Legados

 

 

                                                                         

por Adrián Rodríguez

El miedo, como la locura, circulan en mi sangre con la contundencia que dan las herencias arraigadas. Mi madre ha bregado con el miedo desde su remota niñez, mucho antes tal vez de obtener plena conciencia de su identidad.

 

Diría que la personalidad de ella se erige y estructura sobre el eje absoluto del miedo como sostén y directriz. Supongo que, en su familia, el miedo vuelto instinto y gesto, agente precursor y andamio, estuvo presente como rasgo predominante de los genes.

 

No hablo de cobardía, no estoy refiriéndome a la ausencia de valor, de eso ha habido de sobra en la historia familiar, más frecuentemente asociado con euforia y falta de prudencia, con actos impulsivos y desbocados, aunque también muchas veces relacionados con la moral y el concepto de honor.

 

Estoy hablando del miedo en su acepción más visceral y pura, en su forma más instintiva. Esta noción no está al alcance de cualquiera, solo las conciencias más sensibles son capaces de percibirla.

 

Mi madre tiene un conocimiento profundo del miedo, una conciencia extensa sobre sus formas, sus oscuridades, sus tentáculos insalvables.  Le conoce de cerca, le ha sentido inundando la atmósfera, llenando los espacios y trepando por los sentidos, le ha tenido, como yo, zumbando en los oídos y creciendo como una bestia desproporcionada en medio de la oscuridad.

 

A esta bestia monstruosa e irrefrenable le conocemos muy bien en nuestra familia,  le hemos tenido de frente, le hemos visto a los ojos, hemos caído muchas veces al abismo negro que hay dentro de ellos.

 

Sé que ha sido así, lo sé porque solo quienes se han perdido en esa negrura son capaces de trasmitir esta herencia a su progenie, solo ellos tienen el conocimiento preciso para sembrar en alguien más esta semilla, la posibilidad de engendrar dentro de sí la hondura de este vacío, su oscuridad, su estremecimiento.

 

Frente a mi madre me convierto en un espejo, veo en sus ojos el miedo y la espesura de su bruma, veo el abismo, puedo sentir su frío y su desasosiego, es hondo, infinito, lo abarca todo cuando aparece y se adueña del espacio, inunda los sentidos, corre en la sangre y estalla en el pecho.

 

He aprendido a través del miedo de mi madre a tocar el fondo del mío propio, a vivir en función de su desahucio, a sentir con la entraña el peligro a cada paso de cualquier camino.

 

Voy por la vida siendo el títere de este sentimiento, su reflejo, me confundo con él, nos volvemos uno mismo, un solo ente que habita el desespero, que bebe y se alimenta del miedo.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   miedo, temores, herencias

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