El Piano

FUENTE:  Pinterest                            

Por Eréndira Svetlana

JUNIO 26 2018

Teníamos un piano en casa durante la infancia. Después nos fuimos todos y el piano se quedó ahí, en esa casa que ya no es nuestra porque quisimos ir a echar raíces a tierras que fueran muy lejanas, pero acabaron siendo urbanas, tristes y de añoranza como son todas las tierras después de los cuarenta. Esa casa ya no es nuestra casa y esa infancia se volvió nuestra única patria y el piano se quedó ahí, junto con las partituras, los ensayos, dos teclas medio rotas, muchas desafinadas, el polvo, el olvido de casi todos y la obstinación de la única hermana que se quedó ahí por tocarlo con sus acordes estridentes y a destiempo, su ánimo soñador y su locura que a veces es ciega al mundo y a veces cura a medio día, cuando entra la luz del sol y todo es blanco e iluminado como antes, cuando todos estábamos ahí y soñábamos con estar en cualquier otro lado.

 

De niños nos peleábamos por tocar el piano, aunque solo fuera por molestar. Nadie tenía más de quince años y el ruido y la luz eran una sola cosa que hacía que los ánimos sacaran chispas y se fueran hasta el cielo como fuegos artificiales inundando la casa de risa y correteos, peleas, lloriqueos y mil sueños vanos.

 

Pero ahora sólo está el piano. Y ella, la única que se quedó ahí, empecinada en seguir tocando el piano y tomando clases de pintura y de danza y de veinte mil idiomas, a veces encerrada en una misma historia que se repite a sí misma todos los días como quien cuenta el mismo cuento para dormir cada noche. Y se duerme, soñando cada día que no ha pasado nada, que seguimos siendo niños y jugamos a que nos imaginamos qué vamos a ser cuando seamos grandes, y corremos por toda la casa arrebatándonos las palabras.

 

A veces me llama, me hace escucharla, como cuando éramos niñas y me obligaba a quedarme despierta hasta que terminara de contarme la última de sus hazañas. Y yo escucho como siempre, como desde entonces, callada, al otro lado del teléfono, con los ojos cerrados, y se me escapan dos lágrimas y no puedo decirle, como quisiera, que se calle, que ya no me llame, que ya no me hable de las historias que tengo grabadas en la memoria como tatuajes, que ya no me recuerde esas escenas impresas en mi conciencia, que ya se acabó, que el tiempo ha pasado para todos.

 

Porque el tiempo ya pasó, aunque nos resistamos a creerlo, aunque no podamos soportar la idea, el tiempo ya pasó, y todos huimos de la casa, salimos corriendo sin mirar atrás, y nos montamos en la primera historia que se nos cruzó, deseando que fuera tal vez mejor, y nada salió bien, y el mundo se hizo adulto e ilógico y lleno de manchas que tallamos y tallamos todos los días sin resultado.

 

Pero no. No puedo decir nada. La escucho hasta que acaba, hasta que se cansa y me dice que quiere dormir, que va a tocar el piano un rato y luego va a dormir. Y yo le digo que sí, que toque el Claro de Luna y luego tal vez el Vals Capricho, y me quedo escuchándola por la bocina, y mis dedos se empiezan a mover sin que me dé cuenta, sobre la mesita del teléfono, tocando teclas imaginarias, y poco a poco la angustia se adormece, y las notas se ensanchan en mi mente, y el eco de la música inunda mis sentidos, como alguna vez en la Sala de Cabildos a los doce o trece años, con un vestido largo y pálido, las manos frías y sudorosas, las piernas temblando, las luces de los candelabros brillando sobre un majestuoso piano de cola negro, mis pasos titubeantes sobre la duela impecable, mis mejillas ardiendo, las voces en susurro zumbando sobre mis oídos  que lentamente se van apagando, el silencio impenetrable cuando finalmente me siento sobre el banquillo frente al piano y mis manos rozan tímidas las teclas del piano,  de las yemas de mis dedos emana una energía inesperada que se convierte en notas acompasadas, sus sonidos estrellan el silencio llenando la atmósfera con su música.

 

De pronto mi mente ya no está ahí, no está en ninguna parte, se va con el sonido, y otra vez, como en la infancia todo es piano...

En Los Calzones de Guadalupe

tenemos buena estrella,

porque podemos soñar y mostrar el alma sin pena

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