El Paris de mis recuerdos

FUENTE: Pinterest

Por MOUNA VERT

Viajar ha sido un privilegio que conocí aun muy joven. Tenía apenas 19, 20 años cuando quedé extasiada intentando descifrar aquellos conos rojos que sobresalían de los edificios en París. En esas épocas sin internet o celulares que nos descubrieran de antemano las imágenes de las ciudades del otro lado del Atlántico, todo era novedoso y deslumbrante. Daba igual mirar con asombro las chimeneas de los condominios parisinos que ver deslumbrada aquel viejo monumento que habías admirado en tu libro de historia. Aun recuerdo con cierta ternura como desde la ventana de nuestro hotel, el Concord Lafayette, vi por primera vez un costado del Arc du Triumph sin reconocer a ciencia cierta que se trataba de él. Y cómo tener la certeza de estar frente a lo que nunca has visto si hasta en lo cotidiano aparece la duda? (Momentos antes de mi descubrimiento me había despertado sin saber si las luces de la calle se estaban apagando al amanecer o se encendían para iluminar la noche).

 

Paris fue y ha sido la puerta que me despierta invariablemente la necesidad de viajar. Cada vez que digo su nombre mis ojos brillan imaginando recorrer sus calles, viajar en metro, visitar Notre Dame, caminar comiendo una baguette hasta el Sacre Cœur, subir la Torre Eiffel, escudriñar las novedades en el Printemps o Galeries Lafayette, descubrir una vez más el Louvre, cruzar el Sena atravesando por el hermoso Puente  Alexandre III  hasta la tumba de Napoleón...

 

Aunque Paris siempre es la misma ciudad deslumbrante que te describen en las novelas románticas, cada vez que tengo el privilegio de visitarla y de recorrer sus calles y avenidas geográficamente casi de memoria,  invariablemente descubro a mi paso una nueva galería de Arte, un bistrot con sabores insospechados o los Champs Élysées en diciembre vestidos con miles de foquitos iluminando la avenida desde el Marché dé Noël instalado temporalmente a un lado de la Place de la Concorde hasta mas allá de la Étoile. 

 

Cómo describir entonces Paris? Tan igual y tan distinto con el paso de los tiempos? 

 

Ver Paris a los 20 años no tiene, desde luego, el mismo significado que a los 60. En la época moza, tiene el encanto de lo novedoso, del sueño vivido en realidad. Cada esquina es un descubrimiento mientras que los ángulos posibles de capturar con tu cámara la esencia de un rinconcito parisino no se dan abasto para lograr la imagen que nadie nunca antes ha fotografiado. Ríes a carcajadas por las calles y jardines con los zapatos en la mano acompañada por tus amigos y sientes perderte en el abismo de lo desconocido cuando extasiada frente a una vitrina se escabullen de tu vista para jugarte una broma. 

 

En edad mediana, durante los calurosos veranos franceses Paris se convierte en la ciudad Luz. Encuentras en ella el paso de tus múltiples sombras escondidas en sus recovecos, adivinas la disposición de las  esculturas del Louvre a tu deambular por sus salas repletas de historias de pueblos ancestrales, transitas por su metro saltando de una línea a otra con la naturalidad de lo cotidiano, platicas en francés  con tu vecina de viaje sobre aquel individuo detenido por la policías con el que te topaste viniendo de Bruselas, caminas en las noches prolongadas en tardes por los Champs Élysées para admirar el sol adormecerse entre las fuertes Paredes que forman el Arc du Triumph. Imaginas el desfile triunfal de quienes han ganado una guerra y han devuelto con su acción La Paz al mundo. 

 

A mis 60 años Paris se ve de nuevo diferente. Lo caminas con la sonrisa dibujada en el rostro al ver y sentir como en el ayer a aquella chiquilla que descubre por primera vez sus rutas, sus monumentos, sus museos... Lo caminas del brazo de tu amado sintiendo en lo recóndito del alma la felicidad auténtica de vivirte acompañada. Lo caminas con la nostalgia de los días idos perpetuando el regalo que el devenir te ofrece de antemano.  Lo caminas sin apenas nada por descubrir, paseas por el Sena embarcada en los bateaux-mouches mientras el frío del invierno cala tus huesos sin importar si olvidaste el abrigo en el hotel. Subes Montmartre lentamente o comes un croque-monsieur en el cafe de Flore en Boulevard Saint Germain con la certeza de estar en el lugar correcto, sin prisas ni sobresalto. Vas a Versaillais en tren y recorres sus salones con rapidez pensando en disfrutar a la brevedad de la frescura de sus jardines...

 

 

Paris, el de entonces y el de ahora serán para siempre esa parte de mi historia que me han hecho la mujer que hoy soy. La niña, la joven, la adulta, la mujer de la tercera edad están impregnadas con la vida en francés, con los recorridos en solitario, con los realizados en compañía de la mano del amor último, del amor auténtico. Paris, mi Paris, nuestro Paris, con nuestras copas chocantes intentando apurar una botella de champagne mientras el Moulin Rouge vibra en música, bailes, cantos y acrobacias. Nuestro Paris de risas, gozo, de largas caminatas, de pláticas plasmadas en las bancas de los parques, de noches románticas, eróticas, en vela.

 

 

Así es Paris, igual y distinto, bullicioso y silente, caluroso y frío. Así, como la vida que sientes palpitar en tus entrañas cuando surge de tu imaginación la novedad de preparar, entusiasmada, un nuevo encuentro. 

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