Crónica Tercera:

Me Sentí libre

 Plaza Independencia. Palacio Salvo. Mausoleo de Artigas. Montevideo. Foto: Samantha FLA

Por SAMANTHA FLA

No es un secreto, disfruto mucho de la soledad y de los silencios, me gusta sentirme autosuficiente y desde niña aprendí a resolverme sola (o al menos eso creo), nunca me ha gustado depender de nadie, ni esperar ayuda, es un poco cuestión de ser necia y neurótica.

Como ya lo he comentado en mis crónicas anteriores (si no las han leído, ¡léanlas!: La maleta morada y Necesito subtítulos), estuve de viaje en un país hermano, que se encuentra a casi ocho mil kilómetros de México: Uruguay, país sudamericano pequeñito que se asoma al Atlántico, con unos 3 millones y medio de habitantes, pero lleno de tradiciones y cultura, de gente tranquila y amiga.

Montevideo, la capital de Uruguay, es una ciudad de extensión modesta pero que concentra al mayor número de habitantes en el país (casi dos millones), es uno de mis lugares favoritos, porque tiene esa efervescencia cultural de una capital, pero con un ritmo de vida tranquilo, agradable, cálido y húmedo (por eso del Río de la Plata). Estuve ahí, por primera vez, ocho años atrás y esa vez tuve un guía turístico maravilloso que me llevó a conocer todos los lugares representativos de la ciudad: Plaza Independencia, la Ciudad Vieja, el Puerto, la 18 de julio, el Teatro Solís, el Mercado del Puerto, el parque Rodó, la Rambla, el histórico Centenario, el Teatro de Verano, boliches y hasta la famosa Trastienda.

Me enamoré de nuevo del Palacio Salvo, de la Puerta de la Ciudadela y la Sarandí.

Esta vez fue un viaje un poco más independiente, estuve alojada en Ciudad de la Costa, a unos 40 o 50 minutos de Montevideo y muy cerca del aeropuerto de Carrasco, aprendí entonces a moverme de una ciudad a otra y a llegar, en parte por el mapa, en parte por mis recuerdos y en parte por mi buen GPS integrado, a cualquier lugar que me proponía. Regresé a la Plaza Independencia, el corazón de Montevideo y donde está el Mausoleo de Artigas, me enamoré de nuevo del Palacio Salvo, un edificio de 27 pisos de estilo ecléctico; crucé muchas veces la Puerta de la Ciudadela y recorrí de arriba para abajo la Sarandí, una calle peatonal llena galerías de arte, edificios de distintos estilos arquitectónicos, librerías, cafés y tiendas.

Uno de esos días, en los que estaba por la Ciudad Vieja, tenía toda la intención de hacer la Guía Benedetti, recorridos en los que se visitan los lugares que frecuentaba o a los que hizo referencia el poeta uruguayo, así que partí de la Plaza Independencia, pasé por la Sarandí, bajé al Teatro Solís y el mapa no coincidía (decía Palacio Salvo), como conozco de antemano la ciudad sabía que algo andaba mal, pero continué el recorrido y seguía sin coincidir lo que visitaba y lo que decía la guía, así que con el calor que hacía, el sol de verano, y mi poca paciencia, decidí llegar a la rambla y al puerto sin andar con mapas en la mano (sólo después descubrí que seguí el recorrido 2 y veía los lugares del 1, por eso no coincidían).

Me sentí libre porque no necesito a nadie para disfrutar de un viaje…

El hecho es que recorrer Montevideo es un ejercicio de relajación para los que vivimos un poco aprisa, un poco en alerta y un poco inseguros. Me sentí libre porque podía caminar sola y sin miedo; me sentí libre porque confirmé que no necesito a nadie a mi lado para disfrutar de un viaje, de una comida, de un paseo por la Rambla; me sentí libre porque me fue muy sencillo ir y venir sin temor a equivocarme de camino; me sentí libre porque podría establecer una conversación con cualquiera sin prejuicios.

Me sentí libre porque siempre me ha gustado estar conmigo, conocerme, descubrir mis límites y tratar de romperlos.

Peatonal Sarandí. Montevideo. Foto: Samantha FLA

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