Mala sangre

 

 

                                                                         

por Ariel Rodríguez

Cuando caí del bote, la tormenta había empezado a taladrar la superficie revuelta del lago. Arriba el cielo se había cerrado plúmbeo sobre nuestras cabezas, como las puertas implacables del averno, la fuerza contundente del agua cayendo a nuestro alrededor llenaba cada resquicio del aire con el estrépito de su furia.

 

Antes habíamos remado, con todas nuestras fuerzas, hincando los remos sobre la superficie pétrea del lago, avistando en lontananza la tormenta dirigiéndose hacia nosotros, con la puntualidad de una daga, Daniela y yo habíamos remado para alcanzar la otra orilla. Era inútil, la barca estaba hecha de madera podrida, verdosa y despintada por incontables viajes hechos durante años, sus tablones crujían desesperados y se resquebrajaban bajo la inclemencia del agua.

 

Todavía en el muelle, antes de abordar la barca, quise decírselo a Daniela, mientras daba un paso largo y enérgico sobre los tablones crujientes y tambaleantes. Miré el cielo hundiéndose en una negrura incipiente. Quise decirle que no subiéramos, quise advertirle,  presentía algo terrible en el ambiente, yo no quería subir.

 

No pude decirle nada. La inercia y el silencio de siempre me hicieron seguirle. Seguirle sin objetar, como lo había hecho desde que la conocía, como sabía que debía actuar para no contrariarla, para no perderla. El miedo ante su desaprobación y su desprecio siempre estaba al acecho. 

 

La tormenta se desató justo a mitad del camino, directa y brutal, sin preámbulo. Desde mi extremo de la barca le grité a Daniela que no se alterara, que no dejara de remar. Pero ya no me podía escuchar, el agua caía estrepitosamente sobre la barca que ya se empezaba a inundar, no se podía oír nada más allá del escándalo que producía el agua al azotar las superficies.

 

Yo tampoco le escuchaba, Daniela gritaba angustiada sujetándose con las manos de los bordes de la barca, los extremos se elevaban y descendían sacudiéndonos como a muñecos de trapo, pero yo no le oía.

 

Lo último que pude ver antes de que la furia del agua hiciera volcar la barca y yo cayera de espaldas a las espesas aguas del lago, fue el rostro aterrorizado de Daniela, sus labios moviéndose desesperadamente en lo que debió ser un grito sonoro, desgarrador y profundo, su rostro contraído en un espasmo, los músculos saltando sobre la piel pálida, la mirada horrorizada clavada en mis ojos, culpándome en el último instante, llorando y llevándose las manos a la cara, como una niña sucumbiendo ante la desgracia.

 

Su rostro se grabó en mis retinas, sus ojos llenos de horror señalando mi culpa, y fue entonces cuando el estrépito de la tormenta se apagó de súbito y yo descendí abruptamente a la profundidad del agua. Ya no se escuchaba nada, solo un zumbido subacuático, sentí el peso de las corrientes bajo el lago, su  fuerza implacable abatiéndose sobre mi cuerpo, por dentro y por fuera, inundándome, precipitándome hacia el fondo como una gigantesca mano sobre el rostro que me impedía remontar la profundidad, negándome la superficie, el aire para respirar, una mano de plomo hundiéndome en la negrura del lago, en su oscuridad…

 

 

La falta de aire me saca abruptamente del sueño. Instintivamente me incorporo a medias y manoteo al vacío tratando de apartar lo que me impide respirar. Son las sábanas revueltas y el peso de una almohada sobre mi cara.  Cuando al fin las aparto, respiro la primera bocanada con desesperación, como si acabara de regresar de otro mundo, de una pequeña muerte al otro lado del sueño, al otro lado de un abismo.

 

Estoy sentado al centro de la cama revuelta, el corazón dentro del pecho me late agitado a tumbos, respiro profundamente tratando de recuperar la calma. Ha sido una almohada lo que casi me ahoga, su peso compacto sobre la cara, sobre la nariz y la boca, estaba soñando y la inconsciencia me ha dejado vulnerable y desarmado, yo mismo he debido llevar la almohada hasta mi cara en los vaivenes del sueño.

 

Lentamente recupero la serenidad y el aliento, las frecuencias rítmicas y acompasadas del cuerpo. El corazón y los pulmones vuelven a su paso reposado y su cadencia me va devolviendo poco a poco a la realidad.  La bruma del sueño se va disipando y regreso tambaleante a la conciencia de la realidad.  Estoy en tierra firme, no he muerto. 

La luz blanquecina de una mañana de verano se abate sobre las ventanas con su desolación, trae consigo una brisa ligera que inunda la habitación, su aire gris y deshabitado se instala entre las paredes, sobre la cama desvencijada, frente al espejo enmarcado en madera vieja, se aposenta cínica sobre el cuero desgastado del único sillón frente a la ventana.  Deben ser más de las diez de la mañana. No sé qué día es hoy.

 

Un frío sórdido se mete entre las sábanas de lino deslavadas como una corriente subterránea. Con los ojos abiertos como si los párpados sobre ellos jamás hubiesen existido, mi mirada recorre la habitación. No hay nadie. Cierro los ojos, Con las palmas de ambas manos hechas puño presiono mis párpados con fuerza, , hundo los dos puños sobre los ojos hasta despertar en ellos un dolor agudo y penetrante que me taladra el cerebro hasta su base. No quiero volver a mirar nunca.

 

Fuera de mí el mundo se vacía. No hay ruidos, todo parece muerto. La puerta está abierta, el silencio penetra a sus anchas adueñándose de cada pedazo de la habitación, se esparce sobre el piso desnudo de loza moteada, trepa por encima de la cama, se eleva en el aire y se condensa con el frío. Después se precipita desde la altura sobre los objetos y los cuerpos con una densidad casi sonora. Antes de volver a abrir los ojos y mirar, lo siento. Su espesura se impregna en los oídos, sobre la piel y los poros. Es un silencio que se puede tocar.

 

Uno a uno, los pedazos de memoria que componen la noción de mi vida vuelven a su lugar. Tengo treinta y cinco años, estoy casado desde hace seis, no tengo hijos, hace siete meses renuncié a mi trabajo. Hoy debe ser miércoles, Daniela no está, me dejó hace un mes. Cuando se fue dejó sobre la cama una nota escrita a lápiz, decía que sentía que se ahogaba en nuestra casa, que nuestra vida la sobrepasaba y ella se hundía más cada día. Se fue mientras yo había salido a buscar trabajo. Siempre supe que tenía mala sangre. No volvió a darme la cara. 

 De un solo impulso me incorporo. Mis pies descalzos tocan la superficie helada de la loza moteada. El piso bajo mis plantas se siente como un bloque de hielo y la sensación al ponerme de pie se parece a una descarga eléctrica, me va recorriendo todo el cuerpo, la piel se me eriza y el corazón me late con una prisa que hace muchos meses no sentía. Como un relámpago que ha caído en el lugar preciso, la descarga me despierta por completo. El sol del medio día está en su punto más alto. Tengo que seguir con mi vida.

 

 

 

 

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   sueño, separación, historias, verano,

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