Las formas en que amamos

 

 

                                                                         

por Delia Millán

 

La forma en que nos relacionamos con nuestra pareja no está determinada por el azar, ni por la alineación de los planetas, no es algo que podamos descifrar a través de nuestro horóscopo o que nos puedan ayudar a entender los astros.

 

Aunque a veces nos parezca que hay algo de predestinación en la forma en que amamos al otro, en realidad, la manera en que nos vinculamos con el ser amado reproduce casi con exactitud el tipo de apego que desarrollamos con nuestro primer vínculo afectivo en la vida.

 

¿Qué quiere decir esto? Los seres humanos estamos programados biológicamente para desarrollar vínculos afectivos que nos ayuden a sobrevivir. El primer vínculo que formamos en la vida es con la persona encargada de cuidarnos durante la primera infancia. Éste primer vínculo se conoce como apego, y la forma en que lo desarrollamos dependerá de la actitud que nuestro cuidador tenga hacia nosotros durante esta primera etapa de formación de nuestra psique.

 

A esto se le conoce como  “Teoría del apego”, y establece que el vínculo afectivo y conductual que desarrolla el niño con sus padres o cuidadores en la primera infancia determina su desarrollo cerebral y emocional.

 

La teoría del apego fue desarrollada inicialmente por el psiquiatra y psicoanalista Jonh Bowlby en los años 60s y 70s del siglo pasado, pero no fue hasta finales de los años ochenta cuando los psicólogos Cindy Hazan y Phillip Shaver concluyeron que las relaciones amorosas de la edad adulta reproducen las relaciones de apego que se vivieron en la infancia.

 

Los psicoanalistas han definido cuatro tipos de apego que, de manera general, describen las diferentes formas en que nos comportamos con las personas con quienes nos relacionamos afectivamente, estos son:

Seguro.  Nuestro tipo de apego será seguro cuando la figura cuidadora durante la infancia se preocupe sinceramente por nosotros, cuando atienda nuestras necesidades sin ser invasiva. Esto nos transmitirá la sensación de afecto, respeto y cuidado, y hará más fácil el desarrollo de nuestra autonomía.  Los niños que desarrollan apegos seguros se sienten queridos y consiguen equilibrar la presencia física y el vínculo afectivo con el deseo de autonomía y aventura necesario para el desarrollo y el aprendizaje.

Cuando se convierten en adultos, son individuos que se sienten cómodos en las relaciones amorosas y disfrutan la intimidad. Son personas que se sienten queridos y saben reconocer sus emociones, son capaces de pedir consuelo cuando lo necesitan, así como también buscar amor y afecto de sus parejas. El tipo de relaciones que entablan son duraderas, respetuosas y no idealizadas, y comprenden los altibajos naturales en una relación.

Inseguro-evitativo. Cuando la figura cuidadora es hostil o indiferente hacia las demandas afectivas del niño, cuando evita el contacto físico con el bebé porque considera sus exigencias excesivas, o porque piensa que el infante es caprichoso y es necesario disciplinarlo, rel pequeño aprenderá a reprimir sus necesidades afectivas y a renunciar al contacto íntimo para evitar el rechazo.  

Un niño que ha crecido bajo este esquema de relación con su apego principal, se convertirá en un adulto reprimido, un hombre o mujer que siente que sus emociones son un problema para los demás o que puede ser tachado de débil si las expresa.  Aunque el nivel de ansiedad de un adulto con este tipo de apego es bajo, su comportamiento relacional será altamente evasivo, y se verá muy impedido para compartir su intimidad con la pareja.

Inseguro-ansioso ambivalente. Existen cuidadores que muestran una serie de actitudes altamente imprevisibles para el niño, originada a su vez por trastornos psicológicos y emocionales. Estos cuidadores serán algunas veces indiferentes y distantes , y otras veces cariñosos y atentos a las necesidades del niño. Esta actitud impredecible producirá mucha ansiedad en el niño, quien, al no tener un patrón de referencia absoluto acerca de su cuidador, se sentirá siempre confundido.

Los niños que han tenido este tipo de cuidadores, serán adultos inseguros en sus relaciones, con mucha ansiedad ante las separaciones y ante las emociones negativas, aprensivos, celosos, suspicaces y melodramáticos. Serán individuos que necesitan sentirse vinculados a sus parejas permanentemente, y resultarán a veces asfixiantes para ellas. Son las clásicas personas dependientes emocionales y necesitadas de afecto, con patrones de conducta muy conflictivos e inestables que van del pleito a la sumisión y el arrepentimiento.

Desorganizado. El tipo de apego desorganizado es el más patológico de la clasificación. Cuando la figura cuidadora es gravemente insensible o manifiesta actitudes violentas y destructivas hacia el niño, se desarrollará un tipo de apego desorganizado. Este niño no puede sobrevivir sin su figura de apego, pero al mismo tiempo representa una amenaza para él. Esta paradoja le provoca un colapso psíquico traumático. Son niños llenos de dolor, miedo, agresividad, sentimientos de ambivalencia e insegurida, que recurren al bloqueo emocional y la disociación para poder sobrellevar su realidad.

Estos niños se convierten en adultos que tienen muchas dificultades para identificar sus emociones, que tienden al bloqueo emocional y a la confusión de sus sentimientos. Para este tipo de personas, las relaciones afectivas representan una amenaza, por lo que tratarán de evitarlas o tendrán frecuentes rupturas con sus parejas. Son individuos sumamente inestables, que tienen dificultades para respetar los derechos y los límites del otro.

 

Si te alguna vez te has preguntado porqué te relacionas con tu pareja de la forma en que lo haces, porqué eres permisivo o celoso o frío, o la razón por la cual no puedes expresarte como te gustaría en el amor, seguramente encontrarás parte de la explicación en la teoría del apego y la clasificación que hemos descrito. Pero no todo es terrible ni está cien por ciento dicho en esta materia. Muchos de los rasgos de nuestro comportamiento en el terreno de las relaciones puede modificarse cuando entendemos esta dinámica intrínseca a nuestra psique, y desde luego, es posible modificar nuestra conducta a través de una adecuada terapia.

Así que no hay que desanimarse, el psicoanálisis y la psicoterapia han avanzado a pasos gigantes durante las últimas décadas, y ya existen herramientas seguras y efectivas para reparar los determinismos de la infancia, recobrar la autoestima y recorrer el camino de la maduración emocional para conseguir lo que todos anhelamos, una relación plena, madura y gratificante.

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Delia Millán

Maestra del desequilibrio armónico, experta en el desarrollo humano y las relaciones complicadas. Loca por convicción y leal por vocación. Lucha contra la violencia de genero donde quiera que esté.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   relaciones, pareja, amor, apego, Delia Millán

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