La Guerra de los Sexos

FUENTE: Pinterest

Por GINA CORTE

Hace ya más de 50 años que surgió el feminismo como un movimiento que se contraponía a la supremacía del hombre, sustentada por la sociedad patriarcal. El machismo fomentado culturalmente en nuestra sociedad, había mantenido en segundo plano a la mujer, si no es que la había marginado del todo. Tal parecía que nuestro sexo solo resultaba útil y adecuado para la crianza de los hijos, y las labores domésticas. Posteriormente, durante la “era hippie” se puso de moda la llamada “Guerra de los Sexos”, en la que ambas partes renegaban de la otra, luchando por establecer la superioridad de uno de los dos sexos. Ambos movimientos, en su momento, y aún en nuestros días, jugaron su papel, logrando que la balanza social se inclinara un poco a nuestro favor. Actualmente las mujeres han conseguido tener mayor injerencia en la vida pública, en esferas como la política y la cultura, a las que antes no tenían acceso; y desde luego adquirieron personalidad jurídica y civil.

Pero tanto el feminismo como la eterna guerra entre sexos, han degenerado con el tiempo, en una conducta absoluta el primero, y en una necedad injustificada y ridícula, como toda necedad, el segundo. Ambos han cobrado sus víctimas, además de convertirse en resabios de una “oposición”, que resultó natural y necesaria en su momento. Las mujeres se contaminaron de avidez dentro de la competencia laboral, buscando a toda costa igualar a los hombres, por el solo hecho de ser como ellos, y tratando de escalar escaños sociales y económicos, a la par que olvidaban la segregación sexual que en un principio motivó esta conducta. Los hombres, por su parte, dejaron de hallar razones para proveer dentro de las nuevas familias constituidas por ellos, y muchos se situaron, un poco a la fuerza, en el puesto que antaño correspondió a la mujer dentro del hogar; en el mejor de los casos. El anhelo de igualdad de la mujer, profundizó las desigualdades existentes entre ambos sexos. Y la guerra entre ellos se transformó en odio soterrado.

En la sociedad de hoy, estamos muy lejos de resolver los conflictos surgidos de la convivencia entre hombres y mujeres. Al lado del machismo que patalea desesperadamente, resistiéndose a morir, ha surgido una aberrante misoginia encarnada por la violencia de la que son víctimas muchas mujeres alrededor del mundo. Y la cual parece no tener explicación racional posible. El último producto de esta lucha a muerte es la generación de jóvenes adultos nacidos entre 1980 y 1990 que ahora claman, prácticamente al unísono, la inexistencia del amor romántico. A la par que practican relaciones express, irresponsablemente.

Es tiempo de echar abajo el muro de nuestras diferencias sociales, que nos ha apartado por completo a unos de otros. Poner fin a una guerra que inició un tanto de manera inocente, y terminó por crear un abismo de incomprensión entre ambos sexos. Ya que está de moda la equidad podríamos intentar, para variar, establecer relaciones más equitativas. Relaciones, no que nos iguales, ya que por muchas razones somos todo menos iguales, pero sí que intenten hallar coincidencias, ahí donde existan, y fincar puntos de encuentro acerca de lo que tenemos en común. Encontrar las razones que nos llevan a buscarnos socialmente unos a otros, sin dejar de reconocer las diferencias que nos caracterizan. La vanguardia juvenil del 68 solía decir que había que hacer el amor y no la guerra. En los tiempos que corren yo propongo “hagamos la Paz”. Busquemos la concordia, en lugar de continuar sembrando la discordia. Los opuestos requieren complementarse, no enfrentarse. El reto actual es construir el puente que nos conduzca al otro, en lugar de perpetuar ésta batalla estéril entre seres que, de cualquier forma, están destinados a compartir el planeta. Una triste batalla, ciertamente, que hasta ahora nos ha impedido alcanzar el siguiente nivel en nuestra evolución como especie.

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