Karina Isabel

 

 

                                                                         

por Mariana Tristán

Karina Isabel la recuerdo como una estrella luminosa y frágil durante nuestros años de secundaria. Era una secundaria pública, asistíamos ahí niñas y niños de todas las estirpes sociales, pero sobre todo adolescentes de vidas rotas ya desde entonces, abandonados a veces, rebeldes la mayor parte del tiempo. Recuerdo sobre todo a mis compañeras de esa época, mujeres precoces y niñas aún a la vez.  De rostros marcados por sus vidas de vergüenza, por sus rutinas alternas dentro de las casas, las vidas domésticas al terminar las clases. A todas hubiera querido escucharlas. De todas hubiera querido tener palabras en el recuerdo. Hubiera querido hablar como ellas. Con simpleza, de la forma natural en que hablaban en los corredores y dentro de las aulas en los descansos, justo antes de que el maestro en turno apareciera por la puerta en ruinas del salón de clase. Hablar sin que una muralla insalvable se alzara delante de mí, entre mis palabras y el resto del mundo. Hablar sin que importara. Como un evento trivial.

  Eran niñas adolescentes de todas las apariencias. Estaba Claudia Beltrán por ejemplo. Pequeña y pecosa, el pelo castaño, de pies finos dentro de sandalias ligeras, casi volátiles. Flotaba al caminar. Su voz aguda se enredaba  haciendo nudos en la memoria. Y estaba también Guadalupe Fierro, imponente, de torso casi masculino, el cabello muy corto sobre la nuca, la nariz increíblemente puntiaguda y fina, una cara también fina, haciendo un contraste inmisericorde con el resto del  cuerpo. Inexplicable. Jugaba bolley-ball en los recreos, golpeaba con brutalidad la pelota desde el fondo de la cancha. Temible Guadalupe Fierro. Lupita, para los pocos que se atrevían a hablar con ella.

 

A Ludka Pineda la recuerdo también. Los ojos verdes, la tez dorada, rubia oscura, también corto el cabello, arriba de los hombros, pequeña y llenita,  lloraba siempre. Sus ojos se hacían agua con cualquier pretexto, cuando el maestro le hablaba de frente, cuando se le cuestionaba lo más simple, cualquier tontería, cuando era reprendida o simplemente cuando se le hablaba. Siempre. Ojos de agua, deshaciéndose en manantiales lánguidos. Por lo demás ojos serenos de un verde apacible cuando no lloraba. Quise saber siempre el motivo de ese llanto fácil e inmediato, siempre presto en sus ojos de pestañas densas y húmedas. Trataba de imaginarlo. Tenía teorías diferentes. En una, Ludka era golpeada ritualmente todas las noches al llegar a casa, sin motivo alguno, para deleite de sus padres sádicos únicamente. En otra, su madre había enfermado de muerte, irremediablemente, la cuidaba su padre, frío y taciturno, del todo  torpe e incapaz para lidiar con Ludka. Su madre no enfermó nunca, era una mujer sana. Visitó al maestro alguna vez en la dirección escolar. Era rubia oscura igual que Ludka, y hermosa como ella, de ojos serenos y verdes. Miraba distraída y melancólica a través de la ventana mientras el maestro le hablaba de su hija. 

 

Recuerdo a otras también, Irina Méndez, ágil y ruidosa, campeona estatal de gimnasia, Yolanda Rangel,  morena,  muy delgada, el rostro pequeño, casi insuficiente para albergar el conjunto de los ojos, la nariz chata,  la boca de labios carnosos y salientes, el gesto ofuscado eternamente por alguna afrenta desconocida de origen en la niñez.  Amanda Lagos, bella y esbelta, distraída, perdida todavía en la infancia. Angeles Orozco, de rasgos anodinos y tez pálida, la falda muy corta, despiadadamente corta. Antes, durante la primaria, Angeles llevaba la falda del uniforme  también por arriba de las rodillas y en el recreo único permitía a los niños de cuarto grado tocar sus piernas hasta el nacimiento de los muslos,  a veces  aún más allá, cuando había junta de maestras, cuando el recreo  se alargaba interminablemente, nebuloso y sofocante bajo las lenguas de fuego del cenit. Luego también alguna vez en los baños de niñas, detrás de la puerta de lámina oxidada de un excusado, se dejaba tocar largamente por algún niño mayor. Lo hacía casi como una rutina, su rostro permanecía indiferente mientras el niño tocaba álgido y palpitante. Recibía monedas de cinco, de diez pesos, y golosinas extravagantes de la cooperativa escolar.  Faltaba mucho a clases. Durante días. Cuando volvía tenía la piel más pálica,  más profundas las cuencas violáceas debajo de sus ojos.

En las vidas cotidianas de todas ellas debía haber tragedia y desdichas. Silencios inquebrantables como los nuestros. Allá lejos, en esa otra vida, al llegar a casa. Se les notaba en el gesto de rabia, en las miradas desafiantes.  En la forma de tratarse unas a otras, con ferocidad. En ese ser por dentro lleno de abyección, tan despiadado algunas veces.

Y recuerdo también a Karina Isabel. Luminosa. Deslumbrante. Con el pelo rojizo y largo sobre los hombros y la espalda, casi hasta la cintura. La tez fina y clara, los ojos castaños. Una sonrisa diáfana e impecable, de una bondad imposible, desconcertante en medio de la rabia y la inmundicia de esa colectividad desquiciada que era nuestra secundaria. Tenía una sonrisa transparente Karina, y era muy generosa, de inteligencia notable, la primera de la clase siempre. Ajena a la insania a su alrededor, a la suciedad del mundo, la perversión  de ese pequeño universo adolescente.  Siempre radiante e inmaculada, sonriente y amable con todos los compañeros. Venía de otro mundo seguramente, un mundo dichoso, de vocablos desconocidos, de limpieza amorosa y orden sagrado. Un mundo como ella, sin mácula.

 

Fue reina de la amistad en segundo año. Subió radiante y sublime a un estrado improvisado en el antiguo salón de cantos. Se sentó en el trono de utilería barata y le fueron impuestos por la directora la corona y el cetro de piedras nacaradas de fantasía. La mirábamos atónitos, sin saber qué hacer. Sin entender la belleza lejana de ese rostro inconcebiblemente hermoso, de sus gestos elegantes. Después alguien chilló con estridencia algo incomprensible en las bancas del fondo, hubo un tronido seco y del centro de la formación comenzaron a salir chispas violentas y ráfagas de humo. Las chispas volaban hasta el estrado. Se desató una trifulca cerca de donde salía humo. Había gritos y empujones, todos corrían y tropezaban unos con otros. Una de las chispas cayó en el vestido de Karina, pequeñas llamas se esparcieron rápidamente en la orilla de la falda y los maestros alarmados le apagaban el vestido con cuadernos y sacos, casi golpeándola.    El caos se hizo incontenible un poco más tarde. El prefecto gritaba enérgico y desafiante por el micrófono, pero nadie escuchaba. La directora suspendió el evento. Salimos en desorden corriendo hacia nuestras aulas. El salón se quedó desierto. Karina Isabel bajó del estrado con su vestido  vaporoso chamuscado y  el rostro lívido cuando ya no había nadie. 

Después, cuando somos mujeres maduras, tristes y taciturnas, de cuerpos ajados y abandonados a la desidia de los años de envejecer, vuelvo a ver a Karina Isabel.  Afuera de una tienda de ropa, mira extraviada los aparadores. Ella nunca me ve. Lleva traje de oficinista, saco corto y falda lisa, oscuros.  Su apariencia es corriente, maltratada. La blusa lustrosa color crema le sale un poco de la falda desajustada como solía salírsele a mi madre durante las faenas interminables de su rutina en la edad madura, mientras nos criaba. La piel de su rostro es como la mía, seca y acartonada. Un rostro exangüe, de opacidad despiadada. Está sola, mira hacia los aparadores y el interior de la tienda con esa mirada perdida y seca de los perros viejos y flacos que erraban  por las calles desiertas de nuestro suburbio en la infancia.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   secundaria, adolescentes, recuerdos, Mariana Tristán

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