La COVIDA irreal

por Eréndira Svetlana

 

Nos hemos acostumbrado a esta nueva realidad, aunque cada día me parezca más irreal. La COVID se instaló hace ya más de tres meses en nuestra cotidianidad y a veces me cuesta trabajo creer que apenas en febrero pasado habitábamos un mundo ruidoso y multitudinario que en nada se parece a este otro de calles vacías, de mañanas silenciosas y espacios deshabitados de los que se han adueñado los gritos de los pájaros, el croar de los sapos, los ladridos insistentes de algún perro desesperado por la ausencia del habitual ir y venir humano. No sabía que había tantas especies de aves en esta colonia, ignoraba que sus trinos fueran tan diferentes unos de otros, tan característicos de cada tipo de pájaro, tan estridentes en las noches de insomnio de la pandemia.

 

Dicen que el insomnio humano se ha vuelto también una epidemia en estos días de encierro, que nadie duerme durante las noches, a todos nos habitan la ansiedad y el miedo, la incertidumbre sobre la enfermedad, sobre las formas caprichosas en que este virus del demonio se contagia y nos va infectando a todos. Tal vez sea verdad, desde que empezó el confinamiento mi ansiedad ha crecido como la hierba mala en épocas de lluvia, se ha vuelto una enredadera que me asfixia de madrugada y me mantiene despierta. He descubierto que en las madrugadas los pájaros de mi colonia tampoco duermen, es el momento del día en el que gritan con más fuerza, sus chillidos inundan la oscuridad allá fuera, nuestro silencio los hace más sonoros y angustiantes, nunca antes los había sentido tan cerca, como si trinaran dentro de la casa, como si quisieran invadir nuestras salas y nuestras recámaras ahora que no podemos salir de nuestras jaulas.

 

El mundo se ve y se oye distinto desde aquí adentro, desde el encierro forzado del confinamiento, es como si lo viéramos a través de un velo, un antifaz traslucido que le da a la atmósfera una pátina de irrealidad, todo afuera sigue igual, pero de alguna manera rotunda ha cambiado con nuestra ausencia, como si el exterior ya no nos perteneciera, ya no formara parte natural de nuestra vida. Ahora las calles y los espacios públicos le pertenecen al miedo, al peligro, a la enfermedad, un manto invisible y denso se extiende sobre los caminos y las plazas, tenemos mucho miedo de volverlos a transitar, tenemos mucho miedo también de toparnos con “el otro”, con el vecino, el policía, el vendedor, el coterráneo, otro cualquiera, ciudadano común como cada uno de nosotros.

 

Me pongo el cubrebocas y salgo a la calle en la única escapada semanal que me permito desde que empezó la pandemia ¿Estará infectado el señor que reparte el recibo del teléfono en mi cuadra? ¿Será un contagiado asintomático el cajero que me cobra en el supermercado? Nunca antes habíamos sentido tanto temor frente a otro ser humano, el contacto se ha vuelto una amenaza latente, un pecado inconfesable en el mejor de los casos. Nos señalamos unos a otros con la mirada en la gravísima falta de no seguir al pie de la letra las normas del distanciamiento ¿seremos los culpables de que alguien en casa enferme mañana por un descuido imperdonable? Nos miramos unos a otros con incertidumbre y extrañeza. Habitar esta nueva realidad irreal se ha vuelto casi una proeza.

 

¿Y al interior de las casas? Mis hijos volvieron a casa desde el comienzo de la pandemia. Ahora estamos todos aquí, juntos en un mismo espacio, como hace mucho tiempo no habíamos estado. Nos tenemos unos a otros como tal vez lo añorábamos desde hace años. Y fue en un principio una emoción intensa y una novedad. Despertar todos juntos, en la misma casa, tenernos durante horas largas, hablar de cosas de las no habíamos hablado en mucho tiempo, ser en esta nueva convivencia una sorpresa y a la vez una remembranza. Pero han pasado ya muchos días, y la rutina del aislamiento se ha vuelto espesa, agobiante tal vez para dos jóvenes en sus veintes. Deben sentir también ansiedad, deben tener también esa sensación de incertidumbre insomne durante las madrugadas ¿cuándo terminará todo esto? ¿en qué momento vamos a recuperar nuestras vidas, nuestras rutinas anteriores a la pandemia?

 

Desde mi habitación, en medio de la oscuridad nocturna habitada por los silbidos estridentes de los pájaros, puedo sentir las angustias juveniles de mis hijos, sus cuestionamientos, ese torbellino de impulsos que se tiene a los veinte, un vendaval dando vueltas en sus cabezas.

 

A veces tengo la sensación de que estamos solos, completamente solos, en las otras casas no hay nadie, como en las calles, como en las plazas y en los parques. No queda nadie, nadie con quien hablar, a quien decirle lo que estamos sintiendo, a quien describirle esta inabarcable soledad, nadie con quien compartir la experiencia del aislamiento, a quien tocarle la cara, los hombros, los brazos, nadie con quien llorar, a quien abrazar. Es solo una sensación momentánea, dura un par de segundos, no más. Sin embargo, sé perfectamente que no estamos solos, que al interior de las miles de casas alrededor de la nuestra hay gente, hay familias que llevan como nosotros meses encerradas, hombres y mujeres, niños de todas las edades, todos abrumados dentro de las habitaciones, desesperados por el sopor del verano, por el encierro forzoso.

 

El contacto humano se volvió virtual, el coronavirus nos arrinconó a todos abruptamente a los límites de una pantalla y ahora la humanidad se puede encontrar solamente a través de una plataforma digital. Mis hijos me enseñan muy al principio de la pandemia a usar Zoom, tardo algún tiempo en acostumbrarme a esta extraña experiencia de convivir con amigos y colegas en solo dos dimensiones lejanas. A veces las pantallas se congelan, las voces se distorsionan, las sonrisas se fragmentan en una infinidad de pixeles que las desnaturalizan, nos damos cuenta entonces que estamos solos en realidad, sumidos en nuestra propia perplejidad.

 

Los días empiezan y terminan todos de la misma forma, como si fueran el mismo desde que comenzó el confinamiento, nunca su naturaleza había sido tan intangible, tan inespecífica, se van acumulando uno tras otro como hojas en blanco que tapizan el suelo de una habitación desolada. Cuando el tiempo pase, tal vez los recordaré todos como una misma imagen en color sepia, un poco inverosímil, como un mito o una leyenda urbana. Lo recordaremos todos como una época peculiar, que no cabía en la imaginación antes de que sucediera, un momento largo y lento de la humanidad en que el tiempo se detuvo por algunos meses, recordaremos cada uno de sus días como jaulas idénticas que nos asfixiaron en su virtualidad, con sus barrotes de miedo, de ansiedad.

 

Y tal vez nos preguntaremos en algún momento si todo esto fue verdad, si la muerte y el espanto cabalgaron junto a nosotros durante tantos días de angustia, si la soledad fue una realidad compartida y cotidiana. Tantas horas de no ser, tantos minutos deshabitados escurriéndose en el recuerdo. La vida toda convertida en un relato irreal. Algún día todos lo contaremos.

Captura de pantalla 2019-02-18 12.08.23.

Eréndira Svetlana

Escritora de corazón, intensa y mordaz, llena de historias de supervivencia. Transita entre el amor desmedido y el odio selectivo. Digna representante de la Generación X con un toque Millennial.

Los Calzones de Guadalupe Staff

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Tags  covid, pandemia, realidad, Eréndira Svetlana

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