Maratón y Baricco

FUENTE: Pixabay

Por ERÉNDIRA SVETLANA

Voy corriendo sobre la arcilla desgastada y parduzca del parque ecológico, esquivando a los caminantes matutinos. Son decenas ¿habrá centenas de ellos? Caminan o trotan, algunos corren, se disputan los carriles y otros más se esparcen a sus anchas en grupos como si la pista les perteneciera. Hay que hacer cabriolas, juntar los codos,  hacerse chiquito, pasar entre ellos acelerando el paso para no estorbarles.

 

Hace quince años nada de esto había. Mi esposo y yo llevábamos a nuestros hijos a jugar a la pelota o a andar en triciclo. Yo me iba de mezclilla, los veía jugar y rodar las lomitas del parque mientras mi esposo, brutalmente atlético a toda hora, corría y corría en la soledad absoluta de una pista de arcilla roja encendida, apenas recorrida por unos cuantos locos en calzoncillos. Hace quince, dieciocho años.

 

Hoy voy corriendo entre una multitud sedienta y ansiosa de ejercicio. Es cierto, ahora la religión es el deporte, aunque sea fingido, la cultura del "deporteísmo".

 

Pasados los primeros tres kilómetros miro el cronómetro, calculo mis tiempos, acelero el paso, reconozco mi pulso, es el comienzo, mentalizo los nueve kilómetros que aún me faltan por recorrer. El deporteísmo.

 

Me duele una rodilla, la derecha, tengo un desgarre muscular en el muslo izquierdo, resultado de la última sesión de velocidad, aunque es imperceptible, me hace claudicar. Por dentro el dolor es intenso pero ya no lo siento, después de algunos años de entrenar el cuerpo, el dolor es un intruso generosamente ignorado.

 

Mi meta no está en el kilómetro doce. ¿Estará en el kilómetro 42 el próximo noviembre que corra el maratón? No importa, cuando voy corriendo eso no importa, no existe ninguna meta, también el comienzo se borra, y a veces con suerte, también el tiempo. Ya no hay tiempo, ni marcas, ni principio, ni fin. Ya no hay yo, no hay Eréndira. Solo una nada exquisita que lentamente, kilómetro a kilómetro se va adueñando de la mente, de ese cúmulo de palabras que la asedian en torbellino, de sus cálculos infinitos y sus ideas aferradas, delirantes, obstinadas, y todas en caravana las va despidiendo, una a una.

 

A todo lo largo del camino, de su distancia eterna, van quedando regadas, aquí y allá, como una procesión de fantasmas quejumbrosos doblados de dolor, tirados en el camino, rogando y suplicando "llévame, no me dejes". Allá van, una tras otra saliendo de mi cabeza y de mi cuerpo como un exorcismo, una idea tras otra, detrás un torrente encolerizado de palabras.

 

En mi mente va quedando solo la nada. Diáfana, exquisita, como la seda de Baricco, como sentirla entre los dedos. Su suavidad etérea, su densidad inexistente, inaudita. Nada en mi mente, una ventana al sintiempo, con suerte.

 

 

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