Marita

FUENTE:  Pinterest                                

Por MARIANA TRISTÁN

Mayo 29 2018

Las diez de la noche, y la jornada para Elena apenas comienza. El día ha estado nublado desde muy temprano y la llovizna que empapa las calles desde el amanecer aún se percibe bajo la luz de los postes que alumbran la única calle visible a través de los cristales mojados en la sala de urgencias.

        Antes de hacer la primera visita de la noche, Elena asoma la nariz por una pequeña rendija de la ventila para sentir ese aire fresco con olor a tierra mojada que se respira afuera. Los días lluviosos siempre le gustaron, por la ligereza de ese aire limpio que sólo en esta época del año puede respirarse.

     Aquí adentro, ahogada en la densidad de esta atmósfera soporífera, olorosa a una indescifrable mezcla de desinfectantes, fármacos y transpiraciones incontables de enfermos y moribundos que vuelve irrespirable el aire estancado en los pasillos de los hospitales, ese aire limpio de allá afuera le parece una necesidad insustituible.

 

-Parece que la noche será larga- piensa para sí tomando fuerzas antes de abrir la puerta del pequeño consultorio para atender la primera consulta de la jornada. Detrás de la modesta cortina que separa el estrecho cubículo en dos áreas, Elena encuentra tendido sobre la mesa de exploración el discreto bulto de lo que parece un ser humano, agazapado bajo un reboso negro y viejo. Al levantar la orilla del rebozo descubre la diminuta figura femenina que yace bajo el lienzo húmedo, una mujer morena de unos cuarenta kilos y no más de un metro cincuenta de estatura, pálida y ojerosa, encogida sobre sí misma, tratando de contener un dolor tan insoportable como silencioso que parece apoderarse de su pequeño cuerpo desfalleciente por episodios cada vez más intensos.

 

-¿Cómo te llamas mujer?-

 

El gesto de la mujer se esfuerza por soltar el rictus de dolor que consume al límite la fuerza de sus mandíbulas contraídas y afila sus pómulos morenos haciendo resaltar la brillantez de una mirada oscura como la noche.

 

-Me llamo María Benavides, pero me dicen Marita- dice esforzando una sonrisa en un acto desesperado por disimular su dolor.

 

-¿Porqué has venido Marita?-

 

-Es que me duele doctorcita, me duele desde ayer aquí adentro, que hasta parece que me están enterrando puñaladas. Y ya en la tarde me arreciaron las punzadas. Por eso me vine luego al hospital, con todo y que estaba lloviendo duro-

 

-¿Estás embarazada?

 

-Pos estaba, pero ya iban a ser nueve criaturas con ésta, por eso me fui con La Concha, la partera de mi pueblo, pa’que me malograra a m’hijo. Pero de eso ya tiene cuatro días-

 

-¿Cuántos años tienes?- pregunta Elena descubriendo el vientre abultado y duro como una tabla de aquella mujer que aunque diminuta, pareciera por la expresión de su rostro cercana a los cincuenta.

 

-Treinta y cinco- dice Marita jadeando antes de volver a dejarse vencer por un dolor que ahora supera ya todas sus fuerzas.

 

 

II

       

Camino al quirófano, Elena sujeta la mano de Marita tratando de descifrar en su pulso endeble lo que le depara una intervención de emergencia. Marita está febril y aún sigue encogida sobre la camilla, pero levanta la mirada al sentir los dedos fríos de Elena y antes de perderse en la inconciencia le dice:

 

-Nomás guárdeme viva, que me están esperando mis ocho criaturitas-.

 

Después cierra los ojos para hundirse en la placidez del dolor de los que se saben perdidos, mientras Elena se apresura a ponerse gorra y cubrebocas, siguiendo a tropezones al ginecólogo de turno que le da órdenes apresuradas.

        Ahí parada, frente al cuerpo anestesiado de Marita que el doctor Camacho ha abierto en dos movimientos  mecánicos y exactos de su bisturí, Elena siente que el corazón le quiere salir del pecho a tumbos cuando el tufo asfixiante de las entrañas de Marita inunda la sala de cirugía, y un líquido espeso y purulento salta a presión desde lo más profundo de su vientre salpicando las batas quirúrgicas del doctor, de Elena, e incluso de la enfermera que instrumenta. Elena sostiene con fuerza un separador tratando de hacer lo más amplio posible el espacio en el que el doctor maniobra para realizar la extirpación del útero, pero siente que su cabeza la abandona y da vueltas tratando de razonar cómo puede podrirse alguien por dentro de esa despiadada manera. El doctor Camacho explica que el útero de Marita fue perforado durante al legrado que le practicara la partera y ello le produjo sepsis generalizada.

 

 

III

       

Son las dos de la madrugada. Elena permanece sentada junto a la cama de Marita en Terapia intensiva. Los ojos de Marita están cerrados, pero es lo único en su rostro que Elena puede ver porque el resto lo cubren numerosos tubos a los que Marita está conectada para respirar y poder sobrevivir a la cirugía. Elena está cansada y aturdida, pero no se despega de la silla junto a su paciente y su mano aún sostiene la de Marita en su necio empeño por adivinar a través de un endeble pulso una señal del destino.

 

-Aguanta Marita, aguanta otro poco- le dice hablándole bajito en un intento iluso por sostener su ánimo. Pero es inúltil,  la voluntad de Marita ya sólo puede ser traducida por un monitor que marca con frialdad los vaivenes de su corazón exhausto.

 

Vencida por el cansancio que pesa sobre sus párpados, piensa por un instante en los hijos de Marita, durmiendo en un petate sucio en una choza de adobe de un pueblo perdido de las afueras de la ciudad, y se pregunta si su desesperación por mantener vivo ese delgadísimo hilo de esperanza del que pende Marita se debe a la angustia que le producen esos pequeños a los que no conoce y en nombre de los cuales la moribunda le pidió antes de condenarse a su propio dolor.

 

 

IV

       

A las cuatro de la madrugada, Elena levanta la mirada asustada por la alarma del monitor que con una línea horizontal imperturbable anuncia por fin que Marita cedió a los designios de su destino, y aunque Elena trata de desmentir al monitor presionando la muñeca de Marita hasta casi sentir a través de ella las yemas de sus propios dedos en el afán de encontrar un pulso aún palpitante, la textura fría y pegajosa de la piel de Marita ubica a Elena en la exacta dimensión de la cordura que se requiere para reconocer que alguien ha muerto.

 

Sólo entonces Elena deja escapar la única lágrima pendiente de sus pestañas que mantenía el control de todas las demás, un llanto incontenible empieza a brotar desde lo más profundo de su impotencia hasta inundar su garganta de sollozos parecidos a los de una niña. Elena llora, llora por la muerte de Marita, llora hasta el cansancio por la muerte de tantas mujeres que en ese mismo momento están muriendo por la misma causa sin llegar siquiera a un hospital, llora por las que se murieron ayer, por las que se van a morir mañana, ignoradas, desconocidas por todos, por ellas mismas. Llora por la muerte absurda, la muerte caprichosa, la muerte impredecible y voluntariosa, la muerte que no la llamó a ella en una madrugada parecida a ésta, mucho tiempo atrás, en una clínica de mala muerte escondida en las calles más desoladas de la ciudad, cuando yacía recostada como Marita ahora, sobre una camilla de recuperación, después de que un cirujano con facha de carnicero le practicara un legrado con éxito a ella, Elena, diez años antes de cumplir la edad con la que ahora moría Marita.

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