Los locos atraen locos

 

 

                                                                         

por Luna Portuondo

Conozco al hombre que va a ser mi esposo cuando vuelvo de la capital. He vuelto arrastrada por la locura, por el horror de la realidad de una herencia oculta. Mi nuevo lugar de trabajo está en el sur extremo de la ciudad,  en aquel tiempo todavía remoto y deshabitado.

 

Por las mañanas llego hasta ahí conduciendo por caminos de terracería y lodazales interminables. Ese extremo de la ciudad es todavía una utopía en ese tiempo, un proyecto urbano que nunca llegará a concluirse, un bastión de lodo y posibilidades múltiples que muchos años después se convertirá en un suburbio pobre y monstruoso, eternamente sucio y sobrepoblado. En esos años es solo una llanura de barro que en los veranos torrenciales de esta ciudad cobra los tintes de un pantano brumoso, una gigantesca charca desolada donde proliferan enormes sapos verdosos. Durante las noches los escuchamos, croan en la oscuridad exterior, todos al mismo tiempo, como un concierto silvestre surgido de la maleza y las aguas podridas que rodean el edificio. 

El tiempo es largo durante esas noches, el tedio se apodera de los cubículos y los pasillos, todos nos atrincheramos frente a las máquinas en las enormes salas de trabajo.  Las horas son anodinas y los días se vuelven espesos, el lento transcurrir de los segundos se hace eterno. 

 

El que va a ser mi esposo está ahí, una de esas noches de eternidades en el trabajo. Es un martes, o un jueves, ya no lo recuerdo, es una noche brillante y estrellada de un año remoto, todo es nuevo y todo es viejo a la vez en el recuerdo, empolvado a veces, a veces iluminado. Pero esa noche es una noche estrellada.

 

Cada noche escapo al exterior del edificio para mirar la noche ciega de los pantanos del sur desolado, la noche ahogada del concierto de los sapos. Observo el cielo, sus puntos brillantes, las caudas estelares arremolinándose en el fondo negro, es un negro iluminado y distante, como un lienzo de seda extendido sobre la superficie remota del universo, bordado de estrellas palpitantes. Se escucha la inmensidad del espacio condensándose a la distancia, en alguna parte, hacia los extremos sordos de la noche. Su sonido se junta en una sola estridencia con el croar escandaloso de los sapos. No hay nada, no hay nadie, es el extremo deshabitado del universo, el de mi juventud lejana. Vengo hasta este punto cada noche para escuchar el palpitar del universo, su latido estridente perdiéndose en la distancia.  

 

Mi esposo es joven en esa imagen del recuerdo, su figura es enorme e imponente, su voz es grave y sonora, tiene una voz que intimida. Lo veo ya como un hombre. No hay muchos hombres en ese ambiente salvaje de pretensiones y rivalidades que es la vida adulta, solo hay pequeños ratones de agudos chillidos, enfundados en trajes y corbatas, solo hay zorros y perros rabiosos que clavan sus colmillos afilados en los cuellos enclenques de los pequeños corderos.

 

El que va a convertirse en mi esposo es un hombre, uno de los pocos que encuentro. Es también un niño, pequeño e ingenuo, amedrentado, eso lo sabré después. Me gusta que sea un hombre, me gusta su voz grave, como el eco dentro de un subterráneo, como si hablara desde la entraña de un secreto. Las compañeras de trabajo hablan de él en los baños y los vestidores, las asistentes también, todas imaginan que él les susurra al oído palabras dulces con su voz de ecos cavernarios. 

 

Mi esposo es un hombre y es un niño. Nadie ahí sabe de sus temores, de sus abismos, nadie sabe de su locura, la locura de su infancia, tampoco yo en ese entonces, mi esposo es como un niño pequeño todavía, un niño que ha sido azotado con un látigo, tiene heridas hondas en los brazos y en la cara, transparentes y mudas, sus heridas todavía sangran, escurren sobre el cuerpo, inundan los recuerdos, llenan pozos y le desbordan los años, cada uno de los años que cuenta en ese tiempo.

 

El que va a convertirse en mi esposo es un hombre y es también un niño, pero está loco, como yo, como los de mi estirpe. Nos reconocemos, nos distinguimos entre las multitudes, la locura inconfesable que nos habita hace un guiño desde la angustia. Desde ahí grita y brama, se anuncia desbocada.

 

En la negrura de la noche infinita, la de la estridencia intemporal del croar de los sapos, la de mis años jóvenes y remotos, él y yo nos encontramos, gritamos a la distancia, nos desbordamos en un aullido de auxilio. La noche es total, su negrura infinita. La hondura de ese pantano, el pantano que nos habita, se va a espesar a partir de esa noche, se va a volver más asfixiante, más densa e insoportable, nos va a tragar a partir de entonces y ninguno de los dos lo sabe.

 

Es ahí donde la historia de nuestra demencia común inicia. Nos encontramos, nos reconocemos, como en un espejo, las monstruosidades mutuas.

 

Estamos locos los dos  y estamos a punto de lanzarnos al abismo, pero lo ignoramos en ese tiempo.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   locura, amor, relato

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