por Amanda Rangel

En ocasiones nuestros deseos se reducen a las necesidades más ingentes y básicas.  Podría pensarse que la felicidad se encuentra en las alturas, lejos de nuestro alcance.  La verdad es que el ser humano es inadecuado por naturaleza y por lo tanto se ve a menudo presa de sus pasiones que tienen como fundamento El Deseo. Es este deseo consustancial a nosotros el que nos envuelve en el torbellino de las pasiones.  El temor, la esperanza, los celos y la envidia, ambición, compasión y humildad son algunos de los afectos que hacen presa de nuestro ser sin que la inteligencia ni la razón puedan hacer algo al respecto. No obstante, existen pasiones tristes y alegres que nos conducen por distintos senderos en el arte de aprender a vivir. Nuestro raciocinio se manifiesta a través de un intenso deseo cuyos efectos en el mundo son las pasiones fuertes e intensas. 

Las pasiones tristes como la tristeza misma, el odio, el dolor, la desesperación, la envidia y los celos entre otros, disminuyen nuestra “potencia” para perseverar en el ser, es decir, para unirnos al flujo de la vida. En cambio pasiones alegres como el Amor, el placer, la esperanza  incrementan nuestra capacidad para desplegar la fuerza de la razón, y avanzar en el mar de las relaciones sociales buscando siempre lo que es mejor para nosotros mismo. No hablo de una ética que circunscribe nuestros sentimientos y el impulso en forma de deseo que nos conduce por los insospechados derroteros de la existencia. La vida es una y podemos aprender a vivirla con base en pasiones alegres que nos perfeccionen como individuos, o con base en las pasiones tristes que merman nuestra potencia y capacidad para la felicidad. 

Quien no se ha sentido arrastrado por el cúmulo de pasiones tristes que nublan nuestra forma de vida y nos hacen albergar sentimientos de odio hacia otros seres humanos, y hacia nosotros mismos. Podemos caer en el menosprecio de otros y de nosotros mismos envolviéndonos de tal modo por estas pasiones que llegamos a concebir nuestros propios deseos como vergonzosos o culposos, a los ojos de los demás. La culpa es el lodazal de los deseos, dice Spinoza. 

Podemos llegar a la abyección en nuestros actos y pensamientos de nosotros mismos, pero ¿Cómo no sentirnos abyectos en una cultura en la que se forjan modelos ideales y sobrehumanos que nos hacen sentir impotentes y ver nuestras limitaciones como negatividad. Todos buscamos ser adecuados. Pero en este afán corremos el peligro de enajenar nuestra vida y ponerla al servicio de los promotores de las pasiones tristes, como la iglesia y la política. Aceptamos la servidumbre al aceptar las restricciones impuestas por la promesa religiosa de trascendencia, y el no menos llamativo deseo de poder en nuestra sociedad contemporánea. Aceptamos las normas de una fuerza engañosa que nos orilla a la piedad, la conmiseración, la culpa y otras tantas “pasiones tristes”.  

A diferencia de lo anterior, el hombre que es conducido por la razón no obedece a nadie sino a sí mismo, y sólo realiza lo que es primordial en la vida y causa de su deseo racional. Si la razón se convierte en nuestra esencia, si se convierte en una potencia actuante de nuestro propio ser podemos llegar a combatir las políticas engañosas con las que pretenden disminuir nuestro poder personal, y hundirnos en un mar de confusiones respecto del mal y el bien. 

No hay pasiones “malas”, simplemente como seres sociales estamos expuestos a afectar y ser afectados por otros de muy diversas maneras. A veces pensamos que tenemos la elección de controlar nuestras pasiones tristes y fortalecer las alegres, pero el sentimiento que nos arrastra muchas veces nos conduce a hacer lo peor, cuando sabemos y vemos con claridad lo que es mejor. Lo que es una verdad es que no podemos anteponer al deseo humano esencial el juicio de la razón ni una valoración moral de nuestra conducta. A veces vacilamos entre nuestro deseo y nuestros afectos y tomamos por útil lo que termina por causarnos un daño. Las pasiones suelen confrontar a los seres humanos entre sí. Lo necesario es conocer a fondo la naturaleza de las cosas, la realidad misma, para adquirir la sabiduría que nos permita conducirnos con prudencia ante el embate de nuestras pasiones. 

El esclavo y siervo de sus pasiones es un individuo inconstante, tironeado hacia múltiples sentidos y guiado por temores y esperanzas, voluble y oscilante en sus sentimientos de amor y odio, que canjea su sentimiento de libertad por el mandato de tiranos y sacerdotes que intentan imponerle una forma restrictiva de ser, en aras de la moral judeocristiana y la promesa de trascendencia. Pero al mismo tiempo nuestra fuerza personal surge de nuestros propios poderes pasionales, de la fuerza de nuestro deseo que nos hace elegir lo que es útil para alcanzar una mayor perfección. 

Podemos estar sumergidos en el mar de nuestras pasiones incontrolables, pero el deseo de un buen destino nos puede conducir a la tranquila orilla que deseamos. Nos corresponde hacer del deseo algo social en el que confluyan los intereses de todos. Insistir en la “deseabilidad” de lo social. Cuando surge un deseo común y generalizado, el Sujeto Social, superior a los individuos que lo conforman, perseguirá lo mejor para la sociedad a la que representa. Seguirán existiendo las pasiones que nos trasladarán de un sitio a otro de la vida, pero el bien común nos alineará en un solo propósito mejor para la especie humana. Los celos, la envidia, la ambición, entre muchas otras, pueden ser contenidas por una actitud prudente ante los fenómenos sociales e individuales. 

Ese deseo que a veces hierve incontenible debajo de nuestra piel y nos lanza a las conductas más irracionales y dramáticas, puede convertirse en el mismo poder que nos hace potenciar nuestra personalidad y alcanzar dimensiones insospechadas de comunión y felicidad. 

Las Pasiones

 

 

                                                                         

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   pasiones, placer, pecado, humanos

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