La Cárcel del Dolor

FUENTE: Pinterest

Por NORMA VELAZCO     

De niña tuve una infancia muy feliz. Era una niña muy energética y mis padres no podían mantenerme un segundo quieta. Ya en la escuela comencé a practicar deporte, e inmediatamente mis maestros de educación física me encontraron habilidades para todo, especialmente para deportes con balón. Practiqué futbol desde muy pequeña, baloncesto, vóley y de manera particular mis padres me llevaban a clases de squash. También formé parte del club de atletismo y participé en los torneos con garrocha. Era una verdadera deportista, esta práctica me duró hasta los dieciocho años, momento en el que ingresé en la universidad, pero nunca dejé de practicar ejercicio del todo, y me aficioné a la carrera.  La mayor parte de los amigos y familiares pensaban que iba a terminar practicando un deporte como carrera. El tiempo como universitaria transcurrió sin problemas, entre estudio y ejercicio. Conocí a mis mejores amigos en esa época, y en general llevaba una vida feliz. Sin embargo, en el último año de la carrera las cosas comenzaron a cambiar para mí. Una mañana me desperté con fuertes dolores en el cuello, los brazos, la cintura y las piernas. Al principio lo atribuí a mi práctica cotidiana de carrera, pero los dolores permanecieron a lo largo del día, y ningún remedio que mi madre me aplicó sirvió para disminuir el dolor. A partir de ese día, cada mañana al levantarme sentía una rigidez generalizada y me llevaba una hora lograr ponerme de pie y estar más o menos lista para mi rutina diaria. Comencé a preocuparme. Los dolores eran cada día más intensos, y en ocasiones me impedían por completo cumplir con mis responsabilidades. Finalmente llegué al consultorio del doctor arrastrando los pies literalmente. Me practicaron una serie de pruebas y después de prácticas dolorosas que me sacaron algunas lágrimas, movimientos de extremidades y punciones en distintas partes de cuerpo, el médico determinó que tenía Fibromialgia.

La característica principal era una sensibilidad extrema al dolor, rigidez matutina, cansancio y en ocasiones depresión 

 

Yo nunca había escuchado dicha palabra, y desconocía por completo la existencia de tal enfermedad. El doctor me explicó que era una enfermedad que atacaba a músculos y tendones en diversas partes del cuerpo. La característica principal era una sensibilidad extrema al dolor, rigidez matutina, cansancio y en ocasiones depresión. Me animó diciéndome que había algunas medicinas que aminoraban o controlaban la intensidad del dolor, pero, por otra parte, la gravedad de la enfermedad variaba dependiendo del paciente. Por fin tuvo que decirme que a menudo la Fibromialgia resultaba altamente incapacitante, y que definitivamente no había cura para esta condición. Salí del consultorio totalmente abatida, siempre había sido una mujer de mucho empuje, con energía de sobra para realizar toda clase de tareas, con una disciplina férrea que me hacía afrontar cualquier reto. Ahora me sentía completamente desolada y mi futuro se avizoraba negro y sin esperanza, al menos así me sentía.

Con mucho esfuerzo pude graduarme, aunque obviamente no pude asistir a la fiesta de graduación ni volví a ver a mis compañeros de generación

Los días que pasaron después del funesto diagnóstico fueron terribles. La rigidez corporal por las mañanas era más difícil de soportar. Tuve que renunciar a mis caminatas matutinas porque el dolor en el cuerpo era sencillamente insoportable. A veces, salir de la casa y sentarme en la banca de la escuela o en cualquier sitio me provocaba dolores indecibles. Caminar por más de quince minutos me resultaba agotador, y finalmente con todo el dolor de mi corazón tuve que renunciar a seguir yendo a la universidad. Desde casa comencé a estudiar para los exámenes, me restaban tres materias para concluir la curricula escolar. Los maestros al conocer mi enfermedad fueron muy solidarios y me enviaron a casa los exámenes finales para que los respondiera. Con mucho esfuerzo pude graduarme, aunque obviamente no pude asistir a la fiesta de graduación ni volví a ver a mis compañeros de generación. Ya con las energías muy mermadas me dediqué a hacer la tesis, mi asesor uno de los maestros más connotados de la universidad acudió a mi casa para apoyarme en mis dudas y ayudarme a terminar el trabajo de investigación. Agradecí infinitamente tanta buena disposición y solidaridad por parte de mis maestros, porque de otro modo no habría podido concluir mis estudios. Alguno de mis mejores amigos de esa época acudieron a verme algunas veces, y su presencia me levantó el ánimo enormemente. Sin embargo, los dolores y la rigidez continuaban cada día, y a veces resultaban tan insoportables que ni siquiera podía levantarme de la cama. A veces incluso el roce de mi cuerpo con las sábanas me producía dolores indecibles, ese fue el inicio de mi viacrucis. Con el tiempo las cosas se agravaron, no pude ejerces salvo por temporadas cortas en las que los síntomas de la enfermedad disminuían temporalmente. Mi vida comenzó a ser totalmente atípica. Mis amigos continuaron con sus vidas y yo me quedé prácticamente sola, y encerrada en esa terrible cárcel de mi dolor llamada Fibromialgia.

Han pasado quince años de mi padecimiento, poco a poco tuve que habituarme a mi “forma de vida”, y principalmente encontrar mucha resignación para vivir el día a día. Mis padres han sido mi compañía y mis salvadores, gracias a ellos sobrellevo la soledad a la que me destinó esta enfermedad, y me ayudan en mis necesidades más ingentes. Nunca me han dejado sola, ni han dejado de impulsarme en este difícil camino. Gracias a ellos he tomado cursos ocasionales y he tenido la oportunidad que conocer algunas personas que me ayudan a sentirme menos sola. No es una enfermedad que se le desee a nadie, pero sé que hay vidas peores que la mía y después de todo me dedico a contar mis bendiciones en lugar de caer en una actitud fatídica y pesimista. Tal vez algún día en un noticiero de manera inesperada anuncien una cura para mi enfermedad. Mientras tanto aprovecho los momentos que el dolor me libera de su cárcel y trato de ser feliz con lo que tengo y con lo que soy.

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