La Fea

 

 

                                                                         

por La Orgullosa

Desde niña mostré habilidad para el dibujo, una aptitud que heredé de mi madre, quien con unos simples trazos lograba las imágenes más increíbles. Me aficioné a la figura humana, y en especial al rostro femenino. Pasaba horas dibujando hermosos rostros.

Nunca me cuestioné el significado de esa inclinación. Ahora pienso que era porque quería ser tan hermosa como esos rostros femeninos que trazaba con tanto esmero. A los diez años, una compañera de la escuela me dijo que yo pretendía ser la mejor de la clase porque carecía de atributos físicos, y ser la estudiante más sobresaliente era la única manera que tenía de llamar la atención.

Independientemente de que sus palabras hayan sido verdad, su significado caló muy hondo en mí, y desde entonces me sentí La Fea. Quizás dibujar rostros de mujer era una manera de exorcizar lo que empezó a convertirse en un complejo.

No es que me hayan faltado admiradores. Durante mis años como estudiante tuve algunos pretendientes, pero los rechacé a todos. No sentía merecer su interés. Me sentía fea, y eso hacía crecer en mí una gran inseguridad hacia el sexo opuesto.

Esa situación continuó hasta terminar la carrera. Después entré a trabajar en una ONG en la que había gente de todas partes del mundo. Ahí ocurrió un milagro. Mis compañeros varones se fijaban en mí, y las mujeres, profesionistas como yo, se relacionaban conmigo de una manera amistosa y dándome la bienvenida al núcleo de trabajo. Era la primera vez que sentía tener valor por quien era, y por primera vez sentí que me encontraba con iguales.

Gracias a la atención de mis compañeros comencé a hacerme consciente de mis atributos físicos y cualidades. Mi dedicación al trabajo pronto fue conocida y empezaron a apreciarme también por ello.

Los años que pasé en esa ONG fueron determinantes para mí. Adquirí un sentido de pertenencia, y la admiración sincera de todos mis compañeros. Mi autoestima creció. Sin embargo, tres años después, cuando finalizó mi actividad ahí y regresé a mi ciudad, volvieron los fantasmas del pasado.

Aquel círculo de compañeros, que en su mayoría llegaron a ser mis amigos, volvió a su lugar de origen y me quedé sola. Traté  de hacer nuevas amistades a través de mis gustos. Entré en un círculo de poesía y en una escuela de pintura, pero no volví a encontrar un grupo como el de la ONG. En los centros de trabajo en donde me ubicaba encontraba personas convencionales con las que no sentía ningún tipo de conexión, y eso me hizo volver a la inseguridad de cuando joven.

Evidentemente, el problema era yo. Entonces tomé la decisión de hacer frente a mi baja autoestima y luchar con el sentimiento de rechazo que estaba en el fondo de mi complejo de fealdad.

Ya había tenido una experiencia satisfactoria y sabía que podía gustarle a los hombres, así como podía ser buena amiga de las mujeres, así que de manera intuitiva un día comencé a tomarme fotografías en mi casa. Eran imágenes de mi rostro desde todos los ángulos; de mi cuerpo, de mis ojos. Quería que cada detalle de mi persona quedara plasmado.

Luego, cuando las tuve en la computadora pasé horas explorando cada una de ellas. Viendo esas fotos finalmente tuve una idea muy clara de cómo lucía, y entonces acepté cada arruga, cada imperfección y, de una vez por todas, aprendí a quererme.

Si yo me agradaba como era, no importaba que los demás pensaran lo contrario. Todo estaba en mi mente. Todo estuvo siempre en mi mente, y las palabras de esa niña que tanto daño me hicieron dejaron de resonar en el recuerdo, y pude ver mi belleza.

Supe que mi complejo de fealdad era también una obsesión por ser perfecta para ser aceptada por los demás. Todos tenían derecho a tener fallas, menos yo. Pero al darme cuenta de mis pensamientos equivocados, esas ideas erróneas se fueron y me sentí libre. Libre por primera vez, sin la necesidad de que otros me validaran.

Después de esa experiencia catártica, me sometí a otras experiencias de aceptación y autoconocimiento. La prueba final fue cuando comencé a conocer hombres que vieron esa parte atractiva en mí, y que yo me había negado a ver. Dejé de ser La Fea, era capaz de atraer al sexo opuesto, pero el juicio de un hombre no determinaría mi valor como ser humano.

La humildad también jugó un papel crucial en la restauración de mi personalidad. Al entender que era como cualquier otra persona, que tenía derecho a un lugar en el mundo, la careta del miedo desapareció. Me atreví a ser simplemente yo, y ese ser auténtico sin máscaras ni simulaciones resultaba tan bello y querible como cualquiera. Era yo quien me juzgaba y me descartaba, y ahora que había dejado de hacerlo la posibilidad de hallar tranquilidad y conectar con los demás era una realidad.

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La Orgullosa

Amante del amor y la sexualidad en todas sus formas. Fogosa y apasionada. Impulsiva y testaruda a más no poder. Interesada en los temas prohibidos y controversiales. Se cree poseedora de la razón, y es investigadora incansable de los misterios de la psicología humana.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   fea, prejuicios, autoestima, La Orgullosa

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