La noche

de los conejos

 

 

                                                                         

por Eréndira Svetlana

Es una noche estival en la planicie reseca, una noche de hielo sobre la meseta desértica del sur. Mi padre nos lleva a todos a la caza del conejo, tengo esa noche grabada en el recuerdo. 

 

Atravesamos esas largas extensiones de tierra árida con él, vamos montados en un auto safari descapotable, el filo cortante de las ráfagas del viento helado nos acuchilla la piel. Vamos envueltos en sarapes y jorongos que nos han prestado los pobladores de la  comunidad, los ojillos inquietos nos asoman entre el revoltijo de mantas sobre las  caras. Mi padre va al frente, no lleva mantas ni abrigo para protegerse, las mangas de su camisa blanca ondean con ferocidad, expuestas a la crudeza de la intemperie, su perfil es nítido y soberbio, va de pie y recargado sobre el asiento para avistar la lejanía y dirigir el rumbo de la expedición.

 

Los hombres que nos acompañan cargan enormes lámparas de halógeno, las dirigen a cada tanto hacia el camino accidentado, entre los matorrales y la hierba baja. De vez en cuando aparece el conejo en la oscuridad del camino, torpe y cegado por la luz, se petrifica cuando la luminosidad se le atraviesa en esa carrera nocturna a mitad de la infinitud del campo, sus ojos rojizos y asustados se congelan en un rictus de espanto que se queda grabado en nuestro recuerdo, una expresión de vacío y a la vez de resignación, como si supiera que ha llegado al final de su camino.

 

Los hombres ya tienen las armas cargadas y disparan, se escucha el estruendo de los rifles corrompiendo la pureza de la madrugada. La visión es estremecedora, los ojos rojizos del conejo brillando mórbidos en esa imagen congelada en la que se detiene cuando la luz de las lámparas lo atrapa, luego el rojo líquido de la sangre sobre el blanco pardusco y aterciopelado de la piel.

 

El sonido de esa madrugada es el de los rifles al volver a cargarse y las exclamaciones triunfales de los hombres en medio de la oscuridad, es también el de la risa de mi padre, sonora y cristalina, lleva la batuta de la expedición con la transparencia de esa risa, seguimos su sonoridad en la noche ciega del campo durante la caza del conejo, sus vibraciones rotundas dibujan el camino en la negrura, el frío nos cala los huesos y el estruendo de los rifles nos hace temblar pero esa sonoridad cálida de su risa está todo el tiempo ahí, devolviéndonos la calma.

 

Mi padre es como un surtidor de luz,  se despliega intenso en su brillantez al centro de la oscuridad absoluta, el horizonte de la planicie reseca se funde en esa lejanía indistinguible de negrura nítida a donde la risa de mi padre escapa. 

 

La madrugada se va haciendo más honda y crepitante con el paso de las horas, con cada conejo que se sacude en la oscuridad al clamor de los disparos y luego se desvanece ensangrentado sobre los matorrales, el safari se detiene y los hombres corren a recoger entre gritos la presa que han conseguido.  

 

Los cadáveres exangües de los animales se van acumulando en el asiento delantero, son como títeres inermes a los que de pronto se han cortado los hilos, huelen a sangre y también a frío, nos estremecemos cada vez que se suma uno a la pila de conejos muertos, queremos verlos de cerca, queremos tocarlos, pero a todos nos dan miedo.

 

Mi padre ordena a mi hermano que coja un rifle e intente cazar un conejo, es hora de que se pruebe como hombre, los otros hombres ríen y le colocan entre las manos el arma, los dedos pequeños en el gatillo, el ojo clavado en la mirilla. Sé que a mi hermano las piernas le tiemblan, porque no es todavía un hombre, no es nada más que un niño, pero sonríe como los señores que cargan el arma, porque está nervioso, pero también está dispuesto a enfrentar el desafío.

 

Uno de los hombres lo ayuda sosteniéndole los codos para apuntar con firmeza al objetivo. Se oye un estruendo espantoso que nos deja sordos, el cuerpo enclenque de mi hermano se cimbra por el impacto, ha sido un buen disparo, el conejo yace sin vida sobre el camino y los hombres vitorean la hazaña entre gritos y hurras.   

No colocan el cuerpo del conejo que ha cazado mi hermano junto a los demás en el asiento delantero, lo ponen entre sus brazos, lo carga sobre el pecho el resto del camino, la sangre del conejo mancha el jorongo que lleva puesto, se vuelve pastosa sobre la piel del animal y queda embarrada también en sus pantalones y sus antebrazos.

 

Mi hermano tiembla todavía y se estremece como yo, pero está vibrando de la emoción, y sostiene al conejo muerto entre los brazos aunque le dé asco, porque es la presea que ha conseguido para enorgullecer a mi padre, para probarse como hombre valiente y ser digno de pertenecer al gremio.

 

Dicen que mañana los comeremos, que las mujeres del pueblo van a despellejar los conejos que los hombres han cazado, que van a asarlos y van a adobarlos para hacer un banquete al que estamos invitados. Y aunque yo no quiero comerme a esos pobres animales que lucen terroríficos sobre el asiento, sin vida y con los ojos vacíos, tengo igual que mi hermano la emoción de esta aventura que mi padre comanda, atorada en el pecho y en la garganta, saliéndoseme por los ojos en forma de lágrimas. 

 

Mis mandíbulas están apretadas y me castañean los dientes, el cuerpo me tiembla entero en un frenesí nervioso que no puedo contener. En el último minuto de la alborada en esta tierra desierta, hace un frío rotundo que cala los huesos y carcome el alma, pero yo tiemblo por que ando cargando una emoción sin nombre que se me anuda con sus espinas en el estómago y en el pecho, porque hemos sido parte de algo tremendo, de un experiencia intensa en el mundo desbordado y salvaje que habita mi padre, porque esta noche he visto de cerca la muerte y mi hermano ha disparado un rifle para volverse hombre.

La madrugada, con sus brillanteces altísimas y sus oscuridades hondas se va haciendo lentamente alborada. A los lejos, en la punta de la meseta árida, donde el horizonte se está comiendo la resequedad helada de la última negrura de esta madrugada, hay un incendio de luces anaranjadas que inauguran el amanecer. Hasta allá va la risa de mi padre, hasta allá los destellos de su alegría y la tremenda energía  con que ha comandado esta noche larga de cacería.

 

 

 

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   conejos, cacería, relato, niñez, Eréndira Svetlana

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