El Primer Día

FUENTE: artsy.net/artwork/Malcolm T Liepke/Sneer

Por MOUNA VERT

Todavía recuerdo con claridad la sensación que produjo en mí el primer día que participe en una sesión de Músicoterapia y que dicho sea de paso me dejo emocionalmente marcada y adicta a tocar mis sentimientos acalorados y confusos con los acordes estremecedores de una pieza musical.

 

Estudiaba la carrera de comunicación allá por el quinto o sexto semestre cuando ya nos habíamos ganado el privilegio de cursar además del tronco común, las materias de lo que en la Ibero se llamaba y aun se nombra "área de integración". Entusiasmada con la novedosa circunstancia de poder entablar relación con compañeros de otras carreras, me había empeñado en inscribirme  en el curso de  "Apreciación Musical y Músicoterapia"  que debido a la inmensa demanda que entre el estudiantado tenía me había costado un triunfo lograrlo. Y es que se cuchicheaba en los pasillos casi como tabú el efecto ciclónico que la experiencia dejaba para tu devenir. 

 

Si alguna vez fue inquietante iniciar un semestre fue precisamente aquel en el que lo desconocido tenía como premio "algo" que en las palabras de compañeros que ya habían cursado la experiencia no podían revelarse desde la esencia. ¿Qué sería aquello indescriptiblemente apetitoso? ¿Estremecedor desde el relato a medias que escuchabas articular diciendo sin decir lo inusual del contenido?  

 

El primer día, un martes, nos citaron en uno de los  salones de usos múltiples al extremo del pasillo principal que colindaba con el edificio E, ahí serían nuestras sesiones a lo largo del semestre. Desde lejos se veía el tumulto que intentaba entrar en el aula a como diera lugar para ganar un espacio de privilegio en las primeras bancas, los profesores (dos) se miraban preocupados y se preguntaban con su gesto de dónde había salido todo ese alumnado. 

 

Formados en fila de uno en fondo, dejando salir para finalmente lograr entrar, caminé sin sentir hasta el centro del salón, la sorpresa fue mayúscula, no había pupitres, ni sillas o pizarrones, aquel recinto vacío solo vestía el piso con alfombra y sus ventanales con gruesas cortinas que impedían las miradas curiosas de los estudiantes que desde el jardín, en un esfuerzo inaudito de lograrlo, pudieran inmiscuir su atención en aquel peculiar salón al extremo del segundo piso del edificio que cayera un par de años más tarde en el temblor del 79.

 

Se nos pidió sentarnos para escuchar las indicaciones que los profesores darían asombrados por todo ese mundo que de alguna manera tendrían que atender al menos ese día. Habría recortes nos advirtieron, era imposible trabajar con tanta gente (¿?) nosotros incrédulos y preocupados intercambiábamos miradas de desconcierto, era acaso demasiado 25 personas en el grupo? Parecía que sí  y lo comprobamos en el momento en que nos invitaron a olvidarnos de cuadernos, plumas o libros y nos instaron a recostarnos sobre la alfombra, cerrar los ojos y escuchar la música preparada para darnos la bienvenida. 

 

Recuerdo con claridad la reticencia de algunos a ceder el control de nuestros cuerpos inertes sobre el piso escuchando música clásica apenas audible mientras una voz contaba una historia y sus pasos revoloteaban alrededor de nuestras cabezas. Risas, comentarios impertinentes, nerviosismo, desconcierto, miedo...cuantas sensaciones en cascada circulaban nuestro cuerpo! Cuántas emociones parecían brotar inevitablemente desde las entrañas! Escribo y los recuerdos se tornan vívidos, emocionales, exactamente como estar de nuevo en aquel salón en medio de todos, irremediablemente sola, conmigo, acompañada de mi mundo, dejando a un lado mis pensamientos para vivir la irrealidad de la propia fantasía que despertaba verdades ocultas, vigorosas y hasta vergonzantes, increíblemente reales desde la brotante intimidad de una joven universitaria de 19 años que se comía el universo a puños.

 

Demasiado pronto fue el regreso a la cotidianidad. Abrir los ojos, mirar a los otros, clausurar los sueños, abandonar aquel momento, salir de nuevo a los pasillos, caminar entre la gente, escuchar el ruido de su caminar, las voces entrecortadas de quienes lloraban la experiencia, los profesores dictando cátedra, una vorágine en medio de un viaje al Ser todavía en erupción. 

 

Esa noche en un acto fallido fumé el primero de unos cuantos cigarro que a lo largo de mi vida intenté saborear por bluff (blof) sin tener idea de cómo paladear su sabor. Manejé hasta mi casa y en silencio subí a mi cuarto, me refugié en mi habitación sin encender la luz (para qué si estaba iluminada?). Me recosté, puse música en mi grabadora, la XELA, cerré los ojos y al instante, entre lágrimas de alegría encontré el anhelo mas real de juventud, ahí estaba yo, erguida sobre los campos de batalla, escribiendo, fotografiando, soñando ser una súper fantástica periodista, una corresponsal de guerra que iluminara de realidad, con sus relatos, a aquellos que pensaban que un ideal no valía una guerra.

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