por Samantha FLA

Caminaba por las calles oscuras, sola. Precisamente ese día nadie la había acompañado, a cada paso que daba su vida iba llegando al fin. Desde hacía tres años recorría el mismo camino, siempre las mismas calles, los mismos parques, las mismas personas.  

Había llovido, no había gente, el viento soplaba violentamente y le golpeaba la cabellera meciéndola con una cadencia fantasmal. Esperanza evitaba hacer ruido; en realidad, parecía una sombra —siempre vestida de negro—, delgada y con pasos muy suaves, como si flotara. 

El camino que recorría era casi una rutina. Caminaba de manera inconsciente —vuelta por ahí, atravesar el parque por allá—. Solía hablar sola, construía historias, diálogos, monólogos, cuentos; en fin, todo un mundo imaginario. No se percataba de ello, hasta que alguna persona que pasaba junto a ella se extrañaba al verla hablar y gesticular sola, pero esa noche nadie se cruzó en su camino. 

Habían pasado quince minutos desde que salió de aquel café, su lugar favorito. Iba ahí porque su música preferida era el rumor de las personas charlando; cuando las escuchaba se sentía viva, y ahí —en el café— había conocido a Refugio, el hombre de su vida: moreno, alto, de cabello largo y oscuro, delgado, siempre vestido de negro y con esa vieja gabardina, que a ella le parecía elegante y parte de su personalidad. 

Nunca cruzaron palabra, solo compartían soledades a través de sus miradas, la de él misteriosa, penetrante y sincera, en la que se reflejaba una tristeza inmensa y una soledad infinita. Ese día no fue diferente, entró en el café y se sentó en el rincón oscuro de siempre y frente a ella apareció la mirada de Refugio. Parecían hablarse sin decirse una sola palabra. Ella se terminó el café, se levantó, pagó la cuenta, le dio una última mirada a Refugio —como si se despidiera— y salió de ahí. 

Ya casi llegaba a su casa, iba feliz porque después de tres años Refugio le había sonreído, y esa sonrisa había iluminado su vida, le daba ánimos para seguir y para creer en algo que la mantuviera viva. Al dar la vuelta para llegar a su puerta, alguien la tomó por detrás, le tapó la boca y todo se desvaneció... 

Ahí estaban Refugio y Esperanza frente a frente, dos completos desconocidos dispuestos a compartir sus cuerpos. Ella empezó a desnudarse, él la observaba como si fuera la primera vez que viera a una mujer sin ropa, la tomó en sus brazos y la comenzó a besar, y mientras sentía sus cálidos labios, ella temblaba y su frágil cuerpo se llenaba de calor.  

No supo qué pasó durante unos segundos, cuando volvió a respirar estaba en el asiento trasero de un auto, junto a ella estaba un hombre que gritaba, la amenazaba y le apuntaba con una pistola, al volante iba otro hombre, más grande que su agresor directo, ella no alcanzaba a escuchar lo que le decían, parecía que le hablaban en otro idioma, no comprendía lo que pasaba… ¿cómo había llegado ahí?, ¿quiénes eran?, ¿qué había hecho?, ¿qué querían? 

Estuvieron dando vueltas por la ciudad desolada y oscura. De nada le hubiera servido gritar, ¿quién la escucharía? El hombre seguía gritando, ella todavía estaba confundida y no podía responder nada. De vez en cuando venía a su mente la imagen de Refugio, eso la tranquilizaba un poco, pero la voz de aquel sujeto la seguía castigando, cada palabra laceraba su corazón y pensamiento. Esperanza se había perdido por completo, sabía que no podría sobrevivir a eso y que, si lo hacía, se atormentaría toda la vida. ¡¿Cómo no se dio cuenta de que la venían siguiendo?!, su mala costumbre de ver el piso siempre. 

El sujeto que estaba al volante no habló en ningún momento ni volteó. Al parecer, quien estaba al mando era el que estaba junto a ella o tal vez no estaba de acuerdo con lo que hacían. En ese momento, Esperanza comenzó a hablar con el conductor, le decía que la dejaran ir, que les daría el poco dinero que traía y que prometía no decir nada de lo ocurrido; sin embargo, el hombre no contestó jamás. El sujeto de al lado interrumpió el monólogo de Esperanza con un golpe en la boca que le abrió el labio inferior. Con la boca y la ropa ensangrentadas, por primera vez, Esperanza comenzó a llorar, el puñetazo había sido durísimo, tenía dormidos los labios, no podía hablar.  

Aunque le hubieran pedido identificar a sus agresores, no hubiera podido pues —dada la confusión y el miedo que sentía— no alcanzó a distinguir ningún rasgo ni reconocer las voces. 

Sonreían abrazados, viéndose fijamente sin decir nada, queriendo decirse muchas cosas, pero sin emitir una sola palabra. Ella se recargó en el pecho de Refugio y escuchó latir su corazón para sentirse parte de él, mientras él le acariciaba la espalda queriendo encontrarle alas a aquel ángel que había entrado en su vida... 

¡Por fin el coche se detuvo!, el verdadero infierno comenzó, todo su cuerpo temblaba, la bajaron a rastras. Ella arañó, mordió y pateó, se defendió para no ser atacada, no soportaba más ser agredida por esos tipos desconocidos: gritos, golpes, escupitajos, nada funcionó. Forcejearon varios minutos, hasta que el hombre del volante le soltó un cachazo en la cabeza e instantáneamente cayó. El tiempo se detuvo, dejó de tener conciencia de lo que era, y un calor muy extraño subió por su cuerpo. 

Comenzaron a rasgarle la ropa, hasta dejar al descubierto su cuerpo frágil e inerte, esbelto, delicado y trémulo, caliente todavía. La penetraron infinitas veces, reían, lo hacían una y otra vez, se divertían, lo gozaban; una vez satisfechos sus instintos, la siguieron golpeando, pero ella ya había muerto. 

La metieron en un saco y luego la tiraron en un lote baldío. El chofer no quería dejar evidencias y discutieron un momento entre ellos. No sabían cuál sería su destino después de haber cometido ese acto atroz. Al final, subieron al auto, encendieron un cigarro, arrancaron y se fueron... Esperanza estaba muerta, sin amor y sin Refugio. 

Él dormía con Esperanza en los brazos, había caído en un sueño profundo. Sonreía mientras lo hacía, al fin se sentía completo y feliz, su vida nunca había estado mejor, tenía una esperanza para seguir viviendo, alguien a quien cuidar y querer, alguien por quien vivir; y a pesar del gran amor que se tenían, ella se levantó tratando de no hacer ruido, logró zafarse de los brazos de Refugio, le dio un beso en la mejilla, abrió la puerta y se fue... 

Solo Refugio notó la ausencia de Esperanza, los siguientes días la esperó en el café, quería platicar con ella, acercarse y contarle lo que soñaba, pero no volvió. Después de un tiempo, él también perdió la esperanza y se alejó caminando por las calles oscuras... 

El Refugio

de la

Esperanza

 

 

                                                                    

Captura de pantalla 2019-02-18 12.09.58.

Samantha FLA

Comunicóloga, lectora compulsiva, tuitera incomprendida, bailarina frustrada, amante de Netflix, apasionada del futbol y rockera por convicción. Alucina –sin consumir nada- sobre la soltería, el desamor y los corazones rotos.

Los Calzones de Guadalupe Staff

Aquí hablamos de lo que importa decir, que es generalmente lo que nadie quiere escuchar

Tags   relato, pasión, vampiros, Samantha FLA

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