Fotografía en el

Louvre

 

 

                                                                         

por Mariana Tristán

Sí, es el Louvre, estoy en la entrada principal, una estancia enorme que en vivo parece una gigantesca plaza comercial, con escaleras eléctricas y muchos pasillos, llena de gente que sube, que baja, que sale y entra todo el tiempo, como si los segundos se les estuvieran acabando velozmente y no hubiera mañana.  Es el verano más caluroso de la historia de Europa,  el que registra la mayor cantidad de turistas que hayan visitado el Continente en la misma semana.

 

Al centro de la gran entrada del Louvre, está la pirámide invertida, la famosísima pirámide invertida. Por arriba de ella, sobre la plaza al aire libre fuera del Louvre, está la otra, opuesta a ésta, de mayor tamaño, también de cristal. A través de ella se filtran hasta aquí los rayos del sol a mitad del día, inundando de luz refulgente esta gran estancia.

 

Estoy en París. Finalmente estoy en París. Creo que es un jueves de julio, faltan algo así como seis o siete días para que cumpla 38 años. Deben ser las dos de la tarde, afuera hace un día hermoso, con un europeo sol persistente que en esta época del año prolonga sus rayos más allá de las nueve de la noche y hace de los atardeceres un espectáculo eterno y alucinante.

 

Sin embargo yo voy abrigada, en la foto llevo una blusa gris de cuello alto, mi blusa milenaria, porque París y su clima son tan impredecibles como delirantes y el medio día más soleado de verano se puede convertir, en un segundo, en una tarde invernal con ventiscas heladas y tenaces brisas que taladran la piel de la cara. Llevo también mis habituales pantalones de mezclilla. Son nuevos aunque luzcan deslavados y sucios. Se ven así porque se han vuelto mi segunda piel desde que salimos de México; permanecerán en mis piernas hasta la mitad de este viaje, cuando ya se paren solos de tan mugrosos, porque solo llevo otros de repuesto en la maleta, y pienso reservarlos para la segunda parte de la travesía.

 

En la mano izquierda llevo un rompevientos y una bolsa de papel, es de la tienda del Louvre, acabamos de hacer una visita express al museo y al final he comprado un libro sobre todas las cosas que no vi, sobre las que ignoro que en realidad si vi, pero mi memoria no registra porque hay un millón de cosas que saber de arte en este lugar para entenderlo, y yo desde luego las desconozco casi todas.

 

La mano derecha es sobre la que estoy apoyada y la que en verdad me delata. Aunque parece una postura natural a primera vista, en realidad estoy tensa y la posición es forzada. Sé, por esta postura, que estoy ansiosa. Mi mano derecha generalmente se pone rígida cuando estoy tensa o angustiada, los cinco dedos extendidos, los tendones a tensión levantando la piel seca del dorso, pero sobre todo la articulación de la muñeca, doblada sobre sí misma, soportando una presión adicional a la de mi peso, la presión impuesta por la contracción inconsciente de los músculos, una contracción que ordena el cerebro desde un rincón remoto donde se aloja mi ansiedad, sin pasar por el área de la conciencia y la voluntad.

 

Mi cara en cambio, dice algo distinto. Ese rastro de desasosiego tan habitual en mi gesto, se ha disipado. Estoy despeinada, un cansancio muy viejo se percibe en mis ojos, en la forma en la que estoy mirando a Javier, que ha insistido en tomarme la foto, justo en ese momento, en ese lugar, en esa postura, con el Louvre y su pirámide invertida como fondo y la nitidez de esa luz inundando la plaza. Estoy cansada. Es el cansancio de hoy, el de ayer, el de antes del viaje, un cansancio acumulado de años, de discusiones eternas que una mañana  sin más se instalaron en la rutina diaria y ahora son la estructura misma de los días. 

 

Pero mi gesto ha cambiado porque justo en este instante he renunciado. Javier y yo hemos peleado más que nunca los últimos días, aún más que lo que acostumbramos. Y no es en realidad que acceda a la foto en la que él insiste con imprudencia, accedo a sentarme por un par de segundos para ver pasar al mundo con su vertiginoso andar y sus exigencias interminables, sin tener que formar parte de todo, aunque sea sólo por un momento. Cuando me siento, el tiempo se detiene y sin darme cuenta dejo a un lado el peso que llevo cargando, el de un número infinito de años de desear, de pelear con Javier, de ceder en lo que sé que él no cederá, de tratar de arrebatar lo que sé que no me va a dar.

 

Finalmente estoy aquí, en París, y en ese pequeño instante de paz, pareciera que todos estos años no hubieran sido otra cosa que un lento y apesadumbrado caminar forzando los hechos para llegar a este punto, a este preciso momento, el de estar yo aquí, lejos de los barrotes de mi mundo asfixiante,  en la volatilidad de un mundo nuevo y desconocido, un mundo que, a pesar de la presencia de Javier, me hace sentir liberada momentáneamente.

 

Sin embargo, en la foto estoy triste. Me gusta esa foto. Nunca me han gustado las fotos en donde aparezco, pero la foto del Louvre me gusta mucho. Todas las fotografías son como un parte aguas, un momento captado en un instante que divide el tiempo de manera inevitable en un antes y un después. A mí el instante captado en ésta foto me gusta mucho. Tiene un solo  “antes”, los muchos años que he vivido con Javier.  Lo que me fascina del momento es que también tiene muchísimos después, los que estoy imaginando en ese preciso instante, las múltiples posibilidades que están pasando por mi mente ahí, sentada bajo esa pirámide luminosa y mágica.  

 

A pesar de la tristeza y el cansancio, a pesar de mi mano tensa delatando la angustia de un “antes” que ha sido eterno hasta ese momento, estoy sonriendo casi subrepticiamente, porque la luz de esa plaza en el Louvre me ilumina de pronto los destinos en la imaginación, y se me ocurre que en ese mismo momento, entre tanta gente turisteando en el verano parisino, podría  perderme tal vez.

 

Tengo mi pasaporte en el bolsillo trasero del pantalón, y ahora mismo, cuando Javier quiera entrar al baño y le tome una eternidad lograrlo por la inhumana cantidad de turistas que están tratando de hacer lo mismo en este lugar,  todos esos años de cansancio, de deseos, de peleas interminables, de decepciones y arrepentimientos inagotables, sin pedir permiso al buen juicio, me van a ordenar de pronto que empiece a caminar sin rumbo entre la gente hasta desaparecer. Toda esa rabia contenida durante milenios de esperar este día, me va a hacer seguir caminando hasta perderme, hasta apartarme tanto del punto donde he dejado a Javier, que cuando se percate de que he desaparecido le sea imposible encontrarme, le resulte completamente  estéril gritar, preguntar, correr, mirar por todas partes con desesperación para encontrarme.

 

Voy a ir tan lejos caminando por las calles y los pasajes de esta ciudad, que incluso me perderé de mí misma, en algún punto dejaré de reconocerme, dejaré de reconocer a la mujer que he sido hasta ahora, rodeada de la seguridad de lo conocido,  confiada y tranquila por la cercanía de lo que siempre he tenido.

 

Voy a perderme tanto que llegará un punto en que empezaré a sentir miedo, un miedo atroz a este mundo desconocido en el que voy adentrándome, miedo a la forma en que habla la gente, a sus miradas frías que me desconocen o me ignoran, miedo a la soledad de los callejones alejados, a la oscuridad de las plazas vacías de madrugada, al frío y la lluvia que empapa las banquetas sombrías. Sentiré tanto miedo y tanta vergüenza, que mi desolación hará que se desvanezca hasta el último residuo de lo que fui antes del segundo que la foto del Louvre capta.

 

Llegado este punto tal vez llore, llore mucho y me arrincone en algún patético escondrijo de las calles hostiles de esta ciudad, tal vez me horrorice de lo que he hecho y sienta un auténtico pavor de lo que se avecine. Pero después de un rato me voy a levantar del piso, y con la misma mano tensa de la foto, ahora curiosamente relajada, me voy a limpiar las lágrimas infantiles de unos ojos inesperadamente descansados, abiertos al porvenir, para inventarme a partir de ese momento otra vida, otro nombre, una historia diferente, la historia que durante todo este tiempo me he venido contando a mí misma, la de una mujer que un buen día, antes de llegar a los cuarenta, con el pasaporte en la mano y unos pantalones de mezclilla sucios, inicia una vida distinta en un mundo que la desconoce.

 

Me gusta esta foto. Me fascina recordar ese verano, ese pequeño instante de mi vida con múltiples posibilidades, todas las que pasan por mi cabeza en ese momento, sentada a mitad del Louvre, bajo la luz mágica de la pirámide. 

 

 

 

 

 

 

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   fotografía, Louvre, verano, Mariana Tristán

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