La geografía de la tristeza

 

 

                                                                         

por Eréndira Svetlana

Mi tristeza es muy vieja, viene de lejos y se ha vuelto el pan y el agua, se ha vuelto una agonía que transcurre con la lentitud propia del andar de la gente que lo ha vivido todo. 

 

Mi tristeza es como mi soledad, se ha vuelto una sola masa con la tierra, con su entraña de migaja. Tiene montañas y atardeceres, tiene volcanes violáceos e incandescentes en el recuerdo. Viene de todas partes, de todos los cauces de un río ubicuo y caudaloso, viene de cada lugar del recuerdo.

 

Soy de mi tristeza, como se es del lugar donde se ha crecido; soy de mi infancia, de sus pasajes escondidos, de sus rincones sórdidos, vengo de ese recuerdo, de donde son todos los perros callejeros del mundo, del recuerdo del hambre, de la lluvia, de los vecindarios abandonados por donde se ha andado por las tardes, por las noches, buscando un refugio.

 

Mi tristeza se mueve en la memoria desde todas esas direcciones que ya he confundido, desde todos esos accidentes geográficos del recuerdo, desde la calle de mi casa en la niñez, inundada por las aguas torrenciales de los veranos, las tardes de julio y agosto corriendo bajo el diluvio, bajo las jacarandas que lloraban sus flores moradas y cuando la tormenta escampaba dejaban su rastro violáceo sobre el asfalto mojado.

 

Vengo de esas tardes a los nueve o diez años, mi nostalgia nace ahí, en los caudales que la lluvia formaba en las avenidas de esa nueva colonia incrustada en la periferia, ese vecindario recién nacido que ahora es como un barco zozobrando en el recuerdo, ahogándose en los remolinos que se formaban sobre las alcantarillas sobrepasadas por los torrentes de agua.

 

La fuerza de las corrientes de agua parduzca y grisácea era tremenda, jalaba los papeles, las envolturas, los botes, las ramas, las flores marchitas, un libro mojado extraviado por algún estudiante universitario, sus páginas escurriendo, sus palabras desdibujadas, un zapato viejo con las agujetas desatadas, todo flotando en los ríos que se formaban bajo las banquetas, todo arrastrado por la fuerza de la corriente hacia la alcantarilla, hacia su torrente nebuloso.

 

En mi tristeza hay valles imposibles, muy hondos. Hay llanuras infinitas que sigo recorriendo cuando cierro los ojos, kilómetros y kilómetros de pastizales amarillos, verdes, rojos como las tardes de los volcanes. Siguen ahí, los veo a través de la ventana, yo voy en el pequeño auto de mi padre y soy niña, los recorremos en el silencio de los viajes largos hacia la geografía árida de los pueblos del sur.

 

Cruzamos todos los campos, todas las estaciones, las de flores encendidas, las de la espesura de los bosques, las de los matorrales bajos, las de las nopaleras de los suelos áridos, las de los invernaderos multicolores extendidos sobre hectáreas interminables de verdes brillantes y, al final, las de los campos áridos y agrietados donde mi padre vive de lunes a viernes, con sus surcos profundos y sus soles quemantes como bolas incandescentes, plantados en la lejanía del horizonte reseco.

 

Ahí mi padre se queda durante siglos, y nosotros le esperamos toda la vida, la vida eterna de la infancia, de la juventud primitiva, ahí se fundan todas nuestras locuras, todas nuestras ansiedades, nuestras tristezas; en ese pedazo de meseta árida, ese pueblo de miserias del que mi padre abreva ideales durante años.

 

Soñamos despiertos esa miseria: rostros famélicos, viejos con la piel renegrida por el sol intenso, niños jiotosos y flacos corriendo en los campos polvosos, perros sarnosos echados sobre las calles disparejas —exhaustos de calor, sedientos y amodorrados— ese mercado ruidoso y sucio, sus basurales pestilentes donde se pudren las pitayas y los mangos agusanados, las ratas enormes merodeando, una colonia de cucarachas gigantes como nunca las hemos visto, un prostíbulo paupérrimo, esas mujeres grises y esos borrachos gritando a la media noche, la hora en que mi padre se concentra en sus lecturas, en El capital, La Sagrada Familia, La miseria de la filosofía, recostado sobre su catre, sudando el calor sofocante de mayo, los alacranes de la tierra caliente cayendo sobre un mosquitero improvisado, en el cuartucho precario donde consuma sus años durante eternidades tristes que se vuelven inconfesables.

 

En la geografía sangrante de mi tristeza legendaria, el mundo comienza y acaba con esa imagen, en ese punto trepidante donde la tierra arde todas las noches, donde se incendia y agoniza el recuerdo de mi infancia.

 

Esa niña ya no existe, esas calles inundadas durante los veranos de infancia, esa casa donde habitaron nuestros sueños imposibles y nuestras alegrías simples, ese universo poderoso y mítico que funda todos los tiempos, todas las etapas posteriores de la vida.

 

Nuestra infancia es ahora solo una idea, una imagen que se muere todos los días, un punto incandescente que se apaga en la lejanía, como una estrella que se ha muerto hace muchos años. Su reflejo es solo la ilusión cósmica de un universo engañoso, mi niñez es una estrella muerta, blanca y poderosa, su brillo aún sigue estallando cada noche en la vía láctea.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   infancia, hermanas, recuerdo

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