La antigua costumbre de conocerse

                                                                       

por La Orgullosa

Cuando iba a la preparatoria, todo era simple y las personas aún no tenían miedo de enamorarse. Si a un compañero le atraía una chica de la clase, empezaba por enviarle mensajitos a través de sus amigos y, automáticamente, se convertía en su admirador secreto.  

 

Después de algunos breves intercambios epistolares, en los que él le decía lo que de ella le gustaba, el galán descubría su identidad mediante la entrega de un regalo que, generalmente, era una flor. Si su presente era aceptado, a partir de ese momento iniciaba una serie de breves encuentros durante los descansos escolares.  

 

Con base en pueriles y breves conversaciones, ambos comenzaban a enterarse de sus gustos, intereses y alguno que otro suceso divertido de sus vidas. Poco a poco las entrevistas aumentaban en número, y comenzaban las primeras salidas a tomar un helado, al cine, y cuando la seriedad de la relación iba creciendo, él la invitaba a bailar.  

 

Detalles más, detalles menos, ese era el recorrido habitual que seguían las parejas para conocerse. A medida que convivían, se enteraban de datos interesantes acerca del otro. Luego, llegaba el momento en que la chica llevaba al susodicho a su casa por vez primera, con la intención de presentarlo con sus padres. Así, el joven empezaba a participar en las reuniones familiares, a trabar amistad con los hermanos, los primos, mientras ambos seguían descubriéndose en un romántico idilio que a veces duraba varios años. 

 

Cuando la pareja se conocía en el trabajo, la situación no era muy diferente. Lo fundamental era tratarse durante varios meses para descubrir, poco a poco, las bondades —y también los defectos— de quien tenían enfrente, pero no para desecharlo —en caso de hallar algo no tan grato—, sino para ahondar en la relación y en el afecto.  

 

Había otros sitios en los que podías conocer personas como los clubes deportivos, talleres de actividades artísticas, e incluso fiestas o discotecas. Pero después de las presentaciones respectivas, y una vez que se hacía patente el interés mutuo, lo relevante de la relación era el tiempo que se daba la pareja en cuestión para tratarse, para irse conociendo en todos sus detalles, hábitos, intereses comunes, expectativas acerca de la vida, etcétera.  

 

En los tiempos que corren las relaciones de pareja —junto con la globalización— parecen haber sufrido el impacto de un cambio en el que todo puede transformarse en mercancía y, como tal, comercializarse.  

 

Más allá de la atracción natural, hay otros intereses que entran en juego a la hora de elegir pareja. Así como los divorcios, el amor también se ha vuelto exprés. Las personas traban relaciones por las razones incorrectas: inseguridad, miedo a la soledad o el deseo de poseer —como si el dilema estuviera entre elegir un Aveo o un Mercedes Benz—. Pero lo más terrible de todo es que con la prisa de tener a la pareja del año, nos olvidamos de su calidad como ser humano, y lo último a lo que le prestamos atención es a conocer en todos sus detalles a la persona con quien pretendemos involucrarnos, nos olvidamos de que es única y diferente a nosotros.  

 

Como objetos que solemos ser los unos para los otros, nos tratamos y nos intercambiamos sin reservas. Cuando un enamorado descubre un defecto en su pareja, inmediatamente busca intercambiarla por una menos defectuosa, por lo menos en apariencia. O si las exigencias de él o ella empiezan a avasallarnos, no nos estresamos en exceso porque ya conocemos la salida: bloquearla en nuestras redes sociales, evadirla y desaparecernos para salir en busca de un nuevo objeto de intercambio. En ese ir y venir de relación en relación pasamos por alto la experiencia del descubrimiento mutuo que debería ser la cercanía con el otro (a quien en un principio creímos amar). 

 

Y así —transformando en objetos a nuestros congéneres—, vamos por la vida rompiendo autoestimas y vendiendo nuestra alma al diablo, al convertirnos en expertos jugadores de lo que hoy es la ruleta rusa del amor; si resultamos heridos, nos volvemos más astutos para no volver a caer en las redes de una sensación que —en lugar de cobijarnos y hacernos crecer— se vuelve riesgosa e indeseable; si somos los vivales desalmados a los que nuestra inteligencia nos previene de sentimentalismos obsoletos, sin darnos cuenta quebrantamos nuestra capacidad para amar y nos transformamos en expertos ejecutivos sinior, en el negocio del intercambio amoroso. 

 

Desde mi óptica, es muy simple lo que debemos hacer: pese a que el amor no resulte un negocio rentable en la actualidad, hay que retornar a las antiguas costumbres de tratarnos como individuos, mostrar un auténtico interés por saber quiénes somos a la hora de encontrarnos repentinamente en el camino de la vida.  

 

Y aunque eso requiera tiempo y esfuerzo, afanémonos en descubrir las sutilezas en la personalidad del hombre o la mujer que nos hizo el día con su sonrisa o renovó nuestra esperanza al dedicarnos un saludo. No todo debe iniciar a partir de satisfacer un interés o llenar un vacío. A veces, la amistad es un camino hacia el encuentro de dos seres que saben sentir y amar, y que tienen el valor de intentar la maravillosa experiencia del autodescubrimiento en pareja.  

 

Ya lo dijo Erich Fromm hace más de medio siglo (El arte de amar, 1956): amar es preocuparse por el otro, respetar su individualidad, protegerlo desinteresadamente y responsabilizarse de su persona. Desde luego, ese último aspecto incluye el ámbito emocional. 

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La Orgullosa

Amante del amor y la sexualidad en todas sus formas. Fogosa y apasionada. Impulsiva y testaruda a más no poder. Interesada en los temas prohibidos y controversiales. Se cree poseedora de la razón, y es investigadora incansable de los misterios de la psicología humana.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   amor, pareja, relaciones, La Orgullosa

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