La casa de Jimena

 

 

                                                                         

por Eréndira Svetlana

La casa de Jimena  era una mansión antigua de techos inclinados y terrazas amplias,  se alzaba al fondo de un prado muy extenso, rodeado de una barda elevada de piedra ambarina con vetas marrón. El prado estaba crecido y había árboles de frondas tupidas de las que pendían frutas avejentándose. Había también una piscina, estaba detrás de los árboles, en sus aguas descuidadas flotaban impasibles las hojas secas que el viento arrastraba. 

Había camastros en la orilla de la alberca. Viejos camastros de mimbre o de bejuco con telas de fibras entretejidas, desgastadas por las lluvias y la incandescencia del sol. La casa de Jimena estaba toda habitada por esos lujos avejentados,  detalles de una vida suntuosa anterior, una vida previa que nadie había conocido,  de riqueza venida a menos, de opulencia arruinada durante décadas, vuelta de polvo y ceniza sobre los viejos muebles, sobre las terrazas desoladas.

 

La casa estaba ahí, enorme y antigua, vestida con esa elegancia decrépita, asfixiándose en la decadencia de sus rincones. Y en ella sólo estaba Jimena, el amante de su madre, un hombre viejo que la miraba obsceno, los sirvientes también empolvados, avejentándose como los cuadros, inmóviles, vistiendo siempre el mismo uniforme, llevando en las manos los trapos eternos, las escobas añejas, los sacudidores desplumándose.

 

De vez en cuando estaba también su madre, una mujer de figura esbelta y lejana, deshaciéndose, un vestido de seda y un sombrero Chanel de ala ondulada, la piel muy blanca, como la de Jimena, etérea, los ojos taciturnos, recostada sobre un camastro, envuelta en la luminosidad de la tarde, en una bruma irreal, la madre de Jimena, Jimena misma a una edad lejana y triste, fantasmal.

 

Alguna vez la veo ahí, la madre de Jimena. Está recostada sobre el camastro y toma el sol blanquecino de la tarde, da vuelta a las páginas de un libro muy lentamente, con una melancolía imposible, como si diera vuelta a una página de su vida misma. No mira hacia ninguna otra parte, está apartada del mundo, apartada de esa imagen, flotando en un tiempo remoto, no mira a Jimena, ni al hombre del dinero que es su amante, que es su última estación, su barco de salvación. Y el hombre sabe que ella no mira a nadie, que ya no tiene fuerzas para mirar, que ha perdido la juventud, que se acabaron los bienes, se acabaron los lujos, terminaron las veladas tumultuosas en las terrazas y los salones, las galas con ruido de copas y voces rotundas extendidas hasta el amanecer, que con todo eso se fue también el valor, el coraje indispensable para volver el rostro a su alrededor.  Él puede entonces mirar a Jimena, sabe que puede hacerlo, sabe que nada se lo impide, que será así a partir de ese momento porque la madre se  ha perdido para siempre en las páginas de su vida, porque  ahora Jimena está sola. Sola dentro de esa piel translúcida, dentro de sus ojos azules, del mar revuelto que lleva en las pupilas, sola dentro de sus cabellos y sus pechos, dentro de sus piernas marmóreas.

 

El hombre mira a Jimena sin censura, sin ningún escrúpulo, obsceno y animal, la mira a su antojo, le desgarra las ropas con los ojos y le tritura el cuerpo, lo exprime y lo macera y lo revuelca, se lo hace pedazos, los trozos de carne y sangre desnuda estallan en sus ojos lobunos, luego están esparcidos por todo el jardín, entre los árboles, junto a las hojas de la enredadera, a la orilla de las aguas turbias, escurriendo a lo largo de los colores del mosaico. 

 

Jimena, su belleza trasatlántica de niña dorada tornándose mujer. Es para dar pena, para llorar durante cientos de años. El viejo adinerado mira, persigue con los ojos turbios, luego mirarán también otros, podrán mirar los que quieran.  La madre está ahí recostada, dando vuelta eternamente a la página, no querrá ver, no querrá darse cuenta nunca, Jimena corre desnuda por un sendero oscuro, corre de prisa, sola, aterida, cubriéndose con las manos, huye del horror, del crepúsculo de los años niños, huye a lo largo de las noches, a lo largo de una misma penumbra, por lo que le reste de vida. 

 

La casa permanece ahí, con sus techos inclinados y sus terrazas amplias, avejentadas, su piscina abandonada rodeada de un reborde de mosaico multicolor, un viento otoñal arrastra las hojas secas que acaban en las aguas pardas.   

 

 

 

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   relato, adolescencia, ficción

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