Georges, ¡ese gran mentiroso!

FUENTE: © El viaje lunar de un hechicero, de Diego Álvar                              

Por Tonatiuh Arroyo

JUNIO 13 2018

Apenas habían transcurrido seis años de la ostentosa Exposición Universal de París de 1889, aquella en la que William Frederick Cody, mejor conocido como Buffalo Bill, presentara un espectáculo sobre el salvaje Oeste (Bill’s Wild West Show), y la misma en que se inaugurara la Torre Eiffel.

 

En Francia ya se respiraba la atmósfera de la Belle Époque —bautizada así por los más románticos—. Apenas había transcurrido poco más de un siglo de la toma de la Bastilla; la aviación avanzaba de manera importante hacia el desarrollo de su industria; la República Francesa era la segunda potencia financiera mundial, después de Inglaterra, y los hermanos Lumière hacían público su invento. 

 

Esta historia inicia con la invitación que el padre de los Lumière, Antoine, le hizo al director del Teatro Robert-Houdin un día en que se le acercara durante su camino al escenario en el que se ofrecían las Grandes Matinées de Presdigitation.  

 

Ambos lucirían como dandis, con elegantes fracs oscuros, chalecos y corbatines a tono sobre camisas almidonadas, sin mácula. Antoine, de entonces 56 primaveras, se dirigiría al joven Georges, de 34, con las buenas maneras de los burgueses de esa etapa:

 

—Señor Méliès, al ser conocedor y admirador de su reputación como espléndido ilusionista, quisiera invitarlo a que asista al Grand Café para mostrarle algo que probablemente lo sorprenda, si es que eso fuera posible…

­

—Ya ha sido una sorpresa grata que usted sepa de mi trabajo. Asistiré, por supuesto, porque las personas como yo, que trabajamos con la imaginación y la fantasía, no estamos acostumbradas a lidiar con las certezas.

 

La fecha de la invitación hecha por Antoine había sido programada hacia los últimos días de diciembre de 1895. Rumbo a su destino —en el Boulevard de los Capuchinos 14—, Georges Méliès revisaba de nuevo el texto del programa ofrecido en el Salón Indio del Grand Café obsequiado por Lumière:

 

Este aparato (el cinematógrafo), inventado por los señores Auguste y Louis Lumière, permite recoger, mediante series de instantáneas, todos los movimientos que, durante un tiempo dado, se sucedieron ante el objetivo, para luego reproducirlos de tamaño natural en una habitación mediante la proyección en una pantalla.

 

La presentación de los inventores franceses incluía diez registros —que aún no eran llamados “películas”— hechos por el nuevo aparato, entre los que se incluían El regador regado, La comida del bebé, La llegada al congreso de fotografía de Lyon y El mar, baño en el mar.

 

Desde la primera proyección, La salida de la fábrica Lumière en Lyon, el exitoso empresario Georges —quien diez años atrás había vendido su parte de la herencia paterna generada en la industria del calzado a sus hermanos y la había utilizado junto con la dote de su primera esposa, Eugénie Genin, de 25 mil luises de oro, para comprar el foro en el que se había labrado una destacada trayectoria como prestidigitador— se abría paso entre las mujeres ataviadas con elegantísimos polisones en colores verdes y ocres, y entre los varones con capa española y sombreros de bombín —quienes al igual que él se encontraban estupefactos ante lo visto—, para llegar hasta Antoine y ofrecerle mil luises por el invento.  

 

La negativa del patriarca de los Lumière lo orilló a contactar a otro hombre de ciencia, el inglés Robert William Paul, para adquirir un proyector óptico que el mismo Méliès pudo transformar en una cámara.

 

Luego de eso y de una inversión de mil 400 luises en película virgen que le compró a la Kodak, el mago francés daría inicio a una trayectoria como realizador que influiría de manera determinante en la que, posteriormente, sería llamada la industria del cine.

 

 

 

Fuente. Marcellin Auzolle. Wikipedia

En un principio, Georges no varió lo hecho por los Lumière, sus filmes retrataban escenas de la cotidianidad francesa. Después de Partida de naipes, su primer registro con la cámara, los subsecuentes no se alejaban de las imágenes proyectadas en el Grand Café, las cuales retrataban de manera ingenua las contradicciones y desigualdades sociales de la Belle Époque —no tan bella, por cierto, para los obreros, campesinos y sectores populares parisinos—, o de la reproducción en movimiento de los gags de las tiras cómicas publicadas en los diarios.

 

Luego de la producción de casi 80 películas de menos de un minuto, el atasco momentáneo de la cinta que rodaba con su cámara en la Plaza de la Ópera, en París, que transformara un omnibús en carroza fúnebre al proyectarse, le daría un giro radical a lo que realizaría después.

 

El genio inquieto de ese hombre talentoso —dibujante, escenógrafo, director de escena, ilusionista— en menos de dos años de exploración de las posibilidades de aquel instrumento mágico que había llegado a sus manos haría eclosión y le revelaría su sino.

 

Y entonces la acción de grabar con la cámara desarrollaría una técnica, y se proyectaría en la pantalla del Robert-Houdin Escamoteo de una dama, y Méliès asumiría la posición más afortunada para el desarrollo del cine: dejar a un lado la idea del registro de la realidad para darle rienda suelta a su imaginación de hechicero y crear mundos fantásticos, viajes extraordinarios que evadieran a los espectadores del incremento en los índices de suicidios, del aumento en los asaltos perpetrados mediante el uso del automóvil (cuyo comercio era floreciente en esos años), del avance del alcoholismo como problema de salud pública o de las huelgas obreras.

 

Georges había optado por convertirse en un gran mentiroso, en un dios creador de universos fantásticos, de posibilidades ilimitadas. Como mago, se presentaba ante el público como un mentiroso excepcional, un artista del engaño, cuyas invenciones le lanzaban anzuelos a un público que, lejos de sentirse timado, se regodeaba en esas visiones de ensueño.    

 

En 1897 fue uno de los primeros realizadores en contar con un estudio para llevar a cabo sus filmaciones. Se trataba de un castillo de cristal hecho de esa manera para aprovechar la luz natural, y para 1902 consagraría su reputación como padre del cine con la proyección de Viaje a la luna (Le voyage dans la lune).

 

Como todas las historias, esta, la del Méliès genial, concluye con una decadencia injusta en términos del esplendor vivido. Georges murió el 21 de enero de 1938, a los 76 años, en una pensión para actores indigentes ubicada cerca de París, en la ruina absoluta.

 

Al menos pudo vivir el rescate efímero del olvido gracias a Léon Druhot, director de Ciné Journal, quien luego de un encuentro casual con el salvador del arte cinematográfico, tuviera la iniciativa de celebrar una gala en su honor, en 1929: la Gala Méliès, en la Sala Pleyel de París.

 

Recientemente, Google dedicó su primer doodle interactivo de 360 grados a este ilusionista, cuya contribución al séptimo arte fue la reconquista de un medio de expresión que sin su intervención nunca hubiera alcanzado la gloria y relevancia de las que goza hoy.

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