estaría dispuesto en estos tiempos a abandonar la certeza de un hogar aburrido por el incierto amor de su primera juventud? Pero como he dicho, los años no lograron hacer de mí una cínica que esconde su creatividad y su espíritu aventurero entre los pliegues del status quo, y tal vez Mr. X, mi anodino amor de juventud, se aposentó en la aburrida zona de confort de una trágica pero conocida rutina, no obstante, yo aún espero por mi caballero de reluciente armadura, mi guerrero de las mil batallas, quien me llevará a recorrer el mundo librándome de molestos horarios e inquietantes domingos familiares. No a todos nos va la calma del hogar encendido y la mesa recién dispuesta, al tiempo que en la esquina de una vieja pared descascarada caen, de forma interminable, las hojas de un eterno y absurdo calendario.

 

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