Malas madres

 

 

                                                                         

por Mariana Tristán

veces quisiera confesar que soy una mala madre, que lo he sido siempre, desde el primer instante, a veces quisiera desahogarme, dejar por un momento esta carga gigantesca de la culpa que llevo eternamente sobre la espalda, es verdad, soy un monstruo, soy una mala madre, y estoy cansada, estoy exhausta, el trabajo de ser madre me extenúa, la culpa me llena de angustia y me deja completamente vacía. Quisiera gritarlo por todo lo alto, sacar de mi pecho este sentimiento, esta inquietud perenne que me consume. He tratado de hacer mi mejor esfuerzo, pero lo único que he logrado es comprobar que soy muy humana, que no puedo cumplir con los mínimos estándares, mucho menos los que yo imponía a mi propia madre cuando, siendo joven, la juzgaba con la severidad de la ignorancia. No llego ni a la milésima parte de su maestría para lidiar con mi infancia, con la rebeldía de mi adolescencia y la soberbia de mi juventud obsecada. Yo soy un desastre como madre, me canso pronto, me desespero, no tengo disciplina para la maternidad ni constancia para la crianza, es cierto, aunque el cien por ciento del tiempo trate de aparentar lo contrario, aunque me esmere con tesón para encarnar la imagen de la sacrosanta madre, siempre atenta y servicial, abnegada como una virgen piadosa en su altar. No he logrado ser nada de eso, y esa es la verdad.

 

Cuando mis hijos eran niños me sentía permanentemente ansiosa y quería salir huyendo de la casa, les gritaba a veces, les exigía cosas imposibles para su corta edad, dejaba que atisbaran la miseria de mi humanidad, mi cansancio eterno, mi irritabilidad. Cuando fueron adolescentes lancé con desesperación todo mi miedo sobre su confusión, pretendí que sabía lo que hacía, y les hice creer que debían respetar mi autoridad porque la respaldaba la experiencia y el conocimiento de la moral, pero estaba tan perdida como ellos, y tenía mucho más miedo, porque ya sabía lo que se sentía tener esa edad.

 

Ahora que se han convertido en hombres jóvenes, me siento un millón de veces mas culpable, porque me han superado en todos los frentes, especialmente en el de tener idea de qué es lo incorrecto, ya no puedo engañarlos con discursos, ya no puedo ocultarles con pretensiones mi verdadera naturaleza, la mediocridad de mi humanidad, los límites de mi verdad personal, ya tienen elementos para hacer un juicio por sí mismos, y su generosidad para juzgarme me desarma, su amor solidario a pesar de mi monstruosidad me deja avergonzada y multiplica sin piedad mi culpa. 

De pronto me veo reflejada en ellos, y eso me asusta, veo todos mis errores de madre convertidos en sus miedos y sus inseguridades, todos mis excesos convertidos en carencias de su personalidad, todas mis faltas vueltas posibles causas de infelicidad. También veo mis propios rasgos del carácter en sus peronalidades, herencias determinantes e inocultables que han definido el rumbo de sus vidas, es entonces cuando siento más culpa, cuando quisiera que la genética me dejara de lado y algún tipo de magia microscópica los liberara de mi legado biológico. 

Tengo miedo de ser la responsable de la forma en que se van acomodando sus destinos, tengo miedo de ser su madre, la sombra de ser y haber sido con ellos un horror de madre me persigue despierta y también en sueños. La culpa me corroe el alma y pone en mis días un desasosiego que no tiene término. Ahora sé que lo hice a ciegas, que no sabía en lo que me metía, no tenía idea del tamaño de la responsabilidad, de la extensión inconmensurable de la culpa, ser madre es la prueba más dura que he debido atravesar en la vida. 

Dicen que no hay madres perfectas, dicen que ser madre es equivalente a sentir culpa, el niño nace, sale de tu vientre e inmediatamente su lugar ahí lo empieza a ocupar ese sentimiento de ser siempre e irremediablemente la responsable de lo que le suceda en la vida. 

Ya no quiero tener esta sensación agobiante, ya no puedo cargar con esta enorme roca sobre la espalda cuyo peso no hace sino aumentar con cada año que transcurre en las vidas de mis hijos. Ya no quiero sentir en mi propia carne cada uno de sus fracasos y la hondura de todas sus penas. Quiero que alguien detenga el transcurrir de la vida y me dé un pequeño respiro, la ilusión aunque sea instantánea de que puedo volver a sentir calma.

 

Pero no puedo, y nadie es culpable de ello, tengo el amor por mis hijos arraigado en el centro del cuerpo, tengo sus emociones más profundas amarradas a las mías, sus alegrías apuntalando la coherencia de mis días, sus logros pequeños y grandes reconectándome diariamente con el deseo por la vida. Y no hay ya nada en el mundo que pueda hacerme sentir más dicha que sus sonrisas. 

 

Hay secretos que nadie divulga, hay verdades que nadie confiesa nunca, una de ellas es esta naturaleza contradictoria de la felicidad y la culpa que implica el hecho de ser madre, esta dualidad que te asfixia y te hace sentir a la vez plena. Ninguna historia de vida nos prepara para enfrentarla, y una vez que hemos concebido a un hijo, no hay nada en el mundo que te prevenga de padecerla, hay que cruzar a nado esta distancia pantanosa, hay que intentar pasar esta prueba, con toda la tenacidad posible, con toda la fuerza de voluntad de que estés dotada, y aunque las posibilidades de salir triunfante estén siempre en tu contra, tienes que seguir nadando, cargando esa enorme piedra de la culpa sobre tu espalda, seguir aunque no te sea posible ver qué te espera al otro lado, seguir nadando aunque tu esfuerzo parezca pequeño y cada día la voz de tu conciencia te diga al oído que es insuficiente, que hagas lo que hagas seguirás siendo por los siglos de los siglos, mientras dure tu existencia, una Mala Madre.

 

 

 

 

 

 

 

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   secundaria, adolescentes, recuerdos, Mariana Tristán

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