Las Mamás de los Millennials

FUENTE: Getty Images

Por ERÉNDIRA SVETLANA

Si pudiera definir el trasfondo de esta película que es mi vida, diría que la mayor parte del tiempo está hecho de angustia, ansiedad, estrés y una preocupación permanente (que no sé cuándo empezó, pero siempre está ahí como una nube que me persigue) por el bienestar y la seguridad de mis hijos.  Sí, tengo dos hijos, ambos son millennials, y por más que he intentado ser muchas otras cosas además de ser su madre, la verdad es que mis horas y mis días están definidos por lo que ellos hacen y por lo que yo hago para que ellos sean lo que quieren ser. Soy una mamá de millennials. No puedo negar que esa es mi esencia.

 

Yo no tenía conciencia de que ser la mamá de un millennial era todo un modelo de vida, ni de que nuestro comportamiento y características de crianza ya han sido analizadas y definidas. Pero claro, estamos en el siglo XXI, y todo lo que se nos ocurra ya ha sido estadísticamente analizado y concienzudamente definido.

 

Me enteré, viendo un video de YouTube, de que las mamás de los millennials criaban a sus hijos de forma muy característica. En el video, un joven de unos 28 años, conductor de un programa de entrevistas, dialogaba con una psicoterapeuta afamada, especialista en relaciones interpersonales:

 

-Todos ustedes millennials, criados por madres solitarias y ansiosas, han pasado la vida sentados a la mesa de la cocina siendo interrogados por sus madres sobre todas y cada una de sus emociones. Eso los ha vuelto tremendamente vulnerables y emocionales.

 

Eso es lo que decía la psicoterapeuta en la parte más desgarradora de su discurso. Y digo desgarradora porque al escucharla me sentí terriblemente aludida. Recordé todas esas tardes pasadas con mis hijos sentados a la mesa de la cocina, haciendo tareas odiosas e interminables, salpicadas por preguntas incisivas y largas conversaciones sobre cómo se sentían. No sólo hablaba con ellos a la hora de las tareas, hablábamos camino a la escuela, regresando de ella, de camino al futbol, a la clase de piano, a la natación, al inglés, al francés, al alemán, y hasta a la furtiva clase de yoga y meditación que algún día me inventé que debían aprender a como diera lugar. Hablábamos de todo, hablábamos siempre, con cualquier pretexto, ante la mínima provocación. O tal vez deba decir que era yo la que hablaba con ellos siempre, aprovechando cualquier ocasión. Porque no quería dejar que ningún detalle de su crecimiento se me escapara, no quería que nada quedara al aire o sin explicación. Quería estar muy cerca de ellos, no sólo físicamente sino también emocionalmente. Mi intención más determinada era, desde luego, que nunca se sintieran solos, que supieran que siempre me tendrían cerca para apoyarles.

 

Según la psicoterapeuta de aquel video de YouTube, las madres de los millennials somos todas así. Vivimos preocupadas permanentemente por la educación de nuestros hijos, por su seguridad, por su estabilidad emocional y por sus logros. La preocupación que nos invade desde el momento en el que nacieron, raya en la ansiedad patológica y la compulsión psiquiátrica. Vivimos en el estrés eterno de volverlos hombres y mujeres de éxito, seguros de sí mismos, autosuficientes material y emocionalmente. Hacemos de todo para empoderarlos y protegerlos. Tomamos hasta dos y tres trabajos para pagarles escuelas privadas, clases extracurriculares, viajes al extranjero desde muy temprana edad, intercambios escolares, las mejores universidades. Todo, lo que sea necesario, cualquier cosa para asegurar, en la medida de nuestras posibilidades, que su futuro será mejor que el nuestro, que tendrán más y mejores oportunidades. No sólo eso, también queremos asegurarnos de que no sientan nunca dolores como los nuestros, que no tengan traumas en sus relaciones amistosas o románticas, que no resulten heridos en ningún momento. En fin, queremos estar seguras de que nuestros hijos no sufran jamás daño alguno en su autoestima.

 

Los que saben de esto, como esa psicoterapeuta, dicen que las madres de los millennials somos así porque somos la primera generación de mujeres conscientes del impacto que tiene sobre los hijos el modelo de crianza de sus madres. Dicen también que somos una generación de mujeres que lo quieren todo porque han visto que cualquier cosa es posible, y piensan por ello que no hay límites para el desarrollo de sus hijos. Pero lo más importante es que las mamás de los millennials pertenecemos a la primera generación que se enfrenta de forma masiva al desencuentro de la pareja, a la realidad innegable de que hombres y mujeres ya no se entienden, ni dentro ni fuera del matrimonio.

 

Somos, la gran mayoría, mujeres que han criado a sus hijos en soledad. Ya sea casadas, divorciadas o solteras, las madres de los millennials hemos formado a nuestros hijos solas, haciendo uso de nuestro propio criterio, de los alcances de nuestra imaginación o los límites de nuestros prejuicios. Ya no creemos en la institución familiar, ya no creemos en el consenso de la pareja ni en la autoridad paterna, tan respetada en otras generaciones. Nuestro único credo es la educación, el potencial que tiene una formación universitaria para lanzar al infinito una autoestima bien cuidada. Nuestra única arma es la palabra, hablar y hablar, hasta que todo quede claro y se entienda, hablar para que se despeje el alma. Porque no queremos que nuestros hijos se sientan solos como nos sentimos nosotras, no queremos que pasen por el horror del abandono y el desamparo por el que todas hemos pasado, no queremos ni por un segundo que sepan lo que es la decepción en cualquiera de sus formas.

 

En ese intento patológico por procurarles el éxito y evitarles a toda costa el dolor, hemos formado hijos millennials con características muy especiales. A los millennials se les ha definido como hombres y mujeres confiados y seguros de sí mismos, colaboradores, orientados al trabajo en equipo y a los logros, pragmáticos y desinhibidos. También se les cataloga como ególatras, sensibles y emocionalmente vulnerables.  

 

No sé qué sea cierto y qué no de todo eso. Sólo sé que mi día empieza sintiendo una ansiedad inmensa por todo lo que no he logrado con mis hijos y acaba muy entrada la noche con un estrés inhumano por su seguridad física. Soy una mamá de millennials y hace mucho tiempo que acepté que mi vida será siempre así. No hay nada que discutir. Ese es mi destino y esa es mi esencia.

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