Libroadicciones​

FUENTE: Pinterest

Por ERÉNDIRA SVETLANA     

Mayo 15 2018

Yo me drogo con lecturas, me narcotizo con dosis altas de letras. Cuando el sueño insufrible de la realidad me arrincona, me anestesio con el polvo blanco de las historias.

  A lo largo de los años este hábito de la lectura se ha vuelto un boleto abierto para huir de la locura. Unos de una forma, otros de otra, todos al fin y al cabo buscamos desesperados la salida de emergencia a mitad del espectáculo sin sentido del acontecer del planeta.   Drogándome con libros y viviendo durante horas las historias ficticias de otros es como yo escapo.

 

Compro libros con voracidad y angustia.  Cuando estoy en una librería siento  miedo y desesperación.  Desesperación por no poder llevarme suficientes títulos, miedo porque no sé si los que llevo son los adecuados, si sus historias tendrán en sus páginas la dosis necesaria de irrealidad que me narcotice  en tiempo y profundidad suficientes, porque  al pagar la cuenta no sé si he dejado en los estantes de la librería  algún título potente que se me escape.

 

Hay días en que la angustia es más grande, hay días en que el presente estrecha tanto sus paredes  asfixiantes  que es difícil escabullirse por la rendija subrepticia de las páginas escritas.  Cuando esos días llegan es difícil hallar el libro correcto, la mezcla necesaria de palabras y sentencias que me arranque de las garras del ahora.  Es entonces cuando paso más tiempo leyendo,  cuando los síntomas de la adicción empeoran.

 

Pueden pasar semanas enteras de horas perdidas que se eternizan en la esterilidad de la lectura plana, buscando sin sentido entre los párrafos de los libros la frase que finalmente me sacuda, que me prenda de tal manera que la realidad otra vez se me escurra.  Nadie quiere que esos días lleguen, excepto quizá los “dealers” de los libros, porque cuando entro en esos transes de locura puedo llegar a comprar hasta 7 u 8 títulos diarios.  Nadie quiere que esas necesidades se hagan tan evidentes, pero la verdad es que esos días de los que hablo llegan inevitablemente y sus necesidades ya no saben dónde esconderse.  Cuando esos días de adicción extrema me alcanzan leo sin descanso, un libro tras otro, sin hacer pausa siquiera entre dos historias. Devoro las palabras párrafo tras párrafo, a veces sin dar tiempo a que las frases aterricen.

 

Leo todo el día, leo durante la noche, leo frenéticamente.  El teléfono suena con obscenidad cada cinco minutos pero no le hago caso. Los libros me tienen drogada. No puedo hacer otra cosa mas que consumir página tras página. Cuando las he quemado todas en mis neuronas, corro nuevamente a la librería. Echo a la bolsa a Herbert, a Nothomb, a Fadanelli, a Serna. Un dealer de la Gandhi se me acerca cauteloso con el último libro de Murakami entre las manos, tiene la mirada siniestra y me entrega con discreción su consabida tarjeta. Antes de que me escabulla entre los estantes hacia la caja, el dealer me susurra entre dientes que Bukowsky está de oferta. Huyo de ahí con urgencia, tengo miedo de que sin percatarme Bolaño y Baricco acaben de nuevo en mi biblioteca, de que se me enreden en las ideas y sus historias intensas me intoxiquen durante días.

Ya fuera de la librería juro que esta vez sí es la última, voy a inhalar cada página de esta compra hasta la última letra porque me juro a mí misma que ahora sí no habrá otra.

 

 

En Los Calzones de Guadalupe

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