La tejedora de sueños

por Silvia Latuff

 

Nació con un circuito averiado en el cerebro. Desde pequeña iba a menudo al laboratorio de imagenología para que le practicaran un electroencefalograma. El diagnóstico fue lo de menos. El caso es que desde siempre vio la vida de manera distinta a los demás, como si le hubieran colocado unos enormes lentes color púrpura. Sus primos perdían la paciencia diciéndole que vivía en un mundo de “bombones y pirulíes”. Y era verdad, porque desde que tenía memoria, su mayor deseo había sido que todos fueran iguales.

Su compañero de banca en la primaria se reía de ella, diciéndole que ese deseo anacrónico de igualdad solo podía ser real en su cabeza. Y tal vez así fuera, pero ella decidió apostar por ese sueño, y creer que un día al despertar todos los niños del mundo podrían ir a la escuela con un hermoso par de zapatos de charol, y una maleta tan gorda como la suya; con el logotipo de las olimpiadas y repleta de libros.

Gracias al cortocircuito que tenía en la cabeza podía percibir con detalle cualquier cambio en los colores del arcoíris. Para ella existían más de veinte azules: azul añil, azul turquesa, azul ultramar, azul cobalto. Y por lo anterior resultó ser excelente para la pintura. Desde muy pequeña comenzó a dibujar todo lo que veía, y tan pronto como pudo hacerse de una paleta de colores comenzó a pintar a la acuarela. 

En una ocasión pintó hermosas acuarelas con diferentes motivos, y las vendió a diez pesos a sus compañeros de grupo. Con lo que obtuvo, compró un carro de carreras a control remoto de un rojo lustroso y se lo obsequió a su hermano. Siempre andaba buscando como hacer algo para los demás. Tenía una gran creatividad, y todas las manualidades que construía se las regalaba a sus conocidos. Aprendió bisutería, hacía objetos de cartón, cocía a mano hermosas prendas para sus muñecas, y sabía hacer un sinfín de cosas más. 

A pesar de ser una niña generosa, no era la más popular en la escuela. A veces las demás niñas se extrañaban de sus rarezas; y sus bromas no siempre les parecían divertidas a los demás; sin embargo, tenía un pequeño grupo de amigas con las cuales iba a todas partes. 

Un día cayó en sus manos un libro maravilloso, que en realidad formaba parte de una colección que constaba de varios volúmenes, el libro se titulaba “Cómo hacer de espía”. Se aprendió las formas más novedosas de descifrar códigos secretos, aprendió a hacer tinta invisible, y luego hizo con cartón varias pistolas y radios que repartió entre su grupo de amigas. Cada una se puso una gabardina y gafas negras, y salieron al patio a la hora del recreo. Querían jugar a los espías, pero ella no contaba con que el niño más terrible de su clase, al verlas ataviadas de esa forma tan peculiar, le ordenó a su pandilla que las persiguieran. Los planes no resultaron como ella esperaba, pero la persecución al fin y al cabo resultó más divertida.

Cada día que iniciaba era una nueva aventura inesperada con alguna nueva ocurrencia suya. Durante el verano iba –junto con sus hermanos– a la infaltable pesca de renacuajos, a los que ella denominaba ajolotes. Las lluvias formaban lagunas improvisadas en algunas hondonadas del amplio campo, situado frente a su casa. La comitiva que la acompañaba se internaba en lo más profundo de aquel sistema acuífero, en el que rápidamente proliferaban los renacuajos tras las primeras lluvias. Entonces, después de horas de exploración, todos regresaban con tremendas cubetas repletas de los diminutos animales. Cada uno iba colocando su cubeta en el patio de la casa, y el vencedor era aquel que hubiera recolectado más ajolotes. Cuando estos crecían y se convertían en ranas, jugaban con ellas a las “carreras”, y el premio era una golosina.

El verano era su estación favorita. Además de la pesca de ajolotes su padre les enseñó a hacer papalotes de papel en forma de rombo, con dos varitas de madera y hermosos flequillos de colores en cada una de las esquinas. Salían todas las mañanas a volarlos al viento, y ella corría por toda la verde planicie jugando a ganarle a los otros niños en su carrera. Siempre era la más veloz y la más atrevida. El único que le disputaba el título era su hermano un año menor. Pero lo que le entusiasmaba era construir aquellos papalotes que más tarde saldría a volar entusiasmada en aquellos jardines que con el tiempo se llenaron de casas, pero que cuando niña fueron el espacio de sus juegos y su diversión.

Su mente corría a mil por hora, inventando toda clase de pasatiempos y juegos. Los años de su niñez fueron de una felicidad inolvidable. Cuando grande se dio cuenta del extraño funcionamiento de su cerebro, y de lo diferente que era al resto. A veces su cerebro le jugaba malas pasadas y se perdía en un sopor liviano sin atinar a darse cuenta de lo que ocurría alrededor suyo. Pero el tiempo siguió su curso y ella aprendió a dominar sus ideas.

Cuando se aproximaba el “estupor” ella aprendió a distinguirlo y tratar de comportarse lo más normal que le era posible. Las relaciones con los demás se le dificultaban, pero luego nacieron sus sobrinos y la vida cambió para ella. Se esforzó más por estar presente, y comenzó a compartir con ellos los juegos de su infancia. Su mayor felicidad fue cuando nació su sobrina Genoveva, con ella se sintió casi curada. Habían pasado ya muchos años de enfermedad, pero aún recordaba su hermosa infancia, y quiso regalarle una infancia igual a su sobrina.

Los recuerdos volvieron a su mente, Genoveva comenzó a amar las mismas diversiones que ella amaba de niña, y también le enseñó a descifrar mensajes secretos y a vestirse de espía. La vida cobró un nuevo valor para ella. Entonces se dio cuenta que a pesar de que su mente le jugara trastadas, ella siempre podría sembrar en ella un pensamiento que más darte daría a la vida un juego divertido con el que entretendría a Genoveva, o alguna idea para hacer algo con sus manos mientras su sobrina aprendía a su lado la vida. 

De manera maravillosa el circuito averiado de su cerebro se fue restaurando. Nunca se compuso del todo, pero ella llegó a estar lo suficientemente lúcida para vivir la infancia de la dulce Genoveva con ella, y sembrar cada día un nuevo pensamiento en su cerebro que tejiera una historia maravillosa para su dulce niña.
 

Silvia Latuff

Arquitecta, poeta, mujer emprendedora y obsesiva, tiene desde chiquita una pasión desmedida por la literatura y un apego patológico a las buenas películas, se especializa en el diseño de su propio interior y quisiera algún día compartir su corazón.

Los Calzones de Guadalupe Staff

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Tags   infancia, sueños, enfermedad mental, creatividad, locura

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