Kilómetro 43

FUENTE:  Getty Images                           

Por Eréndira Svetlana

JULIO 09 2018

Cuando voy corriendo cierro los ojos. No, en realidad no los cierro; están abiertos, pero yo no estoy viendo. Al paso de los kilómetros me doy cuenta de que no he visto nada, no recuerdo por dónde he pasado, qué o quién pasó cerca de mí. Porque en realidad hace rato que no vengo viendo afuera, estoy viendo hacia dentro, hacia mis pensamientos, como en los sueños. Correr es una forma de ver hacia dentro, de enclaustrarse en uno mismo, de sustraerse al mundo y vivir el sueño infinito de la introspección.

No sé por qué empecé a correr. De eso hace muchos años. Lo que sí sé es por qué sigo corriendo. Correr es prolongar ese viaje al abismo de uno mismo que son los sueños.

Cuando corro, a veces recuerdo la imagen de mi tío Julio Alfonso, el que corría, el que hizo de ese deporte una forma de vida. Veo su camiseta de atleta, sus shorts casi a la altura de la cadera, su peculiar manera de portar esas prendas. Tenía la piel curtida por el sol de tantos años de entrenamiento, debajo los músculos hechos una piedra a fuerza de someter el cuerpo todos los días al extremo de la perseverancia, a la extenuación física desmesurada. Quienes lo conocimos tenemos guardada esa imagen en la mente. Todos teníamos secretos pensamientos cuando lo veíamos, del tipo de “qué extremo”, “qué martirio”, “es un autosacrificio”.

Las veces que presencié ese espectáculo, esa pavorosa intensidad, casi siempre tuve miedo. También muchos deseos de ser así, de sentir así, de vivir la vida de esa manera tan tremenda, tan estruendosa, de esa forma desproporcionada. Viéndolo correr tuve tantas veces ganas de ser como él, de fundir la ira y la ansiedad de vivir llevando mi cuerpo al límite, al extremo del dolor y al éxtasis liberador que eso produce. También tuve siempre la sensación de que ese era el único camino posible, la única forma de sacar ese grito desgarrado y ensordecedor, atragantado en las entrañas, de que la angustia de existir haga su irrupción atronadora en la atmósfera sorda del exterior.

Siempre tuve esa convicción. Algún día yo emprendería ese rumbo irremediable. El rumbo de mi liberación.

Empecé a correr hace muchos años, tal vez algunos cuantos antes de que él terminara su tiempo de comparecer ante su propio sueño, el tiempo infinito de devorar la distancia, kilómetro a kilómetro, como devorar los años, como negarse a vivirlos a través de ese sueño fingido que es correr y correr, incansablemente, con obstinación, más allá del cuerpo, de su materia, traspasando el límite de lo posible.

Empecé a correr sin saberlo, sin hacerlo consciente, sin entender lo que solo se comprende en el lenguaje álgido del cuerpo, al cabo de cientos de kilómetros de abandono, en los vocablos de la extenuación. Ahora lo sé.

Al cabo de tanta distancia acumulada, de años de tener sed, de no saciarla. Corro como él porque la vida duele, porque ese dolor es infinitamente insoportable. Durante todos estos años he perseguido como él ese dejar de sentir sintiendo, rebasando la frontera de la cordura, desquiciando empecinadamente el umbral del miedo. No existe meta. No hay nunca un final del camino. Descubrirlo lleva una vida delirante de carrera frenética, de cansancios oníricos. No hay otra cosa en ese camino, solo kilómetros recorridos, senderos desolados por delante, compañeros del mismo sueño corriendo sus propios infiernos de negación.

Existe un solo maratón infinito, inabarcable. Unos a otros nos pasamos la estafeta cuando el latir desbocado del corazón alcanza su último impulso, lanzándose a la negrura del abismo.

Me veo a mi misma corriendo siempre en pos de esa última quimera. Cuando corro no estoy viendo, cierro los ojos sin cerrarlos: lo veo a él, ese hombre que hizo de la carrera una forma de vida, lanzándose onírico a su abismo, soltando amorosamente su estafeta, detrás de sus pasos los míos, volando, mis manos en el aire la alcanzan y la sujetan en el último intemporal instante… y sigo corriendo este maratón onírico, interminable.

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